La Chica Que Sabía Demasiado

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0. La muerte de la inquilina del departamento seis

Estaba dentro de la bañera con el agua teñida de su propia sangre. Lacrimosa se escuchaba como un eco lejano, que marcó la sinfonía final de la inquilina del departamento seis. Tenía un día sumida en el carmesí, con un gesto que me hizo imaginar el dolor que debió de sentir los diez minutos antes de que la hipotermia, causada por la falta de sangre, la indujera en un coma del que no despertaría.

 

Su nombre era Paulina Ruiz, tenía veintiún años y estudiaba en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Para mantenerse, ya que vivía sola, trabajaba medio tiempo en una cafetería que estaba dentro de Plaza Universidad. Los fines de semana se iba a su voluntariado, en el hospital psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, como parte de la experiencia que quería conseguir.

 

Su novio, mucho mayor que ella, fue quien dio aviso a las autoridades. La falta de comunicación con su pareja lo hizo volver un día antes de lo planeado, decidido a darle una sorpresa. Pedro Castro nunca imaginó que él sería el sorprendido al notar la puerta abierta, el departamento sumido en una tranquilidad poco habitual, y la melodía de Mozart resonando por todo el lugar.

 

 “Sólo tuve que caminar al baño, donde había un charco de agua debajo de la puerta, para saberlo” declaró a los vecinos, “El color rojizo me lo indicó, Paulina se había suicidado”:

 

Eso fue suficiente para evitar interrogatorios, investigaciones innecesarias, el abrir una carpeta y buscar un motivo que hubiera llevado a una joven de veintiún años a cortarse ambas muñecas… Porque todo era más que evidente. No había razón para sospechar que algo terrible se ocultaba, tras una escena perfectamente montada.

 

De acuerdo con datos de la Secretaría de Desarrollo Social Local (Sedesol), cada año se registran mil quinientos suicidios en todos los rangos de edad, y es considerada la segunda causa de muerte en jóvenes de quince a veintinueve años. A nivel mundial, el número aproximado de suicidios es de ochocientas mil personas.

 

Tan sólo en México, entre dos mil diez y dos mil dieciséis, se presentaron cuarenta y un mil doscientos treinta y un casos de suicidios en todo el país.

 

Pero algo me decía que Paulina Ruíz no era parte de estas estadísticas, por lo que me di a la tarea de investigar la verdad tras el suicidio de la inquilina del departamento seis. Lo que encontré me dejó perplejo, y se los muestro en los siguientes párrafos, sólo que antes de ir a eso debo contarles cómo es que di con la historia.

 

En realidad, fue algo que nos gusta llamar “una casualidad del destino”. Yo había sido citado ahí, por una fuente anónima que me daría las bases necesarias para comenzar con una investigación muy interesante, cuando un par de vecinas iban saliendo del edificio. Las dos se lamentaban por lo sucedido en el departamento seis, y temiendo lo peor, subí al lugar para verificar su relato. Los murmullos, la gente reunida en los pasillos, y los rostros llenos de escepticismo, lástima y preocupación me lo indicaron. Ahí había una historia que tenía que ser contada.

 

El novio relataba a algunos curiosos lo que sucedió, y la multitud que se juntaba en torno a él me permitió colarme al departamento. Sin nadie por ahí, me adentré al lúgubre lugar invadido por las notas de la sinfonía de Mozart. Las ventanas dejaban entrar la luz del sol, dejando ver las líneas de polvo en el aire. El charco de agua estaba ahí, la puerta del baño entreabierta, y lo rojo destacando del color pálido de los azulejos. Lo demás ya lo saben.

 

Encontré a Paulina en la bañera, con el agua teñida de rojo y el rostro lleno de un dolor profundo que me hizo dudar sobre el suicidio. Observé la escena; una botella de tequila, un vasito, la música, el cuchillo a lado de la bañera, tan perfecta. Lleno de dudas sobre la inquilina del departamento seis, salí de ahí, con la misma cautela con la que entre, y comencé a recabar información sobre ella.

La administradora del edificio, Dona Petronila, fue una de las primeras que accedió a hablarme de ella. La mujer de unos cuarenta años, traía un babero puesto encima de la ropa deportiva que vestía, calzaba unas pantuflas, y se veía afligida por la pérdida de Paulina.

—Era muy joven cuando llegó aquí —recordó, con melancolía. Dio un par de bocanadas al cigarro barato que consumía—. Tenía su cabello recogido en una trenza, lentes de pasta enormes, y estaba muy rellenita, pero era una mujer con mucha confianza en sí misma. Sabía lo que quería, por lo que acepté que rentara el departamento.



JeniferNLuna

Editado: 30.01.2019

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