Injusticia Divina

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Capítulo uno: el retorno

Recuerdo cuando cumplí los 12 años de edad; mi padre enfermó por causa de un virus, o al menos eso es lo que respondía mi madre cuando le preguntaba por qué mi padre sufría tanto en su cama, retorciéndose y emitiendo alaridos de dolor como si en sus venas en lugar de sangre, tuviera ácido. Supuse que él dormía con otras mujeres, las cuales una de ellas lo contagió en una de sus casuales salidas a las diez de la noche, haciéndole creer a mi madre que iría a jugar unas cuantas partidas de boliche con sus “Amigos”. Mi madre lloraba siempre que terminábamos de cenar, después de que levantaba los platos en silencio, caminaba hacia la cocina mientras mi padre y yo la observábamos, fingiendo demencia con nuestras miradas como si no supiéramos qué sucedía en aquel entonces. Ella apoyaba sus manos en la orilla del lavadero y dejaba que sus lágrimas fluyeran, dejando ir recuerdos de conversaciones y acciones que nadie querría que hubiese en su núcleo familiar, esperando, para en lo que restaba del día, volver a cargar nuevas situaciones en sus lagrimales que la aniquilaban lentamente. En ese entonces yo no sabía mucho de lo que sucedía en mi hogar, pues sólo era un solitario chico sin amigos cuyo único pasatiempo era estudiar para aprobar la escuela como única meta en el momento. Más en el pasar de los años descubres cosas que siempre estuvieron rodeándote como fantasmas, fantasmas abstractos clasificados en: violencia, mentira, adulterio y robo. Fantasmas que, aunque la mayoría de niños los ven como amigos imaginarios, yo los veía como sombras flotantes que permanecían rodeándome sin daño alguno, pues hacia mi persona nunca hubo violencia física y ni mucho menos verbal ya que todos esos actos los emitían y recibían mis padres en conjunto. Esos fantasmas que prefieres tenerlos en la niñez antes de que te atormenten en tus años dorados, desviándote de tu sano juicio lentamente y destrozando tu mente cual parásito. Es curioso recordar ese pequeño fragmento de mi infancia, lejos de algún parecido a los demás, porque ahora que lo pienso, lejos de la soledad, la desdicha y la marginalidad, no había más sentimientos que me rodeasen durante la niñez. Al menos no buenos. Así que por eso me encuentro aquí; con mi alma totalmente oscura y mi corazón en llamas, una pistola en mi mano derecha y una persona repleta de temor con mi arma en su cabeza. Esto es lo que hago, esto es lo que creó el ejército, esto es lo que soy: James Mercer, un hombre que se gana la vida asesinando a un cierto grupo de personas.

Eran las nueve de la noche, seguí a un mísero sujeto que caminaba por las oscuras y frías calles de Clarkenwell. Un simple sujeto que no tenía de lo que arrepentirse hasta ese mismo día ante la "justicia" de mis manos. Entré a un callejón que era un atajo, saliendo seguidamente a unos cuantos metros delante de él. Cuando vi la oportunidad, lo tomé de su saco hacia la oscuridad donde iba a ser completamente mío.

—¿Q...quién eres tú? —cuestionó temiendo por su vida.

No le dije mi nombre, en cambio tomé mi arma y la levanté.

—Pregúntaselo a esta bebe. —le dije con altivez.

—Es...es... ¡La hija del diablo! ¡Tú eres James Mercer! Por favor, no me asesines... ¡No he hecho nada malo en mi vida! Revisa mi historial criminal si quieres. —suplicó la víctima con sus dos manos tras la cabeza.

—Sé todo sobre ti, Michael, y lo primero que leí en tu archivo fue tu historial criminal. Pero sucede que no estoy aquí por lo que sea que hayas hecho, sino por lo que harás cuando te unas a los negocios oscuros que te ofrecieron esta tarde cuando cumplías las nueve horas de tu horario laboral.

El sujeto sorprendido comenzó a balbucear. —¿Cómo sabes eso? ¡Trabajo en las lejanías de la ciudad y sólo miembros de la empresa podemos entrar ahí! Además, Rufu... —exclamó a punto de interpelar una nueva explicación.

Coloqué mi dedo índice en los labios del sujeto. —¡Shhh! Tengo ojos y oídos en todos lados; donde quiera escuchar, escucho y donde quiera ver, veo. Así que no me dejas alternativa, Michael. Sólo cierra los ojos y relájate. —le ordené como si de alguna forma el hacerlo le quitara su miedo a morir.

El sujeto movió su cabeza a un lado rápidamente, causando que me alarmara por si intentaba algo estúpido.

—¡No, detente! ¡Piensa en mis hijos...! —dijo tratando de salvar su vida por segunda vez.

Suspiré y miré hacia arriba con desesperación, deseando terminar mi último trabajo de una vez por todas. —¡Tú no tienes hijos, idiota! Y si los tuvieras, deberías de pensar en ellos antes de aceptar un trato de Rufus Alighieri.

—¿Crees que tuve alguna opción? A Rufus no le puedes negar una propuesta... —explicó sonando convincente.



A.M. Castillo

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En el texto hay: accion, romance, drama

Editado: 17.12.2018

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