Helena ©

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Prólogo

Día 7 Con Helena


Una semana... Hoy se cumplía exactamente una semana desde que Helena vino a buscarme por primera vez.

 

Esa madrugada yo me había quedado estudiando para el examen de Economía Industrial. Necesitaba aprobarlo, sino no podría pasar de ciclo; nunca antes había tenido problemas con las notas (Pero claro, nunca antes había tenido un amigo como Javi Braco).


Mientras terminaba de repasar por última vez los apuntes que me había prestado Lorena, empecé a sentir mucho frío; no hay ventanas en mi habitación y estamos en pleno verano, así que el frío no tenía sentido. Pensé que quizá solo eran los nervios por el examen, pero el frío se fue haciendo más y más intenso, hasta llegar al punto de hacerme exhalar vapor. 

Guardé el cuaderno de apuntes de Lorena y apagué la luz. A oscuras, agarré el grueso edredón que solo se usa en invierno y lo tiré a mi cama. Me metí enseguida, tratando de entrar en calor, pero parecía estar envuelto en un manto de nieve. El ambiente no hacía más que congelarse y empezaba a sentir que la oscuridad me asfixiaba. 

El reloj digital de la mesita de noche marcaba las 2:20am. Tenía que entrar en calor de una vez y dormir, porque si no, estaría casi sonámbulo durante todo el examen.

Poco a poco, fui metiendo mi mano derecha debajo de mis shorts. Empecé a tocarme poco a poco, pensando en Bárbara y en Fiorella. Sentía solo pequeñas reacciones. Podría haber puesto porno en el celular, pero lo había dejado en el escritorio y no quería salir de la cama. Solo tenía manos y mente, con eso tendría que haber sido suficiente. Pero al parecer, para mi mente, no era suficiente pensar en Bárbara con sus enormes tetas o en el enorme trasero de Fiorella, no. Mi mente debía ir más allá, tenía que pensar en eso. En dos minutos, ya estaba completamente duro. Podía sentir el calor subiendo poco a poco, estaba a punto de llegar a mi límite. Volví la mirada hacia el reloj, 2:26. Cambió a 2:27 y el frío de la habitación se esfumó.

—Hola, Enzo —la voz femenina salía de la oscuridad, de la nada. Parecía venir del extremo de la habitación, pero también se sentía muy cercana, como si estuviera parada al junto a mí.

Quise darle el crédito a mi imaginación, y aunque el calor empezaba a subir, me cubrí totalmente con el edredón y aplasté mi cabeza contra la almohada.

—Hola, Enzo —repitió la voz.

—¿Quién demonios eres? —dije sin descubrir mi cabeza.

—Me llamo Helena —la voz era dulce e infantil, pero no parecía ser de una niña.

Me destapé y traté de divisar a "Helena" en la oscuridad.

—Perdón —dijo ella—, todavía no vas a poder verme.

La situación era de lo más irreal, eso no podía estar pasando. Mi abuela solía contarme historias de "fantasmas". Decía que cuando se te aparece uno y quieres alejarlo, debes gritarle todas las lisuras que conozcas. Yo no podía gritar, mis padres duermen en la habitación contigua y me tomarían por loco (o drogado). Empecé a decir en voz baja todas las palabras soeces que se me ocurrían. La voz no respondía nada y pensé que la técnica de mi abuela había hecho efecto, pero no.

—Perdón, no era mi intención molestarte... Pero no tenía más opciones— Sonaba extrañamente triste.

Por un instante, tuve la idea de disculparme, ¡pero vamos! Era una voz proveniente de la nada. ¿Por qué lo haría?

—¿A qué te refieres con qué no tenías más opciones? —cuestioné.

La voz no me respondió más. 

Por supuesto no pude conciliar el sueño, y di un pésimo examen. Alex me invitó a su casa después de clases, pero yo necesitaba dormir. Volví a mi casa, solo tomé una sopa instantánea como almuerzo - cena y me fui a dormir. Estaba convencido de que la conversación de la madrugada había sido solo producto del cansancio.

En mis sueños, veía a dos personas sin rostro, una pareja, chico – chica. Caminaban de la mano por un lugar desolado y podría jurar que he visto ese lugar antes. La pareja se detenía frente a una casa antigua, con maleza descuidada que sobresalía por los viejos muros. El chico parecía querer darle un beso a la chica, pero ella lo esquivó y se metió rápidamente a la casa.

Me desperté de ese extraño sueño y me di con la sorpresa que eran las 2:25am. Recordé la hora del día anterior, 2:27. Miré fijamente el reloj digital. Los minutos parecían eternos, 2:26, 2:27. 

—Hola, Enzo—dijo la voz.

Tragué saliva y me acomodé en la cama.

Todo había sido verdad.

Los siguientes días no hablamos mucho. Traté de solo ignorarla y seguir durmiendo, pero aun sin verla, podía sentirla observándome desde algún punto de la habitación.

Hoy se cumplía una semana desde que empezaron sus visitas. Tenía las ojeras más marcadas que nunca y todo el día tenía sueño. No podía seguir así, tenía que saber qué demonios quería conmigo. Esperé despierto hasta las 2:27 am y quise ser el primero en hablar esta vez.



R. A Bisso

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En el texto hay: humor, misterio

Editado: 01.07.2018

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