Mariana

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1- A modo de introducción

Madrid. 1985.

 

El sol languidecía pintando los tejados de la ciudad de púrpuras y escarlatas, las sombras envalentonadas ya no se ocultaban ante el moribundo astro, amenazando con invadir los últimos resquicios de claridad. El humo azulado de una chimenea traía olores a leña quemada y el ruido de ollas y platos en el patio de la casa anunciaba la hora de la cena.

Para Jorge Andrade aquella era la mejor hora del día. Era cuando se dedicaba en cuerpo y alma a escribir esa esquiva novela que comenzara mucho tiempo atrás y qué más que una novela era un quebradero de cabeza. Un hueso muy duro de roer, pues la inspiración, esa musa altiva y efímera parecía evitarle como si se tratase de un apestado.

Jorge levantó la cabeza de su máquina de escribir underwood y miró el cielo inflamado de ocres y amarillos. Sabía que hoy tampoco escribiría nada. Era como una maldición y un sudor frío recorrió su espalda al pensar que quizás estuviera acabado, seco y estéril.

Encendió un cigarrillo y vio el humo fugarse por la ventana persiguiendo a las nubes que también se alejaban de la oscuridad que se avecinaba.

La irritada voz de una madre gritó, llamando por sus nombres a dos niños y ordenándoles subir de inmediato a su casa. Los niños también gritaron fastidiados, pero obedecieron.

Un perro ladró en la distancia, intrigado por aquellos gritos y otro mucho más lejos contestó a su ladrido.

Luego llegó la calma y con ella la noche.

Jorge decidió salir y disfrutar de la corta tregua que la oscuridad traía después de un día de agobiante calor. Los veranos en Madrid eran asfixiantes y las noches apenas mitigaban el sofoco, pero suponían un pequeño respiro que muchísima gente se apresuraba a disfrutar.

Las calles, lejos de estar vacías, se encontraban atestadas de viandantes buscando la fresca. Las terrazas de los restaurantes estaban colmadas de vespertinos clientes deleitándose con una cerveza muy fría o con sangría y los espectáculos nocturnos atraían a las masas, más que nada por el aire acondicionado que podían disfrutar en estos locales.

Jorge se perdió entre la multitud, recorriendo las calles del barrio de Lavapiés donde vivía. Un barrio antiguo enclavado en el centro de la capital, un barrio que seguía gustándole tanto como el día en que llegó hasta él y que, a pesar de lo que mucha gente opinase, un barrio que aún conservaba el espíritu de ese Madrid castizo que tanto gustaba a los extranjeros.

Las viejas calles le acogieron como a un hijo más, pues uno de los secretos de esa ciudad era que cualquiera se sentía de inmediato como en su propia casa. Quizás nadie lo habría sospechado, pero Jorge lo sabía desde el primer día, cuando llegó allí desde un pequeño pueblecito de La Mancha para instalarse en la gran ciudad. Los rascacielos le saludaron a lo lejos. Las fuentes gorjeaban en su honor dándole la bienvenida y las banderas, en sus mástiles ondearon divertidas ante su presencia.

Para aquellos que presumían de que Madrid era una ciudad inhóspita y gris, Jorge sólo tenía por contestación un dicho muy popular que solía oír a menudo: De Madrid al cielo... Con esas palabras bastaba.

Entró en una popular taberna cuya apariencia antigua y destartalada le resultaba muy acogedora. Los carteles taurinos que cubrían las paredes, las botellas cubiertas de polvo tras el mostrador y los espejos deslustrados tenían un singular encanto decadente y que sin embargo creaba una misteriosa atmósfera, envolviéndole en las brumas de un pasado no muy lejano.

Pidió una cerveza y mientras la degustaba, observó con curiosidad a dos jovencitas que charlaban animadamente junto a él. Parecían sostener una agria discusión acerca de cuál de ellas se iba a llevar a la cama al jovenzuelo que acababan de conocer. No llegaban a ponerse de acuerdo y mientras tanto el ​pavo​ voló, dejándolas plantadas y sin ligue, pero en vez de seguir enfadadas, las jóvenes comenzaron a besarse entre ellas zanjando la discusión. Punto y final.

Jorge sonrió. El amor, tanto como el sexo y las relaciones humanas no habían cambiado tanto con el paso de los siglos. Todo era igual, más o menos.

La novela que él intentaba escribir, ambientada en los años veinte del pasado siglo, contaba la relación entre dos mujeres, una de clase alta y la otra de recursos monetarios más bien escasos. Una relación llevada a cabo en la clandestinidad de sus alcobas, sin airearla al resto del mundo. Una relación enquistada y a todas luces trágica y amarga, pero que reflejaba muy bien el carácter de la sociedad y los sentimientos ocultos de aquellas personas.

Ahora todo parecía más fácil, más natural; pero Jorge sabía que no era así. Seguía siendo tan difícil o más que cien años atrás e igual de mal visto a pesar de la falsa libertad que pareciera ser parte de nuestro legado.

"La vida sigue igual", como cantaría Julio Iglesias.

Jorge apuró su cerveza y regresó a su domicilio. Por suerte mañana era domingo, su día de descanso en el diario en el que trabajaba y tenía planeado bajar al Rastro a echar un vistazo a esos libros antiguos que tanto le atraían. Siempre andaba en busca y captura de ideas y ese lugar le ofrecía la huella de un pasado desaparecido. Postales, cartas de personas desconocidas fallecidas mucho tiempo atrás, muebles y enseres anclados en el olvido de sus propietarios ya desaparecidos pero que dejaron una muesca de su existencia, muñecas antiguas, juguetes que ninguna mano infantil volvería a utilizar, ropas apolilladas. Recuerdos de vidas pasadas y de personas olvidadas ya hace mucho pero que aún siguen existiendo a través de esos objetos que una vez poseyeron.



Marcus Turkill

Editado: 12.07.2018

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