Tombstone: la maldición de los apaches zombies

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Capítulo 1

—¡Cantinero! —. Golpeó por tercera vez  la barra—. ¿Está usted ciego?

—Querrá decir sordo —contestó al fin.

—¿Es que no ve que le estoy llamando?

El hombre, ataviado con un raído delantal, levantó la vista y encaró la mirada del forastero. Era un tipo bajito; zurdo por la disposición del revólver a la cintura, concluyó. Se puso de puntillas y asomó unos centímetros por encima de la barra para sopesar sus pies, mientras no dejaba de abrillantar un objeto. Toni El largo era de los que opinaban que se podían saber muchas cosas por el tamaño y calzado de un hombre. Ensanchó los labios mostrando una dentadura en su mayoría sana, a pesar de que le faltaban los premolares. Chascó la lengua al sopesar las botas, y contó hasta trece. Cuando abrió el local le bastaba con llegar al tres para contener una respuesta que no terminase en un duelo a pleno sol, en la polvorienta Lonsdale avenue. En los ocho últimos años su mano había sido más rápida que la del resto, salvo en una ocasión, en la que recibió un disparo en el hombro y se desmayó de dolor, salvando la vida al creer su contrincante que estaba muerto.

—Tiene razón. No le he visto. Sin embargo sí que le he escuchado.

—¿Quiere dejar de sacarle brillo a sus vasos y contestarme a la pregunta que he hecho?

El resto del local contuvo el aliento. Los jugadores de naipes devolvieron sus manos a la mesa. Una mujer sentada a la barra, a poca distancia del hombre que se había mostrado tan impertinente, se alejó de la escena empujando hacia atrás el taburete.  El pianolista detuvo sus dedos y la bailarina bloqueó de inmediato el insinuante movimiento de su cadera. Cualquiera en Tombstone sabía que El largo, a pesar de ser todo lo buena persona que un camarero solitario podía permitirse en el salvaje oeste, tenía sus momentos de peligrosidad.

—No son vasos, amigo —dijo tras otro instante de silencio.

—¿Entonces qué diablos esconde ahí? —preguntó al impedirle la barra contemplar el objeto en el que se afanaba.

Toni inclinó la cabeza y observó el resultado de su trabajo. Las partes de madera lucían gracias a la cera de abeja. Las metálicas por el chorro de whisky con el que había impregnado el trapo. Los cartuchos porque la muerte estaba intrínseca en ellos. Movió una pestaña que produjo un clic metálico y apoyó el doble cañón del rifle sobre la barra. Los agujeros oscuros apuntaron al forastero que dio un respingo al comprobar el calibre de un cañón que, indudablemente,  era apropiado para las cacerías de bisontes. Un solo disparo de esa monstruosidad podía desplazarle tres metros y dejarle un agujero en el pecho difícil de disimular, incluso para un enterrador consumado.

—¡Eh, amigo! —. Tragó saliva e intentó apelar al buen juicio —. Ha dicho que somos amigos, ¿no es cierto? Seguro que alguien más lo ha escuchado —. Miró en derredor y buscó la confirmación del resto de los presentes que observaban la escena con curiosidad. Ninguno abrió la boca.

—Este Winchester me costó ochenta dólares; el doble que cualquier otro rifle americano con el que acabar con una jauría de coyotes. Tiene su historia, ¿sabe? Al igual que cada viejo tablón de madera que pisa con unas botas que no se ha molestado en limpiar al entrar.

El forastero bajó la mirada a su calzado y contempló la suciedad sobresaliendo a ambos lados bajo la suela.

—Solo es un poco de barro. Anoche llovió y el camino está encharcado —intentó disculparse sin apartar la mirada del amenazante ancho del cañón.

—Y heces de caballo —añadió El largo—. En Tombstone no nos gusta que nadie venga a meternos la mierda en casa. ¿Me entiende?

La única respuesta que recibió fue una mancha de sudor formándose bajo el ala de su sombrero.

—¿Cuál era su pregunta? —siguió El largo.

El forastero se quitó el sombrero y se pasó la manga de la chaqueta por el pelo calado. En vez de devolverlo a su cabeza, lo sujetó con ambas manos contra el pecho, como si aquella prenda de cuero pudiese protegerle de la trayectoria de un disparo. Una risotada se escuchó desde la profundidad del saloon, que se interrumpió de inmediato al desviar El largo el cañón del rifle en su dirección.

—No haga caso de las mofas. Intentamos enseñar buena educación a nuestros hijos, pero siempre hay ovejas descarriadas. ¿Y bien? ¿Va a repetirme su pregunta? —Apoyó de nuevo el cañón sobre la barra, devolviendo con estudiada lentitud, los orificios de salida a su anterior posición.

—Solo preguntaba el motivo por el que el local tiene un nombre tan extraño —su voz sonó esta vez como el hilillo de un niño acatarrado.

—¿Las cinco? ¿Dice usted que Las cinco le parece un nombre extraño para mi negocio?

—Inusual —se apresuró a corregir.  

—Ya. Salga ahí fuera —le ordenó.

—¿Cómo dice? —se asustó al creer que le retaban a un duelo.



Sebastián E. Luna

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En el texto hay: vaqueros, indios, zombies

Editado: 04.03.2018

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