365 Días

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18. Prométeme no más promesas

Sus ojos, sus labios, su risa, esa manera nada especial que tenía al caminar, las incoherencias que balbuceaba a las dos de la mañana cuando se nos acababa el té y renegaba ir a dormir. ¿Es posible siquiera estar así de enamorado? ¿Que ese era el talón de Aquiles de todo hombre? Porque de ser así ya había encontrado el mío y me asustaba perderla, me hubiera aterrado más de no saber lo mucho que ella también me amaba.

 

— ¿Qué no aprendiste nada sobre no hacer apuestas? —dijo. Una hermosa sonrisa abriéndose paso en su rostro y estrujándose los ojos para así alejar los restos de lágrimas.

—Aprendí qué tipo de apuestas no debo hacer —aferré las manos a su cadera sin dejarle otra opción que saltar del balcón de la terraza o darme la cara. La punta de mi nariz acariciaba deliberadamente su rostro y mis labios rogaban volver a besarla.

—No… —dijo apenas, bajo un pequeño gemido y posicionó las manos en mi pecho consiguiendo sin éxito separarnos si quiera por inexistentes centímetros—. Vine a casa con mi novio, no lo olvides.

—Me importa un reverendo pepino tu novio, no lo olvides.

 

Entonces, sin darme chance a reaccionar se zafó de mis brazos y me dejó ahí de pie anhelando lo que tuve y perdí. Cuatro días no parecían tanto, pero, cuando el futuro depende de esos cuatro días es mucho lo que se puede hacer. Dramático o no mi vida dependía de hacer que Valerie se quedara conmigo en Inglaterra porque no solo mi corazón la necesitaba, sino que también mi locura y cordura. Debía tenerla a toda costa, necesitaba tenerla de vuelta conmigo, en mi cama, bajo mis sabanas acurrucada a mi lado hablando de Marvel y Batman, de libros y películas, de cosas enormes y pequeñas…necesitaba a Valerie Thompson en todo el sentido de la palabra.

 

A la mañana siguiente desperté primero que los demás (muy raro para tratarse de mi) fui directo a la cocina y puse la cafetera al instante, eché una ojeada al termómetro en la pared y con suerte ascendió un grado en toda la noche.

—Maldito clima —farfullé en voz baja. Nunca me gustó el invierno, lo detestaba casi tanto como la lluvia. Cuando era pequeño solía encerrarme en mi habitación y sacar todas las cobijas de la casa en cuanto el invierno daba el primer atisbo, lo odiaba en sobre manera. Sin embargo, terminé flechado por una mujer que disfrutaba salir en invierno, comer helado cuando más fría estaba y sentarse bajo la lluvia. ¡Mierda, el amor apesta!

—Ricitos mojó la cama —canturreó Val. Las manos en los bolsillos, acurrucada en el abrigo del pijama y adorablemente despeinada. Sonreí, feliz.

—Dilo una vez más y tendrás que preparar tu propio café.

Se plantó a mi lado y dio una olfateada al rico aroma.

—No serías tan despiadado como para dejarme sin cafeína —frunció el entrecejo más sonrió de inmediato.

—No. Aunque un beso serviría mucho como soborno ocasional.

—Harry.

— ¿Qué? ¿Muy temprano para comenzar a acosarte?

Me encogí de hombros y le di la espalda en busca de un par de tazas.

— ¿Acaso hablabas en serio anoche? —inquirió.

Sé que no se percataba, pero la sonrisa en mis labios era terriblemente enorme y feliz. Claro que hablaba en serio, puede que me falle la razón, pero de que estaba dispuesto a secuestrarla e irme a los golpes de ser necesario con el francés mal nacido, definitivamente era verdad. Dejé las tazas sobre la mesa y giré de nuevo hacia ella.

—Oh, Valerie. Por supuesto que lo dije en serio.

— ¿Y que si no quiero?

Amaba cuando me daba esa mirada desafiante y llena de rebeldía. Acorté la distancia entre los dos. La atrapé en mis brazos antes de que siquiera pensara salir corriendo y la besé, apasionado, necesitado y por qué no, con todo el amor que tengo solo para ella y nadie más.

— ¿Quieres tu café con leche o fuerte?

Susurré sobre sus labios con una sonrisa victoriosa plasmada en el rostro. He tenido muchos caprichos y muy seguidos, pero ninguno resultó ser tan persistente como el jodido capricho de nombre y apellido “Valerie Marie Thompson”. Para medio día la nieve bloqueaba la entrada principal del edificio y no tuvimos más opción que sentarnos en la sala a comer las sobras del día anterior. Thimotée con suerte se despegaba del teléfono móvil ¿desde cuándo a Val le gustaban esa clase de hombres? De todos modos, resultaba a mi favor pues me permitía tontear con ella mientras su novio iba de un lado a otro.



Angel Consoró

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En el texto hay: amor, harrystyles, emmawatson

Editado: 17.06.2019

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