La casa del Paraiso

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Capitulo I

CAPITULO I: La casa del Paraíso

Dicen que hace mucho tiempo en la casa del Paraíso ocurrió una tragedia.

Dicen que allí vivía una hermosa familia, que eran felices con la felicidad de los inocentes.

La madre, bellísima, como rayos de sol iluminaba el pequeño universo que habitaban.

El padre amoroso, protector. Era la sólida roca sobre la que asentaba aquella casa.

Y las hijas, dos preciosos ángeles que pintaban de alegría el espacio donde danzaban.

Si. Dicen que eran una familia dichosa, y, sin embargo, la vida no permite que la felicidad se prolongue mucho tiempo, eso atentaría contra la continuidad de la humanidad, porque se sabe que el mundo no puede ser feliz.

Desde que era niño escuche aquellas historias susurradas en noches sin luna.

Unos decían que el padre había enloquecido y una noche fatal había matado primero a las niñas y luego a su esposa para finalmente acabar con su vida.

Otros decían que la madre víctima de la envidia, había sido engañada para que creyera que su marido le era infiel. Destrozada se había ido con las niñas y el marido, enloquecido se había suicidado.

Se decían muchas cosas de aquella casa y la familia que la habitó. Sin embargo, nadie sabía o nadie recordaba cuál era su verdadera historia y yo no entendía porque hoy, en esta noche oscura me encontraba aquí admirando la enorme casa abandonada con su fachada descolorida, la pintura desconchada, los balcones de madera, amenazados por el paso del tiempo con derrumbarse. Los árboles de mango elevándose, queriendo tocar las nubes, como apartándose de la lúgubre historia de la casa. El polvo que lo cubría todo. La sensación de pérdida, el aura fúnebre que la envolvía y yo simplemente allí, parado frente a ella, recordando las historias de mi infancia. Mi dorada niñez, que de improviso me invadía con melancolía.

Se me antojó de repente llena de secretos. Envuelta por el velo que cubre el pasado haciéndolo borroso, dudoso.

Miré hacia el cielo y me di cuenta que no había estrellas, solo nubarrones más oscuros que la noche cubriendo el firmamento. Cielo de ciudad, sin luna, ni estrellas… ni luz.

Volví mi mirada a la casa nuevamente antes de seguir mi camino y me sorprendí con lo que vi. Frote mis ojos varias veces para asegurarme que no era una ilusión lo que veía. En el piso de arriba, una de las ventanas estaba abierta y las cortinas se balanceaban vigorosamente impulsadas por el viento helado de la noche.

Nunca antes había visto las ventanas abiertas. Jamás había vislumbrado señales de vida en la casa del paraíso, y a pesar de que todo se mostraba igual, las mismas paredes manchadas por la lluvia de años, la pintura desconchada, el portón de hierro cerrado a cal y canto, el grueso candado que mostraba su inviolabilidad, estaba la ventana perturbadoramente abierta, mofándose de mí y mis divagaciones. Las cortinas como el inmaculado velo de una novia bailando en el viento. Un escalofrío recorrió mi espalda. El frio se sentía cada vez más fuerte.

Con esfuerzo aparte mis ojos de la misteriosa casa y dirigí mis pasos hacia la mía, sin dejar de pensar en ella, en la casa del Paraíso.

Sumergido en mis pensamientos, subí sin darme cuenta los 10 pisos hasta el apartamento donde mi madre me aguardaba.

-Ya llegué madre- dije sin esperar respuesta. Todo exactamente como yo lo había dejado. Abrí la puerta de su cuarto y allí estaba ella, acostada, desojándose lentamente, con los ojos abiertos, pero sin ver nada, o quizás con los ojos mirando hacia el pasado que le resultaba mucho más real que esté presente.

No sé en qué piensa mi madre.

Me acerqué delicadamente a ella para no asustarla y deposité un beso en su frente. Ella sintió el contacto porque lentamente volteo su cabeza hacia mí, sus ojos me enfocaron y me reconocieron, o así prefiero creerlo. Ella me miró y sus labios esbozaron una pequeña sonrisa.

-Llegaste-dijo.

-Si madre, aquí estoy. ¿Has comido?- Ya sabía la respuesta pero necesitaba realizar la pregunta. Fui hasta la cocina y su comida estaba tal como la había dejado en la mañana. La calenté en el horno microondas y con un suspiro fui hasta su cuarto nuevamente para darle los alimentos que ella había olvidado ingerir, luego la bañé, le cepillé el largo y hermoso cabello, lave sus dientes y con otro beso en la frente la acosté en la cama para que mi madre con una sonrisa satisfecha se dejara llevar al país de los sueños donde sin duda sería feliz.

Después, yo como todas las noches, preparé la comida del día siguiente para mi mamá y para mí.

Me senté frente al computador con el sándwich relleno de jamón, queso, tomate, todas las salsas que encontré, lechuga, aguacate, tal como me gustaba. Y allí frente al computador, con mi delicioso sándwich en la mano me di cuenta que no había dejado de pensar en la casa del Paraíso.

Recordé lo que había dicho mi mamá cuando le conté que la casa tenía una ventana abierta. En realidad, no esperaba que me contestara, ya he dejado de esperar respuestas de mi madre, pero me gusta hablar con ella, me hace sentir menos solo.



sakura

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En el texto hay: brujas, sobrenatural

Editado: 17.06.2018

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