1.5 ¿quién eres en realidad?

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I'M BLOODMAN

NOTA: esta historia es un relato escrito por Alex Cooper, como parte de una actividad asignada en clases por la maestra Evelyn. Pueden ubicar la escena en el capítulo 4 del libro ¿Quién @&#% eres?

 

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Hace muchos años, un pequeño e inocente niño lleno de ilusiones y fantasías, recorría las calles que rodeaban su hogar junto a una dulce niña rubia de ojos azules, su mejor amiga. Alan y Susana eran felices, corriendo y jugueteando sin saber los verdaderos problemas que los rodeaban, alejados de todo aquello que perturbaría sus angelicales mentes.

Sin embargo, al crecer solo un par de años, se enfrentaron a la dura realidad. Se vieron sumidos en un mundo oscuro y lleno de sangre, donde sus mentes dejaron de ser inocentes para dar paso a la duda, la desconfianza y una cantidad abrumadora de conceptos que, para su corta edad, eran demasiado negro y perturbador.

Con el paso de los años, aquellos niños fueron adquiriendo destrezas sorprendentes. Se hicieron expertos en el combate, diestros en el manejo de armas, inteligentes y sumamente agiles. Por separado, Alan ahora era el más brillante estratega de su generación, detallaba y desarrollaba las más increíbles estrategias militares. Y Susana, la más hábil en el arte del engaño y la distracción, era capaz de detectar detalles minuciosos que muchos omitían o no veían. Juntos, eran un equipo invaluable. Pero eran infelices.

Extrañaban aquellos días en que, podían correr libres como el viento, sin preocupaciones, ni mucho menos viendo a las demás personas como posibles y engañosos objetivos, personas enmascaradas fingiendo ser alguien cuando a escondidas son otras. Alan sabía perfectamente las razones por la cuales, su mejor amiga Susana, había aceptado dejar atrás su niñez tan temprano. Su madre había enfermado, y sin tener a más nadie que recurrir, recibió la ayuda de su padre para quien trabajaría a partir de ese momento.

Pero había algo que le atormentaba: Susana estaba demasiado entregada a su trabajo, era como si disfrutara haciendo las tareas y misiones que les asignaban, le atraía el hecho de derramar sangre inocente, castigar de maneras aterradoras a quienes le indicaban. Temía por ella, por su mente, por el recuerda de quien era antes de todo esto. Por su parte, Alan detestaba su oficio, e incluso no lograba definirlo como trabajo.

Vivía atormentado por todas las cosas que se veía obligado a hacer, las vidas que perecieron bajo sus manos, las personas que se vieron afectadas por sus misiones, especialmente las que él sabía eran completamente inocentes. Esas, eran las que más pesaban en su conciencia. Noche tras noche, soñaba con sus rostros, sus lágrimas suplicantes, sus palabras de auxilio, pero nada hubiese podido hacer. Si no era él, cualquiera de sus otros compañeros lo habría hecho, de las peores e indignas maneras posibles.

Había llegado a esa edad en la que, sin ninguna forma de evitarlo, le eran llamativas las niñas de su misma edad. La adolescencia le cayó como un rayo cegador, nublando su raciocinio. Se juró a sí mismo no enamorarse, eso solo traería problemas no solo para él, sino para aquella que robara su corazón, y lo que menos quiera era poner más personas en peligro.

Y al igual que él, la pequeña Susanita también pasó por esos cambios hormonales. Su cuerpo se desarrolló creciendo en ciertas zonas, sus caderas se ensancharon, aparecieron curvas que antes no tenía. Ya era toda una mujer, hermosa e inteligente. Pero para ella no existía más nadie en el mundo, más que Alan. Se había enamorado perdidamente de él, pero para su desgracia, solo la veía como la dulce niña rubia que lo acompaño en sus mejores años de infancia.

Y con estos cambios, también se sentía harto, deprimido y furioso. Los obligaban a cambiarse de escuela cada cierto tiempo, con la excusa de estar más cerca de su “trabajo”. Pero en ese último cambio, algo diferente pasó. Entraban por el portón principal de la escuela, unas enormes puertas metálicas color marrón, junto a sus compañeros asignados a la nueva misión. Pero por cosas de la vida, desvió la mirada a la parte alta de las gradas a un costado de las canchas a su izquierda.

El tiempo se hizo más lento, su mirada se quedó fija, una chica de rojos rizos, piel blanca salpicada con diminutas pecas, labios rojos y carnosos, mejillas sonrosadas y una mirada dulce de ojos grises brillantes. Al llegar a su salón de clases, dio gracias al destino por estar en el mismo que aquella linda chica, qué, además y para su fortuna, era la única sin compañero.

Aquí empezó el mayor de sus dilemas. Se acercó inevitablemente a la chica, Samanta Wilson, entablando una amistad bastante cercana. Se ayudaban mutuamente en sus estudios, se apoyaban y alentaban con sus problemas personales y demás. ¿El problema? Su juramento se estaba haciendo añicos con cada día que estaba con ella. Su sonrisa lo cautivaba, su ternura e inocencia le aceleraban el corazón, su personalidad lo tenía embrujado. Era divertida, inteligente, fuerte y decidida, rebosaba de seguridad y confianza, pero vivía con un dolor en su corazón que, deseaba él mismo poder curar.



M.L. Bradley

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En el texto hay: misterio, humor, romance

Editado: 01.10.2019

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