Mi Relación con las Flechas de Cupido

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Preludio

En una habitación pintada con rosado y azul celeste, decorada con imágenes de figuras con colores claro-oscuro e iluminada únicamente con una pequeña lámpara de mesa que hacía fácil la lectura entre las camas de dos jóvenes; la de una niña, de no más de catorce años, que tenía la piel morena clara, el cabello largo rojizo oscuro y ojos que se diferenciaban entre uno y otro: el primero, el izquierdo, era rojizo oscuro mientras el otro, el derecho, tenía un color marrón oscuro y la de un niño, su gemelo, que tenía el cabello corto rojizo y piel morena, un poco más oscura por el sol y que al igual que su hermana, uno de sus ojos tenía un iris diferente al otro, el derecho rojizo oscuro y el izquierdo marrón. Entre ambos se encontraba un señor de avanzada edad moreno de cabellera oscura con algunas canas esparcidas. Ambos niños se encontraban acurrucados bajo las sábanas de sus camas que se diferenciaban, de igual forma, por sus colores. Una de las camas, la de la jovencita, tenía todo su set complementado con tonos de rosados y violetas en algunos bordados con forma de flores, junto a figuras de rojos corazones pequeños por aquí y por allá, mientras que el del joven era de un color azul oscuro y celeste para las figuras geométricas que decoraban las sábanas y almohadas.

            ―Cuéntanos otra historia antes de dormir, ¿sí?―dijo la joven damita.

            ―Algo con amor esta vez ―replicó el pequeño caballero.

            ―Puede que para hoy… ―pensó sus palabras por un segundo antes de continuar― tenga algo especial para ustedes… ―dijo él si era adecuado lo que podría contarles―. Ya es hora de que les cuente algo que no hace mucho viví con ciertas personas de la comunidad ―respondió al fin el señor con una sonrisa a la petición de los jóvenes―. Es una historia que ellos recordarán hasta el fin de los días ―continuó con un poco de melancolía―. Una historia de… sí, algo parecido al amor ―dudó al decir.

            ―¿Parecido? ―preguntó dudando la niña.

            ―Sí… parecido. Denme un segundo para recordar ―respondió el abuelo mientras sacaba del cajón de la mesita de noche de entre las camas un pequeño libro blanco que tenía como portada el mismo pequeño libro blanco acostado en una mesa junto con cuatro flechas de puntas con forma de corazón rojo justo de frente a un retrato enmarcado con cinco personas, un hombre y cuatro mujeres, en ella.

            Y así, sin moverse de su silla, abrió el libro y pasó a las páginas. Al momento el señor comenzó a narrar los sucesos del libro, presentando primero su parte, la de antes de iniciar con los sucesos de la historia.



Lyonel Kingston

Editado: 08.07.2019

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