Oscuridad Infinita

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Preludio

A altas horas de la noche ―a poco más de las once de la noche― el timbre de una casa aparentemente hecha de madera y piedra suena a través de todas sus habitaciones. Vez tras vez sigue sonando con un sonido de campanas de iglesia, y al instante alerta a dos niños que se encuentran en los confines de la sala de estar y cerca de la puerta. El primero de ambos es un niño de unos once o doce años de cabello corto rojizo y de piel morena un poco quemada. Su ojo derecho tiene el iris diferente al otro; un rojizo oscuro que batalla contra su izquierdo de color marrón café. La segunda es una pequeña de la misma edad aunque mayor físicamente, con piel morena más clara y de largo cabello rojo oscuro, muy diferente al de su hermano, y donde uno de sus ojos brillaba más que el otro, siendo el izquierdo de un rojizo oscuro mientras el otro, el derecho, tenía un color marrón oscuro. Ambos visten sus arrugados conjuntos para dormir, dos pijamas que de diversos colores y figuras incrustadas separan cada uno de sus gustos; una azul con figuras geométricas para el niño, y una rosada con flores rojas para la niña.

Ambos se encontraban tendidos aburridos boca arriba en la alfombra principal de la sala viendo un programa de comedia en la televisión, que por el horario pasaban bromas pesadas de sustos que describía como un grupo de personas le hacen bromas con máscaras y efectos especiales portátiles a otras de noche.

La casa, por otro lado, está hecha de dobles tablones de madera, con soportes de metal fijos bajo el suelo cubiertos por revestimientos ornamentales de mármol. Se expande por un terreno bastante amplio, contando con cinco habitaciones; cuatro en la planta superior y una en remodelación en la planta baja. Con tres baños esparcidos alrededor de la casa, uno en la planta baja y otros dos en el segundo piso, no se creaban esperas para sus usos. La gran cocina se une a un comedor casi del mismo tamaño que la aparta ligeramente con un mural de un metro hecho de piedra pulida, junto a su abertura de paso, dándole un toque antiguo. La sala está equipada con una gran alfombra de pieles suave de unos seis metros. Frente a ella, y al lado de la entrada, se encuentra una chimenea de ladrillos oscuros, junto a un gran televisor sobre ella ubicado sobre pequeños portarretratos familiares. Pequeñas cornetas amplificadoras de sonido en casi todos los rincones forman un Teatro en Casa. Junto, dos sillas mecedoras y una gran biblioteca se ubican en la esquina profunda izquierda junto al pasillo. También se encontraban, a la derecha de la entrada, una gran mesa de café de madera de roble oscuro al medio de dos sillones a base de pieles falsas de varias tonalidades de beige y marrón con un tamaño para tres. Pequeños cuadros de paisajismo, animales, objetos dibujados a color y en blanco y negro y retratos de personas, de pintores y de la familia, adornan el lugar. Todo iluminado por pequeñas luces de pared con forma de velas que se encendían automáticamente, mientras se tuviera apagado el candelabro de cristal principal, cuando alguien se encontraba dentro.

Los niños, al levantarse después de escuchar el timbre sonar por segunda vez, inmediatamente se dirigen a la puerta de entrada, una hecha también de madera de roble con mármol, para luego observar el exterior y, al ver que era alguien conocido, ambos la jalan hacia su derecha para abrirla lentamente, por ser pesada a causa de los materiales con que fue construida.

Al momento que los niños la abren, un señor pasado los noventas de piel morena, ojos oscuros y cabello corto negro canoso se muestra brazos abiertos frente a esta.

―¡Bisabuelo Leo! ―gritan los niños emocionados abrazando a su abuelo.

―¡Que grande están! ―dice mientras responde al abrazo―, incluso pareciera que fuera ayer que hubieran nacido y aún los pudiera cargar en mis brazos… Ah no, esperen, aún puedo hacerlo.

El señor, que va de traje negro con una camisa blanca debajo, conjunto a una cadena dorada, que le sirve de adorno, que sostiene una figura en forma de águila de cuerpo plateado y alas doradas, pantalón y zapatos negros con cordones blancos, carga a los niños sin mucho esfuerzo. A la niña por las piernas con su brazo izquierdo, y al niño en su espalda, ya que este corrió para colocarse detrás para eso.

―Hacía tiempo que no venía por aquí. ¿Cómo han estado? ―pregunta mientras los baja frente a la puerta después de entrar unos pasos para cerrarla con su pie izquierdo, el que más cercano estaba al borde de la puerta.

―¡Bien! aunque un poco aburridos por no tener con quien jugar en la casa… ―responde el niño agachando la mirada con tristeza.

―Eso es malo... ¿y sus padres? ―pregunta confuso de vuelta.

―Salieron… ―respondió más tristemente―. Dijeron que nos acostáramos a dormir... ¡pero no queremos! ―reprocha el niño cruzando los brazos.

―No pueden hacer eso, deben hacerles caso a sus padres ―le da la vuelta al reproche.

―Pero… ―replica la niña también bajando la cabeza.

―Nada de peros… vamos a la cama con un poco de acción extra ―dice mientras guiña un ojo dándoles una divertida orden.

―¿Acción? ―pregunta el niño.

―¿Como los cuentos que nos leíste la última vez? ―pregunta detrás su hermana.

―Así es. Mientras esté en esta casa, les leeré varios cuentos que les faltan por escuchar… Esta vez será uno que me tengo guardado desde hace mucho; para el día que tuvieran más o menos esta edad.



Lyonel Kingston

Editado: 09.07.2019

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