365 Días

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19. Ámame ¿puedes?

Un año, tuve casi un año para tener conmigo a la mujer que amo y hasta la fecha no había conseguido nada estable, ¿Cómo puede alguien negarse tanto? ¿Cómo podía Valerie resistirse a ser amada? ¿Tan rota la dejé? No, sin importar el daño que le hice (y vaya que fue notable) ella siempre fue así, lo era cuando llegó a Londres, cuando aún empezábamos a conversar, incluso cuando salíamos. Fue sin duda de mis mejores relaciones sin embargo no conseguimos hacerla durar y, aunque me sentí afortunado al ser de los pocos con los que, a su parecer, tuvo la más larga relación de su vida, y la culpa del por qué acabó era solo mía, estaba más que seguro que de alguna forma u otra ella se culpaba. Es lo que tendía hacer, mascullar, pensar una y otra vez, jurar que me odiaba y concluir en que también era su culpa incluso por el simple hecho de respirar.

 

Aún de pie a mitad de la cocina, contemplando el hoyo sin fondo que se había vuelto mi vida, el pitido del microondas me arrastró devuelta al presente. Desganado fui por la sopa. Solté una maldición al quemarme los dedos por no hacerme de un puto…algo para sacarla del microondas, iracundo lancé la cena a la basura y arrastré mi desdichada existencia a la habitación.

— ¡MALDITO FRANCÉS! —estrellé la lámpara contra la pared— ¡MALDITO JOSH!

Porta retratos, trofeos de la secundaria, los cajones de la cómoda…, mi habitación se transformó en un tornado y yo era el ojo solo que en lugar de estar en calma era la parte más tormentosa y estruendosa.

— ¡MALDITA VALERIE!  ¡MALDITO YO…!

Me dejé caer contra la pared. La cabeza entre las piernas y el llanto ahogándome por completo…, ahora yo también estaba roto.

—Harry —de pronto la puerta comenzó a retumbar y me di cuenta de que no noté cuando entraron a casa—. ¡Harry! —gritaron de nuevo. Erik.

— ¡Harry! ¿Está todo bien?

Debió de escuchar los estruendos desde el piso de abajo y ahora tumbaba la puerta a puños para averiguar si seguía con vida.

—Harry abre la puerta por favor.

Sequé las lágrimas con la manga de la camisa, me puse de pie y, cabizbajo le abrí.

—Hey… —traté de decir en un muy fallido intento de sonar normal. Al contrario de él que me observaba con los ojos en orbitas y la piel pálida.

— ¿Estás bien? —inquirió exaltado.

—Seguro —afirmé aun sabiendo que no me creyó. Miró por sobre encima de mi hombro. Alzó una ceja desconcertado en busca de una explicación. Rasqué mi nuca y sin siquiera esforzarme en una buena excusa dije:

— ¿No sentiste el temblor?

—Tenemos que hablar —sentenció.

 

Aprecio que los chicos estén siempre respaldándome; que me ayudaran a escapar de los castigos en la escuela; que fueran los hermanos que no tengo, pero, por esa vez quería estar solo. Quería morir tirado en la alfombra, ahogado por mi propia miseria. Sin embargo, no fue lo que conseguí. Y mientras los chicos buscaban qué hacer conmigo yo me conformaba con pretender estar muerto sobre el sofá. Mi conciencia se deleitaba proyectando imágenes de los meses que estuve junto a Val, como si no fuera suficiente me echaba en frente imágenes del fin de semana en la casa de campo que jamás llegamos a tener. Ella, mi vida giraba en torno a ella…

— ¡BASTA! —exploté. Las manos a ambos lados de la cabeza sobre las orejas. Miradas confundidas por parte de mis amigos…, mi mundo estaba distorsionado. Sudor empapaba mi frente por imposible que sonase a tan baja temperatura, la habitación iba de un lado a otro como si de un bote se tratara y mi cuerpo temblaba. No era la primera vez que sucedía tal cosa así que hice lo normal, cuando descubrí que no habitaba nada en la oscuridad capaz de dañarme—. ¿Quieren saber qué es lo que voy hacer? —les pregunté sin intención de aguardar por una respuesta—. Dejaré que Valerie sea feliz o que pase la vida amargada, si es lo que quiere pues es lo que le daré. Estoy harto.

 

Estoy cansado de venir a casa todas las noches a comer la misma comida congelada, de andar por ahí hecho mierda porque la pequeña Italoamericana me odia. Me cansé…me cansé, chicos. Sí, ya sé que todo esto es mi culpa, pero no pasaré la vida castigándome por un error; sé que hice mal y me arrepiento. Ya me he arrastrado lo suficiente por la niña Thompson —apunté iracundo con el dedo índice hacia mí mismo—. Me he convertido en una versión de mí que da lástima y despierta decepción. Soy humano, ¿vale? Cometo errores, aunque no quiera hacerlo. No soy lo que ella quiere y me aseguraré de seguir adelante.



Angel Consoró

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En el texto hay: amor, harrystyles, emmawatson

Editado: 17.06.2019

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