365 noches de insomnio

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La existencia humana: un viaje infinito

¿Qué sentido tiene la existencia humana? Es una pregunta realmente compleja de responder, ya que posee un alcance muy amplio para poder abarcarla en su totalidad. Sin embargo, el presente ensayo intentará llegar a la tan ansiada respuesta por medio del análisis de distintas visiones al respecto, incluyendo cualquier dato que nos facilite ver la luz al final del recorrido.

Para comenzar, la existencia humana ha sido una interrogante que ha trascendido a través de los años, desde mucho antes de erigirse la monstruosa industria de las ciudades. Los primeros grupos humanos crecían desde las sombras, mirando tímidamente la luz del sol y abriendo las manos para recibir la lluvia, siempre curioso sobre el mundo que lo rodeaba. Aprendía a vivir, inmerso en los hechos y observando cada rincón como un niño que apenas ha llegado a una casa. Lo tocaba todo, descubriendo lo que podía hacerle daño y memorizando las cosas.

En aquella primera época, se repetía lo que por azar era favorable y se desistía de aquellas acciones que emponzoñaban la vida. Los pies se anclaban a la tierra y la naturaleza iba por una senda propia, sin necesidad de algo que explicara porqué caía agua de las nubes o que clase de fenómeno provocaba que al dejar caer una semilla germinara una pequeña hoja de la negrura. Ninguna respuesta era necesaria; los asentamientos humanos orquestaban el descubrimiento en una suerte de ciencia primitiva: un grupo decidía detener el paso para sembrar una semilla con su propia mano y otro veía arder por primera vez el fuego, sin tener idea que quemaba o de que podría alimentar fábricas miles de años después. En ese entonces vivir era sobrevivir, ensayar y aprender. Buscar tan alto como nos dejara el cielo y mirarnos entre nosotros hasta saber lo que queríamos saber.

Mas, inevitablemente llegó la era de mirar más allá de los límites. Se alzó la vara de la tecnología y de las primeras exploraciones: aparecía Colón con su nueva ruta a las Indias, Darwin con su visita a las islas Galápagos y el Apolo 11 con su ambicioso viaje al único satélite terrestre. El ser humano empezaba a buscar, a llegar a una etapa de adultez evolutiva que le permitía cuestionarse todas las cosas y cambiar lo que parecía estacionario. Había llegado la época del diálogo y, junto a la ciencia que crecía para el explicar el origen de cada una de nuestras células, la mente comenzaba a sentir la comezón de la duda. ¿Qué significaba existir como humano?

Esta duda comenzó a buscar alivio en ámbitos diversos. Mientras algunos alzaban la vista hacia el cielo para buscar una razón divina, otros miraban su reflejo en el espejo, como tratando de encontrar en si mismos la secuencia secreta del código Enigma. La humanidad comenzaba a desnudarse ante la propia idea, aterrorizante y vertiginosa, de que estaban aquí siguiendo una secuencia casi inalterable de vida y que lo hacían por una razón.

Había comenzado una peregrinación del pensamiento, un viaje del conocimiento y la introspección. La travesía era difícil, porque no se conocía el destino y eran múltiples los puertos de llegada para los viajeros, pero de aquellos que lograban encontrar la luz de la cuidad a través del mar, nacían las más ricas bitácoras.

De tal modo, florecieron libros llenos de ideas de estos prodigios de curiosidad, quienes revolucionaron tanto el alcance de la duda como de sus respuestas y que, de forma paulatina, sentaron las bases para la concepción actual de la existencia. Sobrevivir, después de todo, no era suficiente al llegar al concepto de vida moderna y este último tampoco llenaba el vacío inmenso que significaba existir. Debía haber algo más que lo humano en la humanidad. ¿Alguna clase de destino marcado o de meta? ¿Una misión de la que somos un instrumento? ¿Alcanzar la paz, la perfección o un lugar en el paraíso?

La ciencia, por ejemplo, describe el sentido de la vida como una evolución constante de la especie. Esto se daría ya que el ser humano, como todo animal, buscará adaptarse al medio para prevalecer y perpetuarse de la manera más satisfactoria posible. Si logra la supremacía biológica y es capaz de dejar descendencia fértil, habrá podido concretar el sentido de su existencia.

Este sentido es reverdecedor y pragmático. Más aún, vivir para dar vida suena casi poético, pero resulta deprimente que nuestra permanencia en el planeta sólo signifique traer más personas al mundo. Si fuese así, ¿qué peso tiene las acciones de los seres humanos si su único fin es perpetuarse? Es una bisagra fría y oxidada que entreabre la puerta al sentido de la vida, pero solo se queda en la vida como tal.

En la religión católica, al otro extremo de la balanza, la respuesta radica en un Dios único. Un padre creador de todas las cosas y criaturas, quien nos deja en los brazos del mundo al nacer el día y, como a un ente nictémero, nos hace dormir en la rugosidad del suelo por la noche. Si durante ese día hemos obrado bien, nos recompensará con la inmensidad del paraíso y gozaremos de vida eterna. Nos demostrará su amor infinito y podremos decirle satisfechos: "me has dado a conocer la senda de la vida; me llenarás de alegría en tu presencia y de dicha eterna a tu derecha" (La biblia, Salmos, 16:11). El sentido de existir no es más que buscarlo y permanecer, incluso después de muerto, con su compañía como norte.



Romane Lavoie

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En el texto hay: ensayos, pensamientos alusivos a la existencia

Editado: 03.01.2019

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