La tienda del señor Dolly ©

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Prólogo

Un relámpago cruzó el cielo y lo iluminó, mientras aquella sombra se movía pesadamente por el camino de tierra, que en ese momento era de barro mojado y resbaloso, producto de la terrible tormenta que se había desatado horas antes.
La figura patinaba, se recuperaba y continuaba avanzando con esfuerzo, despegando por momentos los pies del suelo traicionero en el que se hundían. Otro haz de efímera luz volvió a pasearse por el cielo como una serpiente larga y brillante, dejando ver por unos segundos la cara de un preocupado y temeroso anciano, que en ese momento resbalaba y lograba evitar la caída por muy poco. El hombre miró hacia atrás con gesto atemorizado pero la oscuridad era total y se veía interrumpida sólo por los haces de luz que en el cielo aparecían y desaparecían fugazmente, nada podía ver, por lo que segundos después continuó con su marcha hacia la vieja casa del bosque.
Los árboles rodeaban el viejo camino que tantas veces había recorrido, y aunque en los días calurosos le proporcionaban alivio, sombra, paz y tranquilidad, en ese momento, con la tormenta en su apogeo el hombre no podía hacer más que sentirse nervioso. Recordaba que los rayos solían caer sobre los árboles y definitivamente no quería que uno cayera cerca de ahí.
El agua descendía desde el negro cielo, como una lluvia de saliva desde la boca de un lobo hambriento, a su alrededor y sobre él, desde él incluso, pues se hallaba empapado en frías gotas que se desplazaban por todo su cuerpo, desde su ropa, cabeza, manos y cara.
Se había quitado los lentes, pues con la lluvia no le servían para otra cosa más que para nublar su visión y retrasarlo al detenerse para limpiarlos inútilmente. De todas formas le costaba mucho poder ver algo a pocos metros de distancia y constantemente estaba limpiándose la cara con una manga tan húmeda que servía en verdad de poco.
El hombre se apresuraba todo lo que sus cansadas piernas le permitían y se decía a sí mismo que debió de haber salido antes del pueblo, pues las nubes negras se podían ver desde la tarde y la tormenta ya había sido anunciada días antes por la radio.
Finalmente llegó a la verja de seguridad que cubría aquella enorme y vieja casona en la que vivía, busco la llave en su bolsillo con manos temblorosas y logro aferrarla con seguridad tras dos intentos fallidos a los cuales se sumaron otros tres intentos más para poder meter la llave en el pequeño candado, y aunque casi se le cae de las húmedas manos, con ayuda del iluminado y tempestuoso cielo logró meterla en el cuarto intento, el candado cedió fácilmente y el hombre entró empujando aquel chirriante portón que sin embargo parecía acallado por el sonido de la tempestad sobre la cabeza del cansado personaje.
Sin tiempo de cerrar el portón con la llave y el candado solo lo arrimó para que diera esa impresión si es que algún transeúnte pasaba por allí, cosa que descartaba de entrada puesto que la casa se hallaba alejada del poblado más cercano. Luego se dirigió hacia la casa, buscando su protección. Logró finalmente llegar al techo del porche y refugiarse en él mientras abría la puerta principal que le dio acceso a aquella antigua mansión.
Completamente a oscuras, sintió el alivio creciendo en su interior mientras se adentraba y penetraba en la negrura de la casa, buscando los interruptores para encender la luz. Se había mudado unas semanas antes, y sus pocas pertenencias cabían sin problemas en una sola de las grandes habitaciones de aquel magnífico lugar, que a pesar de todos sus años se mantenía intacto, -como yo- se le ocurrió pensar al viejo hombre mientras subía las escaleras hacia su habitación, donde tendría ropa seca y toallas.

Luego de secarse y cambiarse se dispuso a encender la estufa con la madera seca que había dentro de la casa, pues afuera el viento sonaba cada vez con mayor fuerza y el frió podía sentirse en el ambiente. Estaba abocado en esta sencilla tarea cuando de pronto por sobre el sonido de la tormenta se elevó uno que no venía desde los cielos, fue un golpe, seco pero claro, contundente, como el que hace un objeto pesado al caer sobre algo más liviano, que soporta el golpe pero que está hueco. El anciano se detuvo en el acto, congelado en su posición semi agachado para prender el fuego, escuchando y esperando. No volvió a oír el golpe, pero le pareció casi con total claridad distinguir el sonido de algo que se movía, tal vez caminaba, tal vez se arrastraba, por la cocina.
Se apartó de la estufa con uno de los leños en la mano, mientras pensaba lo imposible que sonaba que alguien se hubiera metido en su casa con esa brutal tormenta, ¿quien podría estar afuera en esas condiciones? pero el hombre se recordó a sí mismo que pocos minutos antes él había estado ahí, además había visto y vivido muchas cosas en sus varios años de vida, por lo que consideraba que no estaba de más prevenir, nunca lo estaba de hecho. Caminando lentamente para hacer el menor ruido posible se acercó hacia el lugar del que había oído venir aquel golpe, la cocina se encontraba a oscuras por lo que el anciano rápidamente se dirigió hacia el interruptor de la luz y lo accionó, listo para cualquier cosa. Nada, eso fue lo que vió allí, nada estaba fuera de su sitio, nada estaba roto y nada había en el suelo que hubiera provocado aquellos sonidos y por supuesto no se veía rastro de ningún otra persona.
Lo único fuera de lo normal era una ventana abierta en la cual ondeaba una gastada cortina blanca, movida con ímpetu por el viento zumbante y en aumento, dejando el paso a gotas de agua de la interminable tormenta del exterior que ya habían llegado al piso, humedeciendolo.
El hombre cerró la ventana intentando recordar si lo había hecho o no al salir de la casa por la mañana y preguntándose qué había causado aquel sonido tan extraño, que le había parecido muy claro al momento pero que ahora se presentaba como algo dudoso, ¿De verdad había escuchado algo o su imaginación le había jugado una mala pasada? ¿No había sentido lo mismo en el bosque pocos minutos antes? Las luces de tormenta mezcladas con ese ambiente era algo que podía asustar a cualquiera, al igual que una antigua y enorme casa como esa... Fue entonces cuando la vio, justo al darse la vuelta para regresar al calor de la estufa, una sombra que pasó como una flecha por el umbral de la puerta, saliendo de quién sabe dónde, directo hacia el pasillo que conducía al sótano.
Fue imposible dilucidar a quién pertenecía, pues con la velocidad a la que se movió más la sorpresa del momento no pudo ver nada con claridad aunque, sí pudo percibir un detalle borroso, que no sirvió en lo más mínimo para aliviarlo, fuera quien fuese la persona que corrió hacia el pasillo tenía su ropa, además de empapada, manchada con algo de color rojo, algo que no parecía pintura de ningún tipo.
El corazón del hombre comenzó a latirle en la garganta, o eso parecía, pues en su pecho ya no cabía con los salvajes movimientos que realizaba, el leño estuvo a punto de caérsele de las manos y sintió como sus piernas comenzaban a perder fuerza. Luego de unos segundos que parecieron minutos interminables logró mantener la compostura y pensar con un poco más de claridad, la policía, tenía que llamar a la policía, pero inmediatamente recordó que la vieja casa no tenía línea telefónica, pues sus viejos dueños la habían dejado en el más completo abandono durante más de diez años y justo en esa mañana él había ido al pueblo a pedir que la re instalarán. La policía no podía ayudarlo, nadie del exterior podía saber que pasaba en esa casa, pues los vecinos más cercanos estaban a dos kilómetros de distancia, en el pueblo. Estaba solo, o mejor dicho, todo lo contrario, no lo estaba y ese de verdad era un problema.
Aunque el miedo se había instalado en su cuerpo como un parásito que presionaba su estómago, sombra de certeza, de seguridad, de que algo malo estaba por ocurrir y nada podía hacer para evitarlo, hizo acopio de todas sus fuerzas y se dirigió tras la sombra, con el leño en una mano y un cuchillo de cocina que tomó en otra, hacia el pasillo, que conducía solo a un lugar, el sótano de la casa. Mientras avanzaba intentaba escuchar algo, lo que fuera, para saber dónde podía encontrarse el intruso, pero el ruido de la tormenta acallaba cualquier otro sonido y no hacia mas que inquietarlo. La pregunta acerca de si se trataba de un solo intruso o tal vez de varios estaba comenzando a formarse en su mente y por esto su nivel de alerta era tal que cada ruido o movimiento le hacía girarse sobre sí mismo y mirar desconfiado.
Llegó al comienzo de la escalera y descendió los peldaños de la misma, que tan antigua como la propia casa emitían atemorizantes chillidos a cada paso, mientras intentaba ver algo en la perfecta oscuridad que había debajo.
La puerta del sótano sin embargo estaba abierta y la luz de la habitación se filtraba desde ahí, iluminando un poco la zona cercana a ella. Unos pocos metros lo separaban desde el fin de la escalera a esa zona iluminada, el anciano caminò con paso tembloroso y la sensación de estar siendo observado, la respiración entrecortada, un frió pesado que surgía en su nuca y le descendía por su espalda, erizando todos los vellos de su cuerpo y causando un incómodo sentimiento, mientras que a su mente no paraban de venir imágenes y relatos que había visto u oído a lo largo de su vida, personas muertas, atacadas, golpeadas y torturadas, desaparecían una noche y ya nunca se volvía a saber mas de ellos. Asesinos psicópatas, sin piedad, que acechaban en las sombras y esperaban el tiempo que fuera necesario, el cazador, la presa, solo los veías cuando ya era demasiado tarde y el cuchillo iba directo hacia ti. Por tu espalda, a los costados, entre esas sombras, debajo de la cama, tras esa pared.
Un escalofrío constante recorrió al anciano aquellos pocos metros que lo separaron de la luz, mientras que sentía desesperadamente la necesidad de salir de ese pasillo, corriendo como loco hacia las escaleras y escapar, refugiarse en otra habitación y esperar encerrado hasta que todo pasara y llegara el nuevo día. Pero no, no podía ser cobarde ahora, si él no defendía su casa, ¿Quien más lo haría?
Presionando con más fuerza el leño y el cuchillo continuó avanzando, sentía augurios de muerte en el aire, la suya, y a cada momento esperaba ver salir a un psicópata armado con una sierra dispuesto a mutilarlo. Sin embargo, nada ocurrió, una leve tranquilidad lo inundó cuando llegó a la zona iluminada por la luz de la habitación, pues solo había un lugar en el que quien fuera que entró en la casa podía estar ahora, y ese lugar era ahí, en el pequeño cuarto del sótano.
Reuniendo nuevamente fuerzas el viejo se encaminó hacia el mismo, llegó al umbral de la puerta y se detuvo en seco, como si una barrera invisible lo hubiera parado. Lo que vio del otro lado le hizo soltar sus improvisadas armas que cayeron al suelo con un sonido que el anciano ya no oía, mientras sentía como perdía todas las fuerzas que lo sostenían, y experimentaba la sensación de pánico creciendo desde su vientre, subiendo por su estómago, el pánico se transformó en vómito y el hombre cerró los ojos, en un último intento de evadirse en sí mismo, de refugiarse de la realidad, fue entonces cuando la sombra roja se abalanzó sobre él.



Randax

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En el texto hay: juvenil, misterios, terror supenso

Editado: 07.07.2019

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