365 Días

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7. Rota



 

— ¿Estás bien? —le pregunté por quinta vez seguida.

—Sí Harry, estoy bien. Ya deja de preocuparte —golpeó mi hombro con suavidad y se dejó caer al lado de Erik...sería un largo vuelo, literalmente. La Valerie que llevaba conmigo a Londres no era la misma que había llegado la temporada pasada. Con el pasar de las semanas las cajetillas de cigarrillo aumentaban, los dibujos se volvían más borrosos y sus sonrisas eran cada vez más pequeñas; no era Val...no era mi Val. Por raro que parezca su nueva actitud no afectó en nada sus calificaciones, pero si su vida social, los viernes de juerga pasaron a ser viernes de “enciérrate en casa” y estar a su lado te mataba sin disparo. Todos esperábamos que al dejarla sola ocurriera lo peor.

 

La tercera noche, cuatro semanas después de haber regresado pasé la noche en el sofá de Erik y la zombie alguna vez conocida como Valerie, había olvidado mis llaves en casa los tragos se excedieron hasta más de las tres de la mañana y con una abuela en entrenamiento y una madre primeriza cambiando pañales regresar pasada la medianoche no estaba a discusión. Alrededor de las cuatro de la mañana sentí pasos. Desperté y la puerta que daba a la terraza estaba abierta Tomé el bate que Erik siempre dejaba al lado de la puerta donde descansan los paraguas, pero cuando salí era Valerie quien estaba echada en el suelo con la barbilla sobre las rodillas abrazando sus piernas y cubierta con una frazada. Pequeños sollozos salían desde su garganta, tan bajos para no despertar a nadie y tan alto como para escucharlos a corta distancia. No me atreví a decir nada pues no eran palabras lo que ella necesitaba ¿quién demonios necesita palabras en momentos así? podría decir algo lindo para hacerle saber que estaba a su lado, pero ya aprendí que con Valerie sobran las palabras; sin embargo, me senté a su lado, pedí un lugar bajo la frazada y la envolví en mis brazos.

 

No sabría decir si la única razón por la que aceptó fue la ausencia de fuerzas para discutir conmigo o en serio necesitaba de ese abrazo, mucho menos me interesaba averiguarlo. Hasta entonces primavera —o el intento de primavera— había sido un total e irremediable asco.

 

En cada receso podías verla bajo los brazos de alguno de los chicos luego de aparentar estar bien durante toda la mañana, cuando no estaba Erik tomaba a Louis, a falta de Louis la consolaba Nash y cuando él no estaba se acercaba a Peter y cuando ninguno de ellos estaba cerca lloraba en silencio a mi lado, al final ella pretendía que no había llorado y sin decirlo yo juraba guardar sus lágrimas en secreto.

 

— ¿Cómo vas, Cross? —la molesta voz de Josh irrumpió sin descaro en la invisible línea dibujada alrededor de mi asiento.

— ¿Qué quieres Nolacshon? —pregunté con cara de pocos amigos.

— ¿Por qué tan gruñón, rulos?

Era jueves, lo que significaba que debía aguantar cuatro horas seguidas de economía y de paso pensar cómo zafarme de la dichosa apuesta.

— ¿Josh, hay alguna forma de terminar con nuestra apuesta?

—Claro —exclamó y mi corazón respiró con ganas—, rindiéndote.

—Corrijo. ¿Hay alguna manera de salir de esta apuesta SIN parecer un cobarde?

Se diría que, con veintiún años y ciertas responsabilidades desde temprana edad sabría diferenciar entre lo que es estúpido y lo que no. Mientras daba vueltas en busca de una salida de emergencias quizás del más absurdo de los problemas entendí porque Emma decía que las niñas crecen primero que los niños.  

—Lo siento mi querido saltamontes, es tu orgullo o la linda Thompson. No lo puedes tener todo, Harry.

 

Antes de que pudiera decir algo más el señor Scossert entró al salón. Y mientras explicaba no sé qué cosas sobre la bolsa de valores una idea llegó a mi cabeza. Tenía dos opciones, volver a ser indiferente con Val, lo que no está a discusión, o simplemente tratar de ganármela, tal vez consiga que me acepte y algún día cuando estemos de luna de miel en Bora Bora le cuente todo el asunto de la apuesta pero seremos tan felices que me perdonará…si, estaba jodido.


 

El segundo cigarrillo que enciende desde que llegué, el panorama comenzaba no solo a preocuparme sino a cansarme. Era exhaustivo verla en tan decadente estado de brazos cruzados.

— ¿Podrías dejar ese maldito cigarrillo? —le pedí hastiado.



Angel Consoró

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En el texto hay: amor, harrystyles, emmawatson

Editado: 17.06.2019

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