2. ¡escapa!

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Capítulo 1

 

 

El viento del este se lograba sentir a kilómetros la sensación era una única ante lo que se podría sentir en ese momento, no muchas personas lograban sentir algo más que frío corriendo por sus cuerpos. Todo eso era una idea que sus mentes lograban crear con el pesar de sus misterios, esos misterios ocultos en cada uno de nosotros. Es algo que no se puede negar, todos ocultamos, es una necesidad humana y está confirmado científicamente por especialistas en la situación.
Era temprano mucho más que otras veces en las noches de invierno cuando aquel sonido agudo y miserable se hacía presente en los oídos de aquellas personas dormidas, de aquellas personas que se encontraban creando un nuevo mundo donde realmente real ellos. El frío consumía todo lo que tocaba alrededor, o al menos eso haría si podría ser un sujeto o algo táctil, pero no lo era. El frío solo era una sensación, una sensación mental de cada persona en el mundo entero, y no una sensación de las más placenteras que a los humanos les tocaba vivir en una época como esta. Los colores eran fríos tanto o peor que el de un cuerpo sin vida, o peor aún, un cuerpo con vida, pero sin un solo rasgo de sentimientos. Tan apagados, distantes y sin embargo conviven en armonía con los colores cálidos y delicados de la mismísima vida. Aquellas personas frías conviven en armonía con los seres vivos que no poseen ni una simple pizca de sentimientos o humildad.
La escarcha de la ventana producía un extraño sonido, ¿Era la escarcha el qué producía aquel extraño sonido? El viento lograba oírse como gritos de dolor de varios niños en pena, era realmente algo que nadie deseaba oír a esas horas de la noche, aquel sonido no era para nada lindo, y mucho menos al lograr imaginar lo que estarían haciéndoles a esas pobres almas en pena si fuera algo real.
Ninguna de las personas que se encontraba soñando en sus cómodas camas pudo imaginar que el viento los haría despertar de sus maravillosos sueños, aunque no sucedió nada de eso y todos continuaron en aquel sueño lleno de colores cálidos y vivos. Ellos eran personas vivas y con sentimientos, no querían aceptar que así era, pero de todos modos muchas de las personas del vecindario tenían bastante claro que así era. Ellos no necesitaban aceptar nada, ellos vivían con aquella realidad tatuada en lo más certero de su alma.
Todos se encontraban completamente dormidos en aquella casa. Casa grande y pintoresca, no muchas de las casas del vecindario poseían esos colores vivaces, era una casa de familia numerosa y prestigiosa. Cada uno de los habitantes de aquella casa convivían en armonía, pero eso no quiere decir que no tenían sus secretos y cosas importantes que ocultar a la sociedad.
Nadie emitía sonido alguno.
Todo lo que habían platicado antes se quedó en pausa, ahora, al dormir las cosas eran mejor. Todos se encontraban en un mundo diferente y siendo lo que querían, no había interrupción en el mundo de los sueños. En ese mundo no hay regla alguna, todos podemos ser lo que deseamos con el corazón, ese mundo es el que nos da muchas más ganas de seguir viviendo en el mundo que nos toca al despertar de aquella maravilla que Dios nos brindó. En el mundo de los sueños muchos de nosotros llegamos a ser Dios, a muchos nos toca una decisión complicada de tomar, pero aún así decidimos despertar y ocultarnos en el mundo real.
Un fuerte ruido se oyó en la planta baja de la casa de los Douglas.
Un estruendo que despertó a la mitad de aquella población que se encontraban en sus camas, en su mundo.
El hombre de la casa oyó el sonido y abrió inmediatamente sus ojos. No tardó demasiado en darse cuenta que ese ruido provenía de la planta baja de su propio hogar, un hogar que le costó demasiado conseguir y hacer suyo.
No le importó en lo absoluto poseer pijama, aquello no le iba a impedir la movilización de su cuerpo. Aquella vestimenta sería impropia para un momento como ese, pero nunca se está preparado para una cosa como esa. Una persona jamás se está preparada para dar su vida por otra, pero cuando ves a tu familia en peligro. En ese momento, justo ahí es cuando aparece una pizca de valor que corre por tus venas; es algo que logras sentir por todo tu cuerpo, una sensación de miedo, pero no tienes miedo por ti o lo que te este por suceder, tienes miedo por lo que le pasará a tus seres queridos. El solo hecho de pensar que no puedes hacer nada al respecto te hace pensar que lograrás encontrar una verdadera solución para lo que se vendrá. Después de todo… hay un gota de agua al final del desierto.
Lo primero que pasó por su mente fue que se trataba de un robo, por ese motivo, tomó su arma de debajo de la cama y se puso de pie con rapidez en su accionar, en un dos por tres ya se encontraba bajando las grandes escaleras de madera que emitían un pequeño sonido al pisarlas de tal manera y nerviosismo que emitía el cuerpo de aquel hombre al pisar. Su ceño se frunció inmediatamente al ver a su hijo mayor llegar en condiciones no favorables para su salud.

Al llegar a la habitación se dio cuenta que nada estaba decorado como ella lo haría. Visualizó completamente la habitación, como si sus ojos tuvieran unos rayos escaneadores.
Dejó el diario sobre la cama.
Se alejó unos centímetros para lograr obtener una perspectiva más amplia de su habitación.
Las paredes tenían un color que no se lograba distinguir, era cálido, pero sucio y aquello volvió el color a un tono frío y nuevo. Sobre aquellas paredes habían fotos, fotos familiares, de santos y demás. Muchos de aquellos no se lograban distinguir con precisión, gracias al polvo que ocultaba un pasado en cada una de esas imágenes.
¿Por qué tenía esas cosas en su habitación?
Su ceño se encontraba completamente fruncido.
Caminó hacia una de las fotos y se percató que un rayo solar impregnaba en el vidrio de uno de los portarretratos y ese mismo rayo pegó en un solo segundo al suelo, pero notó que se detuvo instantáneamente o mejor dicho casi se desvaneció debajo de las maderas del suelo.
Le pareció muy interesante a la joven.
Se agachó para observar con detenimiento.
Logró distinguir que había algo allí abajo.
La puerta de la habitación se abrió.
Emily se puso de pie inmediatamente y se limpió un poco para ver quien se encontraba en su habitación.
Era su hermano.
— ¿Qué haces ahí? —Preguntó él observándola fijamente.
—Nada. Estaba acomodando un poco la habitación ¿Por qué? —Respondió ella con una pequeña sonrisa ladina sobre sus labios.
—Muy bien. Dijo mamá que te prepares, tenemos que ir a la casa de los González.
— ¿No me puedo quedar? No quiero ir, mamá sabe que no estoy segura de ser la amiga de esas personas. No me gustan. —Dijo ella esperando que su hermano comprenda que no deseaba salir de su casa el día de hoy.
—Mamá, no dejará que te quedes.
Emily se encogió de hombros y luego negó con la cabeza tomando asiento sobre su cama, no dejó de observar a su hermano en ningún momento del proceso y se percató que los ojos del joven estaban algo rojos.
— ¿Estás bien? —Preguntó Emily.
Katashi asintió.
— ¿Eso significa que si?
—Sí.
Katashi salió por la puerta, la cerró con lentitud y se dirigió hacia su habitación.
Emily Douglas se quedó sentada cómodamente sobre su cama.
Sus ojos se posaron sobre el diario que su hermano le regaló.
Se puso de pie y lo tomó, por suerte, la pluma estaba cerca.



Byther

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En el texto hay: juegos prohibidos, pantano, misterios y secretos

Editado: 02.12.2019

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