Recluidos del exterior

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1. Exterminio y caos

[Delta Amacuro, 2027; cuatro meses después del exterminio]

Antes, tierra de una apreciada naturaleza.

Ahora, considerado como el lugar de los infiernos.

El mismo clima impropio en ese lugar parece haberse aliado bajo un mismo fin que el resto de la naturaleza: sufrimiento y fin a la raza humana. El frío inmenso provoca que los mismos abrigos sean insuficientes para coger un poco de calor, un cuerpo no acostumbrado a un clima como éste podría dejar su corazón de palpitar en cuestión de días o antes, y más aún ante la falta de alimento que empieza a escasear dentro de una sola mochila que alguna vez estuvo lo suficientemente llena para alimentarlos por casi un mes, y eso, si encontraban la forma de medir la comida en porciones adecuadas; por desgracia fracasaron, el niño más joven entre ellos no entendía que debía reducir su alimento para compartirlo con el resto.

Todos parecen estar entumecidos en su sitio, arrinconados debajo de una gran roca, algunos no pueden conciliar el sueño, el castañeo de sus dientes y los suspiros creando una especie de humo blancuzco los delatan.

María es una de ellos, una adulta madre de un niño de tan solo tres años que protege entre sus brazos y dos edredones viejos, preocupada por ver sus mejillas demacradas y en un tono amoratado. Es una ciudadana de lo que queda del centro del estado de Bolívar antes de entrar en completo caos, junto con el hombre que ahora los lidera. Ella no tenía a nadie cuando sus vidas se cruzaron; su marido murió intentando arrebatarle una lata de duraznos a un hombre armado con un machete, su madre había muerto años antes de causas naturales al negarse ingerir medicamentos y es hija única. Así que no lo pensó dos veces cuando aquel hombre que jamás vio en su vida le extendió la mano proponiéndole que lo siguiera, relatándole que estaba preparado desde hace años para un momento como ese, y así era, durante las primeras semanas vivieron el hijo y María en la casa abastecida de comida y agua embotella, hasta que un día, al ver que por las calles los saqueadores entraban casa por casa en busca de alimento, los obligaron a partir con todo lo que ambos pudieron llevar, adentrándose a las bordes del estado vecino Delta Amacuro, donde se les unió José, Constanza y el más reciente, Kerión. 
     
El joven Kerión acurrucado a su lado precede de indígenas Warao, y antes que todo lo que alguna vez conoció se volviera una de las principales causa de muerte, vivía tanto su familia fallecida y él, de la pesca en el rio de Delta Orinoco.

Aún puede verse estando en el centro del río con su pequeño hermano Kari en la barca de su familia, pescando con un anzuelo teniendo como carnada una lombriz rosada. Puede ver a Kari serio y concentrado en el anzuelo, esperando impaciente capturar el alimento de esa tarde, tan pronto consigue capturar al primero, él lo felicita e incita a capturar un segundo… de pronto, su mente le muestra un suceso que le dejó traumatizado: ve a Kari beber del agua del río, quiere gritar pidiendo que no lo beba, sin embargo, es demasiado tarde, su pequeño hermano ha caído al instante al suelo, y ante sus ojos, sin saber cómo ayudarle, observa como convulsiona entre gritos guturales, expulsando una gran cantidad de sangre de su boca.

Una imagen de él mismo se acerca a Kari entre lágrimas, tocándolo, preguntando que le ocurre, su cuerpo le quema al tocarlo, parece estar consumiéndose entre llamas de forma interna, y lo está, su cuerpo termina por carbonizarse minutos después.

«El agua está maldita», recuerda haber dicho cuando llegó al jacal en busca de sus padres estando inconsolable.

     — ¡Kari! —pronuncia al despertar, alertando al pequeño grupo con quienes se unió hace solo tres días.

     —Kerión, por favor.

     —Murió señor, mi hermanito ya no está conmigo. —solloza.

El líder, un hombre rechoncho de carácter templado, suelta un bufido al escucharlo, no es que le moleste a ese joven que acogió, pero con sus gritos podría alertar a algún superviviente sobre su paradero y no sabría si quien apareciese entre los árboles fuera alguien que busca arrebatarles lo poco que tienen para comer o no.

En estos tiempos, hasta la persona más gentil se convirtió en un asesino con el fin de conseguir algún alimento enlatado y no morir.

El hambre de alguna forma corrompió la integridad de toda persona.



L. Enríquez

Editado: 05.03.2019

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