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Introducción

Solía pensar que las cosas no podían ser mejor, que no había manera de que lo que tenía fuera malo porque lo amaba, me encantaba pero, ¿Qué loco es todo, no? ¿Qué tan encaprichado puede ser un hombre? ¿Qué tan insistente? ¿Qué clase de problemas y cuantos puede traer uno a la vida de quien no desea su compañía?

No tienen idea…

Toda mi vida era buena, no podía decir que era perfecta –porque las vidas perfectas no existen, salvo en cuentos de hadas o las películas ridículamente empalagosas- pero me gustaba así, estaba conforme y satisfecha con ella.

Yo tenía veinte años, mis papás estaban separados pero mantenían una relación bastante buena a pesar de todos los inconvenientes que habían surgido en su relación durante mi crianza y la de mis hermanas, a pesar de que mi madre volvió a casarse años después y se mudó a otra ciudad, a pesar de todo podíamos contar con ellos sin que hubieran peleas de por medio. Era la menor de tres hijas y la más “rara” de ellas…

Mis hermanas Elena y Catalina –en ese orden de nacimiento- eran realmente mi adoración. La mayor me llevaba siete años, estaba casada y vivía con su esposo –quien era el mejor de todos los cuñados del mundo y mi más fiel confidente-, era dueña de una pequeña empresa que estaba floreciendo gracias al arduo trabajo de ambos y el apoyo de mi padre. Elena siempre destacó en el ámbito académico y fue mi profesora particular más de una vez, inteligente y dedicada sobresalió en todas las materias y acabó la escuela secundaria con honores mientras que yo… pues con muchos amigos –aunque no se tratara de que yo fuese una mala alumna-, ella era aquella segunda madre que me había enseñado más de lo que mi progenitora hizo –sin desmerecer el amado sacrificio de la misma-.

Elena siempre tenía el consejo adecuado, la palabra correcto, la acción acertada, como si sus años le dieran toda la sabiduría del mundo cuando apenas llevaba algunos años más que Cata y yo; creo que fue eso lo que enamoró a su pretendiente –quien tuvo un difícil camino hasta que terminó casado con ella y sonriendo como tonto cada vez que ella entra en la misma habitación que él-, ¿No es tierno?

En cuanto a Catalina, me llevaba cuatro años, podía decirse que era una joven bastante coqueta, muy refinada la cual le había encantado desde pequeña la rama artística de la música y todo lo que ella implicaba; solía escucharla tocar el piano o el violín o cantar varias canciones populares que ella disfrutaba… Era la típica chica que llamaba la atención donde quiera que fuera, ya sea por su forma de conducirse, de vestirse, de hablar o de coquetear… Pero por más esfuerzo que ambas hiciéramos nunca podíamos coincidir en algo, nuestros gustos eran diferentes, nuestra forma de ser aún más y las amistades de las que gozábamos cada una… pues… totalmente incompatibles, sin dudas.

Pero a pesar de todo, ellas eran mi más grande tesoro y nunca faltaba cuando necesitaban de mí y viceversa, éramos unidas a pesar de todo.

Mi vida pasaba básicamente por el negocio de mi padre, él criaba, amaestraba y atendía medicamente caballos; tenía una gran finca –o rancho como suelen decirles también- totalmente equipada y preparada para que tales animales gozaran de la mejor atención. Era famoso entre importantes clientes por su buen trato, compromiso, seguridad y amor por los sementales, y yo heredé esa pasión que tenía al montarlos, al sanarlos, al verlos crecer desde que eran concebidos por las yeguas hasta que llegaban al mundo.

¡Y cómo evitarlo, criaturas asombrosas de verdad!

Mi mundo eran los caballos, entrenarlos, amaestrarlos, entenderlos, amarlos, verlos, conocer todas y cada una de las razas y saber cómo y de qué manera tratarlos era lo que más me encantaba; siempre volvía a casa cubierta de lodo, con alguna que otra prenda rota –sin mencionar golpes, moretones, rasguños y demás producto de mis famosas y nada refinadas caídas al montarlos-, el cabello amarrado en una coleta o suelto y enmarañado pero la sonrisa en mi rostro jamás faltaba y mucho menos las anécdotas del día durante la cena o en reuniones familiares cuando todos celebrábamos alguna importante ocasión y las risas saltaban a la luz en cuanto comenzaba a relatar.

Mamá no estaba de acuerdo con lo que hacía pero respetaba mis gustos y decisiones, solía decir cuando era más pequeña que lo que hacía era peligroso, que podía salir algo mal, que los animales no eran un juego y yo estaba más que de acuerdo con ella; no eran un juego, no eran mascotas, eran mi vocación, yo quería sanarlos, quería ayudar a personas que utilizan la equinoterapia para tratar enfermedades y condiciones, no, claro que no eran un juego.



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Editado: 17.07.2019

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