365 Días

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20. Mi lado del sofá

Pueden brindarme un centenar de vidas y seguiría eligiéndola a ella, había alcanzado el nivel de locura que jamás creí. Un año atrás me hubiera reído de haber escuchado que estaría sentado a mitad de la calle en pleno invierno hecho pedazos por una mujer. No obstante, del sin fin de conjunciones, penas y horribles ideas lo único que remarcaba por sobre todo era la rotunda negación a dejarla subir al avión por segunda vez.

— ¿Harry? —dijo, sacándonos del agobiante silencio en el que estábamos atrapados.
— ¿Sí?
— ¿Qué pasa si te cedo esos dos días…?
—Terminaremos con un francés muy, pero muy enojado. Aunque seremos felices.
— ¿Cómo lo sabes?
—Todo hombre se pone furioso si otro le roba l…
—No —su voz sonaba pasiva, pausada y jodidamente lejana— ¿Cómo sabes que seremos felices?
—Oh, no lo sé.
—Muy alentador.

Clavó la mirada a sus pies. Entonces de todas las cosas que dije a los chicos una sola resonó: “No soy lo que ella busca”. Dije que la iba dejar atrás y sin embargo me atengo a convertirme en paleta congelada por estar a su lado tan solo unos minutos más. Estaba cansado. Cansado de luchar por un amor no correspondido; sé que dejarla partir podría ser lo menos egoísta que haga en mi puta vida, pero… pero no tengo ya nada que alegar. Estaba cansado de nuestra rutina, pero a la vez la quería conmigo.

— ¿A quién quiero engañar? —dije al fin— No soy lo que buscas… —confesé.
—No, no lo eres.
He de admitir que escucharlo venir de ella fue más doloroso.
—En ese caso por qué no vas a dentro a calentarte con el estúpido de tu novio —ladré furioso conmigo, con ella. Introduje las manos en el abrigo, cubrí mi cabeza con la capucha y de un movimiento me puse en pie.
—DIJE QUE NO LO ERES, PERO NO DIJE QUE NO TE AMO ASÍ… —gritó.
—No lo hagas, por favor.

En pocos pasos llegó a mi lado. ¿Por qué se empeñaba en hacer esas cosas? Ya de por sí estaba hecho mierda ¿Qué no le era suficiente?
— ¿Por qué no? Es lo que tú sueles hacer —dijo—. Regresas cuando estoy así de cerca de olvidarte, dices esas palabras que me quiebran el alma, fijas esos condenados ojos esmeralda que por más que lo evite me escudriñan a diestra y siniestra ¿no haz pensado quizá que también te extraño; qué sé que mi vida no está en Francia? ¿No te ha cruzado por la cabeza el maldito esfuerzo que hago en no quedarme contigo?

—Quédate entonces.
—Ahí tu problema —se puso frente a mí—, ya es tarde ¿por qué no lo pediste el último día que nos vimos antes de irme?
La voz la falseaba y el labio por igual. No por el frío sino por el llanto.

— ¿Por qué no respondiste mis llamadas? No puedes ahora que regreso con un pobre intento de seguir adelante besarme, seguirnos a mi novio y a mí, y pedir simplemente que me quede. Dios sabe cuánto te amo, pero no puedo más… no quiero ilusionarme.

Entonces lo supe: no somos el uno para el otro después de todo. Tal vez siempre lo supe y no quise admitirlo, quizás debí quedarme con la chica que conocí en el parque en Halloween y hacer de cuenta que funcionaría…, tal vez debía simplemente dejar a Valerie ir, que sea feliz. Pero no, no quería. Estaba al tanto de cual era lo correcto y lo que me negaba a hacer, la diferencia no era mucha a comparación con las consecuencias.

Ahí frente a mí, tan cerca…, tan bella. Tan rota. Yo la rompí y ahora que quiero reunir las piezas es demasiado tarde.

—Estoy aquí, ahora, ofreciéndote todo lo que soy —la voz, el cuerpo, el alma, el corazón…, todo me temblaba amenazando con hacerme caer sobre el pavimento de golpe. Es que, le miraba y no imaginaba más vida que no fuera junto a ella. Quería desaparecer al maldito francés que la esperaba devuelta en el apartamento, que le abriría la puerta con los brazos abiertos y un montón de asquerosos besos. Estaba consciente de todo lo que dije a los chicos, de lo que el poco de cordura que restaba me pedía, pero la locura resultó ser mayor y no podía ni quería ignorarle—. Y es que contigo no sé qué es correcto y que no, no sé qué debo hacer —dije —te amo, tu loca despistada americana de ideas retorcidas y temperamento perturbadoratemente adorable, te amo tan jodidamente que me hace perder el control, pero no sé qué maldición hacer para que lo entiendas. Quizás… —no lo digas, suplicó mi mente, por favor no lo digas— quizá no somos el uno para el otro —maldito seas Harry Edward Cross. Clavé la mirada al asfalto incapaz de verla a los ojos—. Pero tienes razón —alcé la vista un tanto estupefacto, no esperaba a que lo negara, pero tampoco que lo aceptara tan fácilmente—. ¿Sabes? —introdujo las manos en los bolsillos de la chaqueta y mantuvo la mirada fija en mis ojos— Desde que me mudé a Francia Melanye no me habla con tanta frecuencia, dice que debo dejar de ser tan testaruda y escuchar tu “versión de la historia” le digo que no hay una pero no para de insistir… —no sé a dónde intentaba llegar, pero no la detuve —. Supongo que era cuestión de tiempo, ya sabes, que nos diéramos cuenta de que lo que sea que tengamos no va ningún lado.

—Val…
—No, no más Harry. Yo tampoco soy lo que buscas.


La cabeza me daba vueltas, solo tenía que besarla, insistir en que no regresara con el desgraciado francés…, era el momento perfecto y aun así lo dejo escapar como arena entre los dedos. Claro que ella era lo que busco, es lo único que buscaba en este jodido mundo, lo que necesito para seguir adelante y no hacía más que alejarla. Allí, a mitad de la acera mis pies se quedaron inertes, el frío se tornó placentero y el aire aminoró de un modo extraño.

—No lo hagas —dije, tan bajo que no esperé que ella lo escuchara. De pronto la vi volver.
— ¿Por qué? —preguntó— ¿por qué no puedo olvidarte como hago con todo el mundo? ¿Por qué no puedo hacer de cuenta que no existes, que lo que digas o hagas no me afecta? Dime por qué maldición.
—Llegados a este punto deberías saberlo —dije, afrontando aquel par de ojos llorosos. Difícil de creer que he sido quien más la ha visto llorar—. La cosa es que sí creo que somos el uno para el otro, sí quiero que te quedes conmigo, pero dime, ¿acaso vale de algo si tú no quieres lo mismo? Sí, jugué contigo y no te imaginas cuanto me odio y arrepiento de ello; no todo fue mentira y lo sabes, a fin de cuentas tú fuiste quien jugó conmigo y es que un segundo me hacías creer que me querías y al otro te portabas tan indiferente y Dios que la sangre me hervía, me enojaba no saber qué hacer respecto a ti pero luego cediste…, en el momento que aclaré lo que de verdad sentía por ti quise acabar con la apuesta, quise ser al cien por ciento tuyo sin mentiras ni secretos pero tú …eres tan tu.

Me miró en silencio por varios minutos, sin decir nada. El vaho de su respiración y la mía era visible. Lo único vivo por el momento.

—No funcionamos como pareja, tampoco como amigos… ¿Qué vamos a hacer entonces?
—No lo sé. De nada vale que haga o deje de hacer si persistes en volver a Francia con él.
— ¡Bien! Si llegas a averiguarlo antes de marcharme avísame.
—Si llego a hacerlo ¿te quedarás?
—Depende de qué encuentres. ¿Harry?
—¿Uh?
—Te concedo esos dos días.

Giró sobre sus talones y volvió a la tibiez del edificio, de vuelta con la realidad que se empeñaba en construir. No sabía a dónde ir, si luchar o simplemente tirar la toalla y permanecer en mi lado del sofá, lejos, muy lejos de ella, aunque la pena me matara poco a poco sin piedad. No sabía qué maldición buscar…, estaba tan jodidamente perdido. Ella me amaba, yo moría por ella; quería quedarse tanto como yo anhelaba que lo haga, pero aun así arrastraba los pies de regreso con él mientras yo sufría a mitad de la noche. Las cosas estaban claras no obstante se empeñaban enlucir más borrosas que nunca. La amo, pero ya no sabía qué más hacer para demostrarlo.

Los dos nos amábamos, pero no sirve de nada cuando no sabíamos qué hacer con tanto amor.



Angel Consoró

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En el texto hay: amor, harrystyles, emmawatson

Editado: 17.06.2019

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