El amor no ayuda a los mentirosos

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PRÓLOGO

Estaba en una grave situación, una que no solo afectaba a mi dignidad, sino también a mi billetera, pero ya había elegido una de ellas. A costa de perder la otra.

Estas disputas entre gastar el dinero en vanidades o valorarlo, como siempre me decía mi padre, jamás habían sido tema de discusión en mi conciencia. Y vaya conciencia podrida la mía. ¡Estaba podrida! ¡Tan podrida como el alma del chico frente a mí! Ni un millón de dólares valían compartir mi tiempo con él.

Maldito imbécil. Despreciable engendro del averno, mono en terno, nariz de águila, ojos de saltamonte, labios de malvavisco con lengua de víbora. Rata repugnante, hámster de biblioteca, galán de quinta, ave de rapiña, desteñido, larguirucho de Doug Dimmadome. Mentecato, idiot, mumohan, imbécile, dummkopf, bastardo estreñido.

—¿Ya terminaste de insultarme mentalmente? —Preguntó con excesiva sorna. Elevó sus hombros y acomodó las mangas de su camisa con una delicadeza digna de la realeza— Seguro ya lo estás haciendo en otro idioma. Eso sí que es tierno.

Pero qué bien, tenía aquí al archiduque del reino de los estúpidos.

Bien, si él quería seguir con esa actitud, yo no iba a quedarme atrás.

Querido, si tú te creías un rey, era porque no te habías topado aún con una conquistadora de reinos.

Esto me pasó por hacer caso a mi padre. Nunca lo hacía y ésta desgraciada vez lo hice por veinte mil miserables dólares más. Dinero que necesitaba con suma urgencia, ya que no podía posponer mi viaje a Milán por no tener fondos para comprar las prendas de pasarela. No, yo debía ir sin importar el precio ni la tortura.

¿Cita a ciegas? ¿Qué habría de malo? Papá obligaba a Marley a ir, y ella nunca se quejaba por nada. Creí que no serían tan aburridas. ¡Como siempre me equivoqué! ¿¡Cómo se las arreglaba mi hermana para actuar con tanta diplomacia en estos encuentros!?

¡Dios, ya no soportaba a este tipo!

Por eso siempre rehuía a las cenas, los bufetes o las grandes ceremonias del círculo de mi padre. Todos son unos estirados que se creen los entes más superiores del planeta. Si su ego fuese dinero, creo que acabarían con la hambruna mundial, aunque esa actitud no era lo que más me irritaba, sino su forma de humillar a la gente. No hacerlo para ellos era como no ser un humano. Lo hacían con una naturalidad que me enfermaba. No es que yo era un ejemplo de abnegación y filantropía, pero por lo menos, veía en los demás cosas que ellos solo consideraban basura. Y los ojos de ese idiota me estaban considerando como una, a pesar de que yo pertenecía a una de las familias más influyentes de este país y de que mi padre fuera socio y amigo del suyo.

Mostró tanto desprecio por mi compañía como para burlarse abiertamente de mí desde que traté de iniciar una amistosa conversación.

¿Para qué vino? En su cabecita de hombre de negocios no se lo ocurrió que era mejor un desplante que presentarte ante mí, una hija dilapidadora, superficial y estúpida, como él mismo me había descrito. ¡Dolió! Esas palabras me habían afectado, tal vez porque no me las esperaba. Lo dijo con una seguridad impresionante, que hasta las creí.

Mi padre no debía culparme si el hijo de su socio regaba rumores burdos sobre mí. ¿Qué soy una desagradable compañía? Con él tuve que serlo, pues tampoco fue un caballero. ¿Qué soy una ignorante? No me debía humillar por no saber de la economía del país, ni de cuánto se exportaba al exterior o por la política de estado, mucho menos por los negocios de mi padre o por el maldito PBI de este año. ¡Yo que mierda sabía de esas cosas! ¿Qué soy grosera? ¡La puta mierda! Si me señalaban como estúpida, ignorante, superficial y mal vestida, no le iba a agradecer por decirme eso. No a mí, que toda yo era una tendencia en moda europea. ¿Qué soy una vergüenza para la familia Hesse? Si mi padre no lo pensaba ni ningún miembro de mi familia tampoco, él no tenía ningún derecho de siquiera insinuarlo. Cada uno vivía su vida según le pareciese y nadie tenía que reclamarme por seguir o no el legado familiar, mucho menos él, un hombre sin alma, con ambiciones ajenas y vacío.

¿Con qué propósito mi padre me envió con él? Era mejor enviar a mi hermana, ella hubiera sabido lidiar con este tipo. Jamás lo quería volver a ver en mi vida. Él era un farsante, un don nadie, un…

—Me largo de aquí, bastardo constipado.

Apoyé mis manos sobre la mesa para levantarme con brusquedad. No iba a seguir aguantándolo porque, a pesar de que no hablase, su mirada lo decía todo: burla. 



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En el texto hay: superacion, amor, negocios

Editado: 27.03.2019

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