Letargo (saga Divano 1)

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1. "Algo que solo yo veo"

Las luces de la ciudad se distinguen en la lejanía, prendiendo el oscuro horizonte de pequeñas chispas anaranjadas. El cielo nublado no deja esta noche lugar para las estrellas ni tampoco para la luna, que ha de estar a punto de alcanzar su fase plena. Es como si todos los astros se hubiesen descolgado del firmamento, conglomerándose en la costa. El viento brama en mis oídos, arrastrando todo lo demás, llevándose lejos el sonido de las olas rompiendo en las rocas y los gritos de los jóvenes que se reúnen en este lugar para llevar a cabo cualquier locura que se les pueda pasar por la cabeza. El viejo faro se sitúa en un pequeño islote que emerge desde las profundidades del propio mar, y dejó de ejercer como tal hace ya muchísimos años, más de lo que nosotros mismos hemos vivido. Ahora está abandonado y semiderruido, pero se ha convertido en un lugar de diversión para muchos jóvenes. No queda excesivamente lejos de la costa aunque llegar nadando, al margen de ser una temeridad, se ha convertido en una moda. En verano es muy habitual ver a los muchachos de la ciudad y alrededores llegar hasta aquí para pasar el día o la noche, pero de un tiempo a esta parte, cruzar a nado la distancia que lo separa de la playa ya no es suficiente. No son pocos los que continúan viniendo a este lugar a pesar de las recomendaciones y prohibiciones para dejar de hacerlo; la Cala de Salve lo llaman. Dicen que cuando el faro funcionaba, la torre era la salvación para los navíos errantes que se perdían en las noches de tormenta. Supongo que de ahí viene su nombre. No lo sé y tampoco sé si yo esté aquí buscando algún tipo de salvación o quizás todo lo contrario. Llegué con Vika y los demás al caer la tarde, nadando, como manda el ritual. Durante algún tiempo formé parte del equipo de natación del instituto, por lo que no se me da mal cruzar la distancia que separa la costa de este lugar y tampoco se me hace excesivamente cansado. Lo que sí me está costando es decidirme a dar el salto. Llevo ya un buen rato sujeta en la barandilla, en el lado exterior del balcón y soy incapaz de soltarme. Lo han hecho ya varios antes que yo, pero algo me detiene y no creo que sea complicado saber que, simple y llanamente, es miedo. Cierro los ojos e inspiro profundamente, percibiendo en la cara la calidez de las dos antorchas que alguien ha colocado aquí arriba, impidiendo que la oscuridad lo engulla todo. También las hay abajo, el resplandor justo para distinguir las rocas y el agua rompiendo en la base del faro.

En los últimos meses me he lanzado a hacer un sinfín de locuras de las que jamás me hubiera creído capaz: tomar parte en carreras de coches, saltar entre edificios, colarme en casas ajenas, robar. No son las acciones que más orgullosa me hacen sentir en mi vida, pero son el único tipo de cosas que logran mantener mi mente cien por cien centrada en algo que impide la reproducción sistemática de mis más redundantes pensamientos.

Desde hace un año escucho, día tras día, las mismas frases en mi cabeza; visualizo las mismas caras, las mismas imágenes, desarrollo las mismas teorías, las mismas posibilidades de lo que podría haber hecho y no hice. Y es un tormento del que no encontraba forma de escapar hasta que empecé a frecuentar la pandilla de Vika. En el instituto se la considera un bicho raro, a ella, a su novio Antón y a sus amigos, que estudian en otro lugar —los que siguen haciéndolo—. Los guía una búsqueda constante del peligro, de poner a tope su adrenalina, de vivir al límite. «Vita et mors videtur specimen terminos». «La vida y la muerte me parecen límites ideales». Es su lema, el que todos se tatúan en alguna parte de su cuerpo cuando entran en su particular club, un honor que yo todavía no merezco, aunque ni siquiera sé qué deba hacer para ello.

Abro los ojos de nuevo, enfoco la base del faro y mientras un lado de mí batalla por desterrar lo que se viene a mi mente, la otra parte desea darle cabida con todas sus fuerzas. El punto de inflexión, el día en que cambió todo, la razón por la que hoy soy como soy. Se llamaba Alexander y tenía diecisiete años. Hubiéramos cumplido uno juntos tres días después de que todo ocurriese, aunque probablemente no hubiera sido el mejor aniversario. Habíamos discutido por algo que en aquel momento me pareció un mundo y hoy no es más que una solemne estupidez. Alex se pasó tres días persiguiéndome, llamándome, enviándome notas que me citaban en la vieja cancha de baloncesto. Pero lo ignoré todo. Después supe que su hermano mayor y él habían sufrido un accidente con el coche. Gabriel pudo contarlo; Alex, no. Desde entonces mi mundo se ha parado y yo me he quedado bloqueada en esa semana nefasta, en mis últimas palabras mandándolo al diablo, en su insistencia por que pudiéramos solucionar las cosas y en la estúpida forma en la que lo envié todo al traste. Ahora no puedo evitar pensar que si lo hubiera escuchado, si hubiera accedido a hablar con él, si no hubiese sido tan testaruda, tal vez él estaría vivo. A veces creo que es un pensamiento estúpido, pero no puedo evitar crear mil alternativas que no le hubieran llevado hasta allí. Sin embargo, lo cierto es que no puedo cambiar la realidad y por tanto, necesito adaptarla a una forma en la que todo sea más soportable. Quiero que la chica sensata, madura y responsable que siempre fui desaparezca en favor de la chalada que soy ahora, la irresponsable, aquella a la que nada le importa ni le preocupa; quiero que la cautela deje paso a la locura; que la precaución ceda en favor del peligro y que la Tayra que pensaba mil veces las cosas antes de atreverse a dar un paso, se lance de cabeza a lo que venga sin plantearse lo más mínimo las consecuencias. Esa es la razón por la que en los últimos meses dejé de lado mis amistades, mis costumbres, mi mundo y todo aquello que me recuerde lo más mínimo a mi anterior vida, a mi vida con Alex.



Jessica Galera Andreu

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En el texto hay: angeles, angeles caidos, romance

Editado: 28.03.2019

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