Hamilton Playboy

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Prólogo

La primera y última vez que me enamoré, terminé con el corazón hecho trizas. Lo peor de todo es que por primera vez en mi vida, no hice nada mal.

—Gregg, no puedo casarme contigo —susurró, mirando hacia todos lados con nerviosismo.

—Somos mayores, nos amamos, quiero estar siempre contigo. ¿Por qué no casarnos? —agarré su mano pero ella se soltó de mi agarre.

—Yo no puedo...—suspiró y me miró sin... sentimientos. No había ninguna expresión cálida en sus ojos— no te amo.

Mi querida hermanita diría que mi corazón crujió al igual que cuando partes una galleta por la mitad. El "crack", se escucha a lo lejos pero el dolor se siente bien fuerte.

Volví a casa con una sonrisa en el rostro. Obviamente no estoy bien, quiero gritar y destrozar todo a mí alrededor pero cuando entré en la casa y pude ver a mi madre intentar cocinar un pastel de cumpleaños para mí, me guardé todo el dolor.

—¿Quieres envenenarme en mi cumpleaños?

—No, haré que tu padre lo pruebe primero —se volteó con una enorme sonrisa, la cual se esfumó cuando me miró—. Dijo que no, ¿cierto?

Un no hubiera sido menos doloroso...

—¿Por qué te sorprendes? Tu amado hijo es un mujeriego bueno para nada —abrí la nevera y saqué una botella de jugo de naranja. Es la última pero nadie puede enojarse con el cumpleañero—. Pero no te preocupes, madre, estoy bien.

Por supuesto que ni ella ni yo nos creímos eso.

Toda mi vida pasé alejándome de los sentimientos románticos, intentando mantener mi corazón intacto para dárselo a la chica que lograra conquistarme por completo y que pudiera recibirlo sin una pieza faltante.

He fallado. Mi corazón se hizo pedazos y no hay nada que pueda hacer para remediarlo.

Pasé enfrente de la habitación de mi hermana, quien estaba en la cama leyendo su libro favorito. Tal vez nuestros padres encontraron el amor por un estúpido libro autografiado pero ¿por qué tengo que creer que un libro puede darme ese tipo de amor?

No voy a chocarme con una chica en la calle, quien casualmente deja caer ese libro. Ni tío Derek me va a chantajear con mi libro favorito, autografiado, para que vaya a Los Ángeles y ahí encuentre al amor de mi vida. Por favor, son estupideces.

Si no logré que mi novia, con la cual teníamos más de un año juntos, se enamorara de mi, ¿podré enamorar a una chica a primera vista? Bueno, soy muy atractivo y eso funciona pero no para mí. No quiero más chicas interesadas por las apariencias y el dinero. Quiero un amor verdadero...

Pero dado que no creo conseguirlo fácilmente y no quiero volver a que me rompan el corazón, mejor disfrutó de los placeres carnales, y listo.

—¡Tierra llamando a Gregg! —Sonreí cuando la mocosa se colgó de mi cuello, dándome su hermosa sonrisa— ¿Cómo está el cumpleañero?

Quiero perderme por una eternidad, alejarme de las personas que no hacen más que mirar mi cuenta bancaria y dejar de sufrir. Quiero poder entregar mi corazón y dejar caer las barreras... pero es imposible. Entre más amable seas en este mundo, más cruel será la sociedad.

—Bien, mejor que nunca —besé su mejilla y la abracé con fuerza, respirando su olor a rosas—. Sólo necesito un abrazo de mi hermanita.

—Te pones muy sentimental con tu cumpleaños, bobo —susurró pero no me negó el abrazo—. Te quiero mucho, hermano.

—Y yo a ti, muñeca de porcelana.

Demi siempre ha sido un poco delicada, con su figura pequeña y su actitud infantil, siempre ha sido la más frágil de la familia. Lo curioso es que hoy, cuando cumplo mis veinte años, mi corazón es el único de porcelana.

Una porcelana rota...

Y después de apagar las velas, de pedir mi deseo y de abrir los regalos, tomé la decisión de tomar mi propio camino. Siempre he sido una persona fuerte pero en estos momentos me apetece tomarme un respiro de la seguridad de mi casa y atreverme a explorar el mundo de otra forma.

Armé mi maleta ante la preocupada mirada de mis hermanos menores. Demi abrazaba a Alex mientras que este no sabía qué hacer.

—Es un viaje corto, unas vacaciones y tal vez unas chicas —les guiñé el ojo y cerré la maleta. El billete de avión estaba en la mesita de noche junto a mi pasaporte, esperando a que los agarre—. Volveré en un mes y todo será igual que antes.

Ambos asintieron y se despidieron de mí con normalidad.

Lastimosamente, en ese viaje me di cuenta de lo estúpido que era al ser tan amable con todos. Era culpa mía que me trataran como un juguete al dejar al descubierto mi lado sensible. ¿Qué importa si trato mal a las personas que se lo merecen? No es como si fueran a sufrir por mi culpa, si sólo soy una persona insignificante.

Lo siento mucho por esas chicas que creen en los príncipes azules, pero yo no soy ningún príncipe azul.

Y luego una chica con hermosa sonrisa, zapatos rosados y con un sensual acento Alemán apareció en mi vida, mostrándome que sin importar como seas, siempre tendrás que sufrir, pero a la hora de la recompensa, importa más tu forma de ser con el mundo que el estado en el que se encuentra tu corazón.



NaleJonas

Editado: 05.11.2018

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