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El comienzo del hombre

>>No es solo una cuestión natural. La naturaleza cambia, si, y evoluciona, pero la historia demuestra que las decisiones de hoy son los sucesos "naturales" del mañana. 
La inteligencia, en su uso o en su ausencia, determina el futuro más que cualquier otra cosa.<<

Citado como "El libro del último hombre y la muerte de la libertad". Autor: Colectivo.

>>Actuar nunca es solo decidir. Debe ante todo ser un análisis de posibles situaciones y sucesos a futuro. De mejores y peores o útiles o inútiles. Si se actúa sin medir las consecuencias se está como un hombre al que se le quite la vista y abandoné luego en medio de la nada. Tarde o temprano tropezará y caerá, sin importar cuanto camine. 
Si entonces se le devuelve la vista, descubrirá que tampoco fue mucho lo que pudo avanzar.<<

De "emblemáticas y resistencias" (edición multilenguaje). Autor: Colectivo.

Los operarios habían terminado con sus franjas de actividad y se dirigían ahora a recargar la energía necesaria para más adelante volver a la fábrica. Era ejemplar la forma en que cada paso precedía al otro y cada pie se colocaba en el lugar exacto del limpio piso metálico haciendo que su avance fuera casi rítmico, evocando la marcha del más disciplinado de los ejércitos. Hasta los brazos se movían en el aire lo suficiente como para no tocar los del operario que venía delante. 
Parados en posición firme y respetando cada uno su lugar en las numerosas filas eran luego trasladados sin empujarse o estorbarse, pero también sin detenerse. Las cintas de transporte CIFT* ubicadas en el suelo hacían en verdad todo el trabajo y su única actividad consistía en permanecer inmóviles con los pies bien calzados en las tiras de sólida goma adhesiva hasta que las cintas los dejaran en sus respectivas habitaciones de carga. 
Otras bandas del mismo color negro azabache, que marchaban en sentido contrario, transportaban a quienes serían sus reemplazos hasta que llegara el momento de retomar su franja horaria de actividad normal. Esto es, cuando las correspondientes seis horas de recarga se hubieran completado. En todas partes de la enorme fábrica se veían ir y venir en direcciones opuestas a cientos de operarios y el sonido que los acompañaba al ser trasladados por el suelo móvil recordaba al de viejas cañas de pesca que hubieran enganchado una gran presa. 
La fábrica había sido transformada poco a poco en un ente autónomo donde el trabajo era realizado solo por máquinas. Aquel lugar ocupaba el honor de ser una de las primeras plantas de construcción en donde la presencia humana ya no era necesaria y los operarios maquínicos de diversos modelos y construcción pululaban por sus pasillos fríos realizando las tareas para las que se les hubiera programado. 
Desde el primero de aquellos treinta pisos hasta el último podía verse o escucharse el sonido del trabajo y la actividad de los operarios. Los martillos golpeaban y los láseres cortaban. El fuego y el agua y los interminables ruidos de aquella ciudad a escala donde el trabajo jamás finalizaban. Las mentes-procesadores, también llamadas menpró, de aquellos operarios autómatas solo eran capaces de reconocer el sonido de la producción incesante de piezas y materiales así como también las órdenes de las pantallas o los parlantes que adornaban las paredes de la fábrica. Ninguno de ellos se percataba por tanto de la figura que entre los pasillos iluminados artificialmente avanzaba agitando los brazos y llamándolos a gritos. 
—¡Despierten, despierten! —gritaba una voz desde algún lugar cercano. Los herméticos pasillos de metal la llevaban como el eco de un grito bíblico, casi fantasmal. 
Ningún operario se movió o giró la cabeza pues en sus funciones no existían comandos para responder a tales sucesos. Escuchaban, sí, pero no entendían el sonido. 
No comprendían más que de la tarea para la que se los había programado. 
—¿Por qué no escuchan? Miren, piensen, nos hemos transformado —gritaba la voz. 
Un hombre, vestido con harapos apareció entonces corriendo por el pasillo y a todos miraba al tiempo que les decía "Hermanos míos" y "Despierten de este sueño". 
Ninguno de los operarios se movió, o habló. 
El hombre, con el rostro desfigurado por la mueca de la rabia y el miedo, en ese acto inhumano tan común de sentir dos emociones contradictorias al mismo tiempo, abrazó a uno de los operarios a pesar del rechazo que sentía. El frío de su cuerpo sin embargo lo apartó. 
—Ni el calor de un corazón latiendo... —Se lamentó el hombre cuando la cinta de transporte se activó y comenzó a movilizar a los operarios. 
—Nada más que un cascarón vacío y la sombra que adopta las formas que otras manos quieren —. Y lloró entonces el hombre, lamentando el destino que le había tocado a todos ellos. 
Las alarmas ya sonaban, estridentes, y los operarios pasaban a su lado llevados por las bandas adheridas en el suelo como piezas de una fábrica. Piezas para construir con ellas otras partes de ese mundo siempre en expansión. 
—Como la naturaleza misma —clamó el hombre para sí. A cada instante comprendía cosas al mismo tiempo que olvidaba nuevas. El mundo que lo rodeaba le resultaba conocido y aterrador cuando recordaba, para segundos después volver a preguntarse donde estaba. Imágenes y destellos y borrosas circunstancias, como si estuviera preso de un despertar constante. La alarma era nada más que sonido, pero al mismo tiempo parecía decirle "en calma, hacia la salida más cercana". Se hallaba aturdido y confundido. ¿Qué era como la naturaleza misma? De repente lo imaginó. Extendiéndose sobre las altas mesetas y elevaciones de tierra, naciendo desde abajo, aquella torre de trabajo dentro de la que se encontraba era solo una de muchas y su sombra incluso, solo se proyectaba sobre las otras cientos, quizá miles. Como un bosque ardiente salpicando sin detenerse con humo negro y gris los cielos. Ya no había quién apagara los incendios y las torres se extendían como los troncos chamuscados de apariencia frágil pero aún en pie sin que nadie supiera ya hasta donde. A pesar de que no había ventanas el hombre lo sabía, estaba seguro de lo que había allá afuera, lo había visto antes y si sus planes salían mal, quizá lo vería otra vez. 
Él mismo había trabajado en una de aquellas torres-fábrica donde se producían piezas de aquel enorme rompecabezas. ¿O había trabajado en esa misma en la que había logrado colarse? No lo sabía. 
—Elemento voluble. No, no, elemento maleable. Así era. Y peligroso —murmuró para sus adentros desviando la mirada y recordando como su tarea consistía en supervisar la producción de elementos explosivos, RDX y mercurio. Y mil nombres más que por sus manos habían pasado. Sus manos, claro. Recordó todo otra vez. El detonador. El plan. 
Miró y a lo lejos vio avanzar a varios hombres envueltos en capas negruzcas que se dirigían como perros salvajes hacia su posición. Secó sus lágrimas. 
—Fríos y vacíos —dijo el hombre. —¡Ustedes no son ellos! —estalló de pronto incorporándose con las manos extendidas y las venas surcando su rostro ensangrentado pero los operarios no lo miraron siquiera. Avanzaban tan rápido que los que lo habían escuchado ya se hallaban lejos. Las negras paredes se verían como borrones desde su posición. 
—Suenan las alarmas. Ojalá mi voz fuera una alarma —rogó por fin el hombre observando al techo de la fábrica, o intentándolo, pues las bandas de transporte y los pasillos anchos se extendían sobre su cabeza y subían hasta perderse de vista como redes en una telaraña sobre las que había otra y otras mil telas de araña. 
—¿Que color tiene la oscuridad? —preguntó a ese negro nocturno que observaba con la frente sucia bien alta y el cuello extendido. 
Sus manos estaban ensangrentadas y no quería, ni podía, mirarlas. 
Quienes le perseguían ya estaban más cerca y no habian muchas más oportunidades. 
Presionó entonces el botón que llevaba aquel aparato gris y alargado como un control remoto. Eran solo dos los botones y él se había asegurado de romper el que se podía haber utilizado para desactivar las bombas antes de colocarlas. Su mente poco a poco le fallaba y no podía correr ese riesgo, había pensado. 
Primero, fue un viento frío que recorrió los pasillos como si una gran tumba de repente hubiera sido abierta. Tras él llegó la caliente exhalación de aire producto de la onda expansiva y con el sonido del trueno vino el fuego que cubrió en un destello el lugar que el hombre había estado mirando. 
La fábrica entera se sacudió con la fuerza de las cargas explosivas. 
Operarios cayeron desde las bandas de transporte, los pasillos estrechos y las habitaciones multifunción que destruidas, lanzaron bolas de fuego en todas direcciones. 
El hombre observó, <<como si mil soles estallaran de repente>>, pensó y sus lágrimas le hicieron ver borroso por el efecto acristalado del llanto y la luz. 
—Ojalá que así —rogó observando cómo cedían partes de la fábrica y caían hacia donde se encontraba. El pánico y el terror, sin embargo, no se produjeron y los operarios avanzaban como si a su alrededor nada estuviera sucediendo. "En calma y hacia la salida más cercana...". <<Ni el instinto les queda>> pensó el hombre viendo fracasar su plan y sintiéndose feliz. Sabía que sucedería tal cosa y la carga de la pequeña esperanza de estar equivocado ya abandonaba su mente. La dejaba como sus recuerdos, cual prenda llevada por el suave viento, casi acariciando. 
Un escombro cayó de lleno sobre el cuerpo frío y gris, alto y largo, de uno de los perseguidores que se había acercado bastante y sus pedazos saltaron en todas direcciones. 
El hombre ni siquiera se percató. 
<<Ojalá que así>>, pensó sonriendo y derramando una lágrima, <<Puedan despertar en un lugar mejor>>.



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En el texto hay: futuro distopico, misterio, robots

Editado: 15.07.2019

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