1. Drama, Amor y Lágrimas

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A la espera de lo inevitable

Emily

Estaba en una habitación grande, me atrevo a decir que el doble del tamaño de mi cuarto. Pero de color blanco, todo blanco: las paredes, las cortinas, las sabanas de la cama, los muebles, todo. Me sentía extraña, incluso algo mareada. Permanecí acostada con los ojos cerrados en la enorme cama de satén, cubierta por una colcha gruesa y pesada, con un montón de almohadas esponjosas a mi alrededor.

Escuché la puerta abrirse, pero seguí con los ojos cerrados. Alguien se sienta a mi lado y acaricia mi mejilla, de una forma tan tierna que me obliga a abrir los ojos. No podía creer a quien veía: Jonathan. Intente hablar, pero él se adelantó colocando su dedo índice en mi boca.

—No te preocupes, acá estarás a salvo, yo siempre estaré para ti.

—Pe.… pero… —titubeé, solo pude gesticular esa sola palabra entrecortadamente.

—Calma, todo estará bien —sonrió y sus ojos brillaron igual que su sonrisa, cálida como el amanecer. Me hacía sentir segura.

— ¿Cuándo llegué? —la pregunta salió de mi boca aparatosamente, pero sin que la pensara antes.

Aunque si me resultaba extraño, no recordaba siquiera haber empacado aún.

—Emily cariño, despierta —vi que movió los labios, pero esa no era su voz, era la de mi mamá— despierta que se hace tarde.

— ¿Qué? —farfullé despertando.

—Que te levantes dormilona, el desayuno ya está, se te va a enfriar —mamá estaba sentada a mi lado en la cama, acariciando mi mejilla.

Tal parece que todo fue un sueño, aún estaba en mi pequeño y modesto cuarto en casa de mi mamá, la que siempre quise y conocí como mi madre. Y siempre lo seguirá siendo.

Me levante y quede sentada en mi cama, un poco desubicada y confundida por ese sueño. Me frote los ojos y me estire. Mamá salió de la habitación para ir a la cocina y servir el desayuno. Refresque mi cabeza y me quite de encima esa sensación extraña con la que desperté, con una buena ducha mañanera.

Terminé de cambiarme y me dirigí al comedor con el resto de mi familia, para mi último desayuno como una Mendoza, a partir de mañana seré una Montiel. “¿Tendré que cambiarme el apellido? ¡Eso sí que no!” pensé.

Desayunamos en silencio, al terminar y como todos los días ayude a mamá con algo de aseo. Papá se fue a trabajar después de desayunar, es supervisor de seguridad en un Hospital, regresa a eso de las 5:30. Andrés tiene practica los domingos de baloncesto, logro ingresar a un equipo local, regresaría a eso de las 5 de la tarde.

Así que mamá y yo estábamos solas. Después de terminar con el aseo que me correspondía, vi que ya era casi medio día. Habían pasado 3 horas desde que me desperté, pero me parecía que solo había transcurrido una sola hora. A mi parecer el tiempo estaba pasando más rápido de lo normal, solo quería retrasar un poco lo inevitable. Según lo acordado con la señora Montiel, su chofer iría a recogerme a las 6 de la tarde para poder despedirme de todos.

No era mucho por hacer, solo empacar mi ropa y ya. Es más, pensaba dejar algunas cosas por si se presentaba algún problema viviendo allá y quisiera salir corriendo para venir a casa. Solo por precaución. Empecé a cocinar: pollo en salsa, arroz y ensalada verde. Hora y media después mamá y yo estábamos almorzando.

Días como estos son los que más voy a extrañar, porque conversábamos como dos adultas y como madre e hija a la vez, nos teníamos bastante confianza por lo tanto sabía todo lo que me pasaba. Como esa vez en primaria que me gustaba un chico pero que nunca me atreví a decirle nada, un año después él se me declaró, pero me di cuenta que no era tan profundo lo que sentí por él, lo rechacé.

Con eso mamá me enseño algo: “gustar y amar no es lo mismo, el primero es solo un sentimiento de atracción y muchas veces solo admiración, pero el segundo es algo tan grande como uno mismo, tan puro y tan fuerte que puede soportar muchos golpes de la vida.” Iba a extrañar todo.

Durante el almuerzo hablamos de cosas normales, como la universidad, cosas pendientes, mis amigas, su trabajo en la guardería y me conto varias anécdotas con los niños. Siempre era divertido hablar con ella, me daba muy buenos concejos. Esta vez fue ella quien lavo la loza, solo lo que habíamos ensuciado, mientras yo me volví a bañar porque ya eran casi las 3 de la tarde. Cuando estuve cambiada, mamá entro a mi cuarto.

—Bien —suspiro con tristeza— empecemos a empacar.



M.L. Bradley

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En el texto hay: comedia, drama, primer amor

Editado: 06.10.2019

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