Te quiero, ¿no lo entiendes?

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Capitulo 1

Prologo

Allí estaba, en la que ahora era su oficina, dando vueltas cual animal enjaulado, y, de cierto modo, así era; o por lo menos así se sentía. No era para menos, estaba desesperado; la rabia, la impotencia y el miedo cubrían cada poro de su cuerpo, y no sabía cuánto tiempo más podría soportarlo. Quería gritar, maldecir, hacer arder cada maldita calle de la ciudad de ser necesario. En otros tiempos, lo hubiera hecho sin tan siquiera pensárselo dos veces, pero, él ya no era esa clase de hombre, ahora era distinto; había logrado aplacar a la fiera salvaje que llevaba adentro, pero todo podría cambiar de un momento a otro, porque por muy ejecutivo que fuera hoy en día, la bestia seguía rugiendo bajo su piel, peleando por ser desatada.

El pomo de la puerta se movió ligeramente y el nudo en su estómago se acentuó, expectante. Eso solía pasar cada vez que debía reunirse con él, uno de los tantos hombres que había contratado en los últimos años y que seguía sin darle la noticia que él tanto ansiaba.

—Buenas tardes, ingeniero.

—Detective. —Fue todo lo que se limitó a decir, acompañado de una leve inclinación de la cabeza. El tiempo lo había vuelto un hombre impaciente, duro, e incluso, muchos dirían que apático—¿Qué noticias me tiene?... Y por su bien, espero que sean buenas.

Con un gesto de la mano, invitó al recién llegado a sentarse mientras que él hacía lo mismo del otro lado de la mesa de diseño moderno.

Ante el tono duro y autoritario, el detective, pese ser un hombre mayor, tragó en seco. Por experiencia sabía que el señor Russell, a pesar sus veintiocho, podía llegar a ser un hombre implacable.

—¡Lo hemos logrado, ingeniero!

—Pero... ¿Está seguro? —preguntó, poniéndose de pie bruscamente.

—Sí, sí... Bueno... —El hombre dudo ante la cara de felicidad que había puesto el joven empresario. Sabía que sus horas trabajando con el ingeniero, pendían de un hilo, sino le daba la respuesta que él tanto esperaba—... todavía tengo que verificar algunas cosas, pero estoy casi seguro.

Le tendió una carpeta y Russell, sin perder el tiempo, la tomó y se apresuró a revisarla.

Sus ojos no daban crédito a la información que allí ponían. Su pecho subía y bajaba de manera exorbitante al tiempo que una sensación de calidez llamada esperanza, cubría su pecho.

A lo mejor todavía no era cien por ciento seguro, pero era lo más cerca que estaba en cinco años de búsqueda y pensaba aferrarse a esa posibilidad por muy efímera que fuera.

Capítulo 1

Maywood, junio 2017

—¡Hey! —gritó, ella atónita, antes de recuperarse de la impresión y echarse a correr.

¿Qué estaba pasando?

Se suponía que aquellas cosas nunca pasaban en aquel pueblo.

Era un sitio tranquilo. Donde ser multado era lo peor que podría llegar a pasarte.

Por suerte, en la mañana había decido ponerse sus zapatillas azul marino preferidas acompañada de un short rojo y una camiseta cuello redondo blanca. No se imaginaba lanzarse en plena persecución con zapatos de aguja como le había aconsejado su compañera de piso.

—¡Alto! —continuaba voceando, ignorando las extrañas miradas de las personas alrededor de la calle.

«Genial, como si ser la "rarita" del pueblo no fuera suficiente. Ahora todos pensaran que me he vuelto loca», pensó.

Los habitantes del pueblo de por sí ya la miraban con evidente curiosidad. Algunos de ellos lo hacían hasta con desconfianza, pensaban que ella no pertenecía allí. Habían llegado tan lejos como a llamarla "intrusa". Otros, a la hora de dirigirse a ella, no escondían la pena que le tenían.

Para ella había sido duro encajar. A Mia, le tomó dos largos años en ser totalmente aceptada, pero con paciencia y mucho esfuerzo y por "esfuerzo" se refería en tratar de aparentar ser lo más normal posible —cuando en realidad estaba lejos de sentirse así—. Pero, era necesario para ser una más del montón.

Sentía que sus pulmones empezaban a arder mientras su atención se centraba en la espalda del extraño individuo que le acababa de robar el bolso.

—!Mierda! Mi cámara —se lamentó, al recordar que su bien más preciado, el cual le había tomado meses reunir el dinero necesario para comprarlo, estaba dentro del bolso—. ¡Deténganlo! —Volvió a gritar casi sin fuerza.

Su cuerpo protestaba, le faltaba la respiración y al final de la primera cuadra, se detuvo.

Doblada con las manos afincadas sobre las rodillas, trataba de que el aire regresara a sus pulmones.

De repente, un hombre, alto, sentado en la terraza de un café, al escuchar los gritos desesperados de la muchacha, sin previo aviso, salió disparado detrás del ladrón.

—Creo que esto le pertenece —dijo, el hombre con la piel tostada, balanceando la cartera negra en frente al rostro agobiado de ella.



Indhira

Editado: 08.09.2019

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