1. Drama, Amor y Lágrimas

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¡BOOM!

Jonathan

Llegamos a casa a eso de las 7 y media de la noche, tomamos un bocadillo y nos despedimos de Pipe.

—Hasta pronto preciosa —se despidió de Emily con un beso en la mejilla, uno muy largo a mi parecer— ¡llámame!

—Claro que no lo haré —respondió Emily entre risas.

—Me la cuidas cuñadito —susurró y me guiño un ojo.

—No lo eres —le respondí irritado.

—Aún… —y se marchó riéndose.

Preferí no pensar en eso para poder dormir tranquilo, sabía que si insistía en el tema me daría un soponcio y trasnocharía por nada. Y debido a que mañana tenía clases, teníamos que dormir temprano… pero primero, a revisar si de verdad había algo pendiente, definitivamente eso tampoco me dejaría dormir.

10 minutos después ya estaba en total calma, repasar los deberes y darme cuenta qué ese dichoso ensayo es para la próxima semana, me distrajo de pensamientos extraños y asesinos. Me duche, puse mi pijama y me acomodé en mi cama esperando que el dulce rocío del sueño cerrara mis parpados, y mi mente se sumergiera a lo profundo de mi subconsciente, donde me esperaban los primeros maravillosos recuerdos del inicio de una bella historia familiar.

El suave arrullo de la oscuridad me envolvió, recreando imágenes en mi mente totalmente diferentes a las que esperaba. Nos encontrábamos nuevamente en la cabaña, a la orilla de la playa, acostados en una manta suave como el roce de su piel desnuda con la mía, tan suave como la seda más fina que se pueda fabricar. El corazón me latía a mil por hora, estaba seguro y totalmente consciente de que esto no era real, pero aun así lo sentía a flor de piel.

Había pasado algo maravilloso, pero que en el fondo sabía perfectamente que era incorrecto. Me acomode sobre mi costado para verla mejor, la luz del atardecer le favorecía, haciendo que su piel trigueña resplandeciera como el mismo sol, sus labios carnosos, sus mejillas sonrosadas, el subir y bajar de su pecho firme. La sola señal de que respiraba me hacía sonreír.

Acaricié suavemente su mejilla y abrió lentamente los ojos. Brillaban a la luz del sol que se ocultaba, pero me di cuenta de que solo era el reflejo de unas lágrimas asomándose. Sabia la gravedad de lo ocurrido, y aunque no dijo nada, su mirada me reveló todo. El miedo se apodero de mi pecho, una sensación asfixiante que me aprisionaba, no me dejaba respirar. La oscuridad formó un torbellino de sensaciones y temores a mi alrededor empujándome fuera del sueño…

—Emily… —susurré casi sin aliento abriendo los ojos abruptamente.

Desperté desubicado, mareado y con el corazón acelerado. Miré el reloj, apenas eran las 4 de la mañana, dentro de una hora sonaría la alarma, pero el sueño había sido muy perturbador como para arriesgarse a volver. Decidí levantarme y preparar una taza de café, ¿qué más da? Era lo único que podía hacer para tranquilizarme.

Regresé a la oscuridad de mi habitación con una taza humeante de café negro, en estos momentos necesitaba algo lo suficientemente fuerte que me mantuviese despierto el resto del día. Trate de serenarme, relaje los hombros y me acomodé. Encendí la lámpara de mi mesa de noche y agarre mi libro, tal vez leer un poco de ayude a bajar la tensión.

Mientras la pobre Lizeth trataba de descubrir al misterioso personaje que aterrorizaba su pueblo, también tenía que lidiar con los sentimientos encontrados que le producía dormir al lado de su mejor amigo, a quien hace ya varios años había dejado de ver como tal: se había enamorado perdidamente de Dennier.

“Por lo menos tú si resuelves tus problemas, o eso se espera del final de un libro” pensé. Mientras me sumergía entre las páginas de mi lectura, “This is gospel” de “Panic at the disco” me advirtió que ya era hora de iniciar mis labores del día. Entre al baño a tomar una ducha, vestirme y alistar mi bolso. Me tarde exactamente una hora, para el estrato y la universidad a la que voy, la presentación es muy importante por eso me tomo mi tiempo. Salí de mi habitación listo para partir, no sin antes desayunar.

Al entrar al comedor Emily conversaba con Albert, al parecer explicándole o más bien quejándose de su horario de clases. Le entrego una copia de este y ambos se fijaron en mi llegada. Me acerque a saludarla con un beso en la frente.

—Buenos días hermanita.

—Buenos días hermano mayor—respondió con su característico tono burlón.

— ¿Y mamá? —pregunté al darme cuenta de que no estaba.



M.L. Bradley

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En el texto hay: comedia, drama, primer amor

Editado: 06.10.2019

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