La Mirada de Callum - Libro 2 de El Ángel en la Casa -

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Capítulo 1

Eran las seis de la tarde .

De una tarde estática, corrompida por un sentimiento mortecino. El sol brillaba sobre la fachada de su casa, pero era un sol ficticio;  incapaz de calentar el hielo de su interior, de derretir las estalactitas, que perforaban su corazón y sus pulmones.

Cassandra la vio aparecer en el rellano y corrió hacia ella, gritando su nombre con una felicidad que ya no pertenecía a su mundo.

―¡Amanda habéis vuelto!

La alegría de la voz infantil apenas lograba penetrar el sepulcro retórico que rodeaba su cuerpo. Donde todo era fría y húmeda piedra,  lúgubre silencio, mala hierba y gusanos comedores de carne descompuesta.

A través de su sarcófago de hielo, creyó sentir el pequeño cuerpo de su hermana, abrazándola. La familiar forma le trajo un vago recuerdo de su antigua vida. ¿Habría esperanza para ella?

Despacio, colocó su mano en la pequeña nuca. Era el único gesto de cariño que su estado le permitía efectuar.

Cassandra se separó de su cadera y se abalanzó sobre Callum. A la niña le tomó a penas diez segundos darse cuenta de que el cuerpo inerte, de lo que una vez fue su amigo, no respondía al gesto.

―¿Callum? ―preguntó con su pequeña voz, alzando la cabeza para mirarlo al rostro. El joven no se movió. Su mirada fija en la pared frente a él.

―¡No!¡Callum!¡No! ―chilló la niña con horror, comenzando a derramar lágrimas, con la desesperada facilidad con la que lo hace un niño.

Amanda pestañeó, puede que por primera vez desde que cruzara la puerta. Y con el gesto notó la humedad. Pero al contrario que Cassandra, cerró los ojos y sollozó en silencio, escuchando su propio dolor en la voz de su hermana. Se dejó caer contra el suelo mientras las lágrimas la invadían, y sintió los cortos brazos de su hermana rodeándole el cuello, mientras sus lágrimas se mezclaban.

A partir de ahí el tiempo se volvió extraño. Como una sucesión de la nada, que se hacía dolorosamente eterna. Semanas de infernal castigo durante las cuales su mente seguía sin aceptar la pérdida. La fiebre que poseyó su cuerpo no ayudó a la recuperación de su lucidez. Callum estaba con ella en todo momento. Callado. Con el silencio más ruidoso que jamás habría imaginado. Era como si su cuerpo inerte gimiera con un potente llanto interior que solo ella podía oír.

A veces cuando estaban a solas, sentados uno frente al otro, Amanda hundía el rostro en su pecho y lloraba con consternación.

―Perdóname ―le rogaba ahogada en hipo―. Perdóname, Callum.

Pero el más frio de los silencios era siempre su respuesta.

No tenía recuerdos claros de esos días. Sabía que sus primas habían estado en su habitación, que le hablaban y le acariciaban el rostro. Una mujer la había examinado, y hecho preguntas…o quizá lo había soñado.

Su recuerdo más nítido era el de su madre sentada en una butaca junto a su cama, pidiéndole que lo intentara, que no echara su vida por la borda. ¿Cómo si ella tuviera la culpa del peculiar letargo en su cabeza?

Cassandra se colaba en su cama para tenderse junto a ella, la pequeña cabeza apoyada en su pecho. Su corazón era un rítmico recuerdo de la vida que había tenido, de las mañanas correteando por los jardines, de las tardes riendo en la biblioteca. Esos fragmentos de recuerdos de su feliz existencia tiraban de ella hacia la vigilia, pero cuando casi había escapado de las oscuras aguas de la desesperación, recordaba a Callum. Lo brillante y emocionante que se había convertido su mundo con la llegada del joven; y entonces recordaba lo que había ocurrido y el desgarrador dolor en mitad de su pecho volvía a lanzarla a la espiral enfermiza y pegajosa de la que no podía despertar.

 

Una noche abrió los ojos, y vio a Cassandra de pie junto a su cama iluminada por lámpara de gas. No la miraba, sino que examinaba el pequeño botecito de láudano que había abierto en lacómoda de Amanda. La niña lo cogió y se lo acercó a la nariz para olerlo, arrugando el entrecejo al notar el hedor del opiáceo.

—Huele como el infierno —murmuró la niña.

—¿Acaso sabes cómo huele el infierno? —las palabras salieron arrastradas y pegadas entre sí; su voz raspando las cuerdas vocales por la falta de uso.

Cassandra abrió mucho los ojos y la miró con labios entreabiertos.

¿Tanto llevaba sin hablar?

Irguió la cabeza de la almohada y miró hacia la cómoda de la que su hermana había tomado la botellita de láudano. Había otras cuatro botellas vacías y tiradas en la superficie. Se recordó a sí misma sirviéndose un poco cada vez que descendía al mismo infierno. Veinte gotas primero, cuarenta cuando veinte dejaron de hacer efecto. Pero el infierno cada vez volvía más rápido, más intenso y Amanada había aumentado la frecuencia de las ingestas, deseando escapar de él.

—Llévatelas —le pidió a su hermana—. No me traigas más diga lo que diga.



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Editado: 11.10.2018

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