365 Días

Tamaño de fuente: - +

30. Rimanere

Valerie Thompson siempre soñó con un final de literatura, no de cuento de hadas ni mucho menos, sino como si su vida se tratara de un libro sin importar como fuese el final. En ocasiones balbuceaba cosas antes de dormir —bueno, ella siempre decía cosas antes de ir a la cama— decía lo grandioso que sería vivir un amor como los protagonistas de su libro favorito, yo nunca supe de qué iba ese amor hasta que me hizo leerlo para ella. Y no, no quiero un amor con los días contados bajo un cielo injusto y sí, tal vez es una de las historias más realistas porque ciertamente la vida es así de desgraciada, pero en serio necesitaba creer que tal como una película de Disney a la antigua, Val se levantaría de aquella cama y volvería a balbucear ideas sin sentido mientras caía dormida en mis brazos a las tres de la mañana.

 

La salud de Valerie jamás fue de las mejores, sus defensas eran débiles en comparación provocando que cualquier gripe la tumbase en cama por días. Estando en Francia pescó una bacteria cuyo nombre no me molesté en aprender, según los doctores el maldito parásito se alojó en su sangre eliminando de por sí el poco oxígeno en su cuerpo a una velocidad silente, acelerando la fibrosis que secaba sus pulmones. Sin embargo, y a pesar de haber acudido al hospital en cuanto llegó al país, nada fue detectado. Sé que es lo que menos interesa, pero el día de San Valentín se acercaba y Val continuaba interna.

 

Hubo una tarde en la que, a su manera, sugirió que yo debía conseguir una vida nueva. No quise prestarle atención, no quería porque significa que le daba la razón y de ser así entonces era porque ella se estaba rindiendo y no podía aceptarlo. De hacerlo, darse por vencido no tendría diferencia alguna pues la estaría dejando partir. Y aunque nuestros días se convirtieron en monotonía, aunque casi todas las enfermeras me conocían no me importó, me hacía mejor estar a su lado que tratando de construir una vida cuando todos sabíamos que no podía.

 

El reloj marcaba la medianoche, besé su frente, le vi por un instante, pero fue tan grande el miedo que me invadió al imaginar un mundo sin ella que de pronto me sentía mareado. El aire se tornó pesado y supe que de quedarme un segundo más en la habitación tendría un episodio de pánico y lo que menos necesitaba era despertarla preocupada por mí, así que terminé de salir. Caí sentado con la cabeza entre las piernas justo frente a su puerta, no era la mejor forma de tranquilizarme clínicamente hablando, pero poco me importaba, para mí funcionaba.

 

El día de San Valentín llegó y ahí estaba yo, comiendo yogurt sin sabor, viendo una vieja película de Harry Potter y un florero con tres rosas azules en la habitación. Nuestro primer Día de los enamorados juntos…a ella no le importó y por ende a mí tampoco, aunque en el fondo los dos sabíamos que cualquier lugar era mejor a nuestra suite en el hospital. Por un momento aquello estuvo bien. Vivimos, reímos y nos amamos. Nos convertimos en una de esas parejas al más clásico de los sentidos, fuimos tan unidos que con suerte las enfermeras nos veían y no nos confundían con una de esas cuyo tiempo ha sido tan largo que las ha añejado; fuimos Val y yo, como en un principio fue y como siempre debió ser. Aunque evitaba la inevitable y dolorosa verdad agradecí a Dios por tenerla tan siquiera unas horas más.

 

Entonces ocurrió.


 

Primero de marzo. Nuestra rutina falló.


 

La mañana del primero de marzo salí con prisa del apartamento pues además de dejar el hospital tarde en contra de mi voluntad sucedió que tenía examen final de semestre. Y no, no pasó nada, no hasta después del mediodía cuando llegué como era habitual a tiempo para el chequeo rutinario de Valerie. Sin embargo, desde que los días se convirtieron en semanas y de enero llegamos a marzo decidí no querer escuchar nada de los doctores, de hacerlo mi miedo no haría más que subir hasta las nubes.

 

—Harry —Mel me detuvo antes de entrar. Resultaba atormentador verla ahí frente a mí, en breves ocasiones inclusive llegué a creer que era Valerie y es que tanto era el deseo de verla bien que me encontré a mí mismo conteniéndome de llamar a Mel por el nombre de Val. Mas no aquel día cuando sus ojos lucían tan apagados como los de su hermana gemela.

—No necesito saber —dije en una súplica. Sentía el alma afligida, no me quedaban fuerzas para…, nada. Y sí, estaba más preocupado por ella de lo que una persona se preocupa por otra, pero también me sentía cansado. Alcancé un punto en mi vida en el que terminé sin tener una, y es que el dolor y temor fueron mayor que yo y no sé si fue la falta de entusiasmo, las ganas o simplemente dejó de importarme el mundo a mi alrededor; necesitaba verla mejor, fue en lo que me enfoqué. En lo único que pensé.



Angel Consoró

#9421 en Novela romántica
#1544 en Chick lit
#1015 en Fanfic

En el texto hay: amor, harrystyles, emmawatson

Editado: 17.06.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar