32 formas de amar

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Capítulo 1: La Pasión del Corazón

Primera carta.

Quizá, podría ser considerada como la primera forma de amar. De un conglomerado social al que pertenecemos, “¿Qué línea se considera la que más perdura para hallarle un nuevo sentido al amor?”

Las aves, el sonido del río, las flores abrazando mi delicado cuerpo. Siempre idealicé el amor como la naturaleza, porque te da alas y te da vida para seguir amando lo que conoces.

Desde la creación del hombre y la mujer, he anhelado alcanzar aquél punto rojo, aquél punto que me guiará por mi sendero. Desde el momento de la unión, he conservado el sentimiento de que todo lo que veo, lo que percibo, toco con mis delicadas manos; muy pronto se convertirá en granizo.

Porque ese es el destino que he tachado. Ningún ser humano tiene un futuro claro y conciso desde el momento de su nacimiento. Él lo va trazando a medida que sigue experimentando, sigue atravesando por momentos amargos, de desdicha y uno que otro de confortación. La vida es tan débil como un lazo rojo que nos une a cada uno de nosotros.

El solo hecho de contemplar la naturaleza y nuestro entorno como una forma del amor en su estado más puro, siempre pensé que era hermoso.

No me bastan las palabras para explicar cuántas cosas podríamos admirar de nuestra vida, porque a veces la vida también se desenvuelve en una entropía. Se asimila bastante un caos que se demanda en la sociedad, en un futuro donde quizá nuestro único recurso sea la procreación, donde necesitemos avanzar y por tal motivo la sociedad requiere de los sentimientos. Si, lo sé, suena un poco egoísta si lo definimos de tal forma. Sin embargo, “¿Qué se podría esperar de un pragmático como yo?”

Una vez alguien me dijo que los seres humanos nacíamos como máquinas de batalla, maquinas incesantes que podrían ser capaces de luchar contra todo obstáculo porque esa era su forma de amar. “Yo tengo pasión…por lo que anhelo. Yo tengo pasión por perseguir ese sueño, y al mismo tiempo creo que… el amor puede entenderse en su estado más puro: la naturaleza”.

—¿Estás cansada?—Preguntó Diana con una voz ronca, mirándome fijamente.

Negué con la cabeza. Esa respuesta fue más que suficiente para seguir practicando.

Hay algo que no mencioné sobre mi forma de amar. Desde que era una niña, mi mayor sueño siempre había sido ser una gran deportista, el poder obtener una medalla y sonreír en lo alto para creer que esa visión, no se está quedando solo en mi cabeza o en mis sueños. El amor… también se trata de sacrificios.

—Oye, Diana… ¿Tienes algún sueño?—Le pregunté de una forma suave, casi que discreta al mismo tiempo que recogía mis piernas para así rodearlas entre mis brazos. Agaché la cabeza, cerré los ojos y por un instante creí haber soñado.—Todos tenemos alguna aspiración en la vida, por eso crecemos con talentos.

Diana y yo siempre habíamos sido mejores amigas, desde la primaria hasta ahora que ambas cursábamos décimo grado de secundaria. Ella era casi como mi entrenadora. Llevaba un cabello largo lacio color castaño, tenía los ojos de un color ámbar y siempre permanecía con esa actitud positiva característica.

Entonces, en ese momento me pregunté, “¿y si existe ese amor por algo que aún no hemos idealizado?”. Sé que en un principio mencioné algo sobre que el ser humano trazaba sus metas a medida que iba creciendo, pero también existe otro tipo de gente: aquellos que, aún sin pensar mucho en el futuro o profesiones, están acá, felices de la vida y con una sonrisa dibujada en sus rostros; pensando solo en el presente. “¿Te da miedo pensar en el futuro, eh?”.

—El dilema es, que no puedo trazarme ningún sueño hasta no resolver cosas del presente. ¿No crees?—Indagó mientras podría observar cómo recogía sus libros y los metía de nuevo en su morral. Se tanteó por unos breves segundos, recorriendo todo el gimnasio, y se dirigió de nuevo a mí.—Porque si sueño desde ahora… no obtendré nada en ese futuro.—Esas fueron palabras suficientes para quebrarme, ella supo lo que hizo. Por eso agarró de mi hombro.

Había quedado de nuevo sola, en ese gimnasio, sin nadie con quién conversar más que conmigo misma y mis propios pensamientos. Toda mi vida había creído que el éxito lo consigues desde el momento en que te desarrollas con tus habilidades y aptitudes. No importaba cuántas caídas sufriera, cuántos golpes me propinaran a mí misma. Mi forma de amar se basa en la lucha y el sacrificio.

“Yo no le tengo miedo al futuro. Porque sé que si sigo como voy, me convertiré en alguien importante. Yo hago mi propio destino, nadie más. Yo hago mis propias leyes, nadie más. Sé cuándo estoy equivocada y cuándo en lo cierto. No me quedaré observando tan desagradable panorama”.

—¿Y cómo te fue en las prácticas?—Preguntó mi madre de una forma rebosante durante la hora del almuerzo.



Daniela Monje

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En el texto hay: filosofia, relatos cortos, relato de amor

Editado: 26.10.2018

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