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Prólogo

 

Un grito escalofriante interrumpe el silencio de la noche. La joven ha caído de espaldas al lado de una mesa lujosa de madera. Apenas me doy cuenta de ello, mi preocupación es otra. ¡He olvidado lo que debo decir!

― ¡Mierda! ―No. Sin duda, esa no es la palabra―. ¿Cómo era?

La joven parece estar a punto de decir algo. O tal vez solo quiere gritar de nuevo. La detengo con un gesto impaciente de la mano.

―Espera, espera. Lo tengo en la punta de la lengua.

El vestido ligero de la joven se ha arremolinado a su alrededor como las sábanas de una cama. El peinado, antes seguramente perfecto, cae descompuesto hacia un lado. Le da un aire de flan ante las terribles sacudidas que su cuerpo no puede evitar hacer.

― No… no me haga daño ―la oigo balbucear. Eso es todo lo que necesito para perder la concentración.

―Oiga señorita, usted me ha invocado. No es necesario que monte una escena. Sí. Soy real.

Veo arrastrase a la joven hasta que su cuerpo queda pegado a una de las patas de la mesa. Sus asustados ojos se desvían solo un segundo. Antes de que pueda considerar darme la vuelta, sus labios vuelven a balbucear.

― ¿Qué… qué es lo que de-desea? ―tartamudea.

Entonces lo recuerdo.

― ¡Eso era! ―digo no sabiendo si sentirme frustrada, por no haber llegado a recordarlo antes, o aliviada, al saber por fin lo que debía decir―. ¿Qué es lo que más desea, mi ama? ―proclamo como me habían enseñado.

La joven vuelve a desviar la mirada, y esta vez su gesto va acompañado de una voz grave que procede de detrás de mí.

― Empezaba a dudar que existiera realmente. Pero al parecer, solo era necesario el incentivo adecuado.

Antes de darme la vuelta, ya sé que estoy en problemas. Un hombre sujeta la lámpara, acompañado de una sonrisa satisfecha en un rostro lleno de curiosidad y fascinación. 

Lo primero que te enseñan al saber que eres un genio, es que debes vincularte a un objeto. Lo más sencillo es una lámpara, pero en realidad puede ser cualquier cosa.

Los genios somos escasos, pero lo somos más las mujeres genio. Antiguamente éramos muchas, pero nuestros amos fueron extinguiéndonos al pedirnos como último deseo.

Es un deseo prohibido. Desear poseer un genio solo tiene un resultado: Desapareces.

Para siempre.

La magia desaparece.

En épocas antiguas, el pensamiento de los hombres se basaba en su autoridad y superioridad hacia las mujeres. Creían tener derecho sobre ellas. Y los genios solo podemos vincularnos a objetos antiguos. Dirigiéndonos en una única dirección: El pasado.

Por eso quedamos pocas mujeres genios. Y las que quedamos hemos logrado resistir gracias a una regla esencial:

Aparecer únicamente si te invoca una mujer.

Delante de mí, es él quien sostiene la lámpara a la que estoy vinculada, pero es la joven sentada en el suelo la que me ha hecho aparecer.

―Si no me equivoco, quien posee la lámpara, posee al genio.

No. No se equivocaba en absoluto. Lo que quiere decir que tengo un problema.

 Llena de frustración, respiro hondo al saber lo que debo decir. Aunque en esta ocasión, me gustaría haberlo olvidado de nuevo.

― ¿Qué es lo que desea ―gruño entre dientes―, mi amo?

Y la sonrisa que componen sus labios me provoca un escalofrío.

 

             Empiezo a estar acostumbrada a meterme en problemas. Pero antes de llegar a este punto de la historia, será mejor que retrocedamos unos pocos años y avancemos unos cuantos siglos. Cuando todavía no sabía nada sobre los genios y tenía problemas normales.

Cuando solo era Blue Garret.



Lissy

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En el texto hay: magia

Editado: 03.03.2018

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