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Capítulo 3: La cuarta dimensión

Echando la vista atrás, puedo sentirme orgullosa de un hecho: No perdí la cordura ni me puse histérica.

Mantener la calma me había ayudado siempre. Susy decía que, <<Ante la adversidad, paciencia y serenidad>>. Tenía razón. De nada habría ayudado desesperarme y volverme loca. No pensaba abandonar a Blanca perdiendo el juicio.

A pesar de lo desconcertada que me sentía, al menos podía aferrarme a aquello que podía ver y tocar. La habitación, que en su momento había pensado que sería una cárcel, permanecía con la puerta abierta. Pero, aunque mi primer impulso fue correr hacia una salida, me obligué a no abandonar ese lugar todavía.

Examiné mis muñecas. Alguien me había puesto los mismos brazaletes que había visto ya en varias ocasiones. Incluso la joven que me había llevado hasta esa habitación los llevaba. No hacía falta ser muy inteligente para deducir que se trataban de una especie de esposas. Algo con lo que asegurarse que no iba a irme a ninguna parte.

Aunque en el fondo sabía que no podría hacer nada por deshacerme de ellas, intenté con todas mis fuerzas quitármelas. Tiré del brazalete, encogiendo mi mano hasta que se puso roja. Incluso con mi propia saliva, para intentar que resbalara y me facilitara así la tarea.

Después de unos minutos tirando inútilmente del brazalete, desvié mi atención hacia la mesa por si había algo que me ayudara. En lugar de eso, los libros que reposaban aún en ella, llamaron mi atención. Me acerqué y los cogí uno por uno, examinándolos con cierta resignación. Eran libros extraños, con motivos muy complejos impresos en las portadas. Apenas preste atención a los títulos. Algunas letras eran de lenguas muertas, y otras parecían escritas en ruso o griego.

Las reglas de los tres deseos ―leí en voz alta.

Mis manos se quedaron quietas a medio camino de dejar el libro. Lo acerqué a mí de nuevo, mirando atenta las palabras grabadas. No estaban en un idioma que comprendiera. Ni siquiera el alfabeto era el mío. Sin embargo, podía leer a la perfección lo que había escrito. No había duda alguna. Las palabras, pese a no conocerlas, tenían sentido.

Cerré los ojos un instante y dejé el libro sobre el montón encima de la mesa. Me volví hacía la puerta que minutos antes había atravesado. No sabía si podía o me estaba permitido salir de la habitación, pero la puerta seguía abierta, y si lo que querían era que estuviera quieta, que la hubiesen cerrado.

Mi habitación formaba parte de una secuencia de estancias en un mismo pasillo. Igual que en la distribución de un Hotel, podía ver puertas cerradas de habitaciones a lado y lado. Como al venir había llegado por el lado derecho, decidí dirigirme hacia la izquierda. Al final del pasillo, igual que en el lado derecho, una puerta llevaba al hueco de las escaleras. Lo que, en lugar de las escaleras que ascendían y descendían, había una única puerta. Los baños.

Dejé escapar una risa nerviosa al recordar las palabras de la extraña joven que me había guiado hasta mí supuesta habitación. Derecha las escaleras, hacia arriba el comedor. Izquierda los baños. Me di la vuelta, esta vez para atravesar el pasillo hasta llegar al otro lado; las escaleras.

Recordaba que en el piso de arriba había dicho que estaba el comedor. Más allá de la cocina estaban los jardines. La cocina tenía que estar abajo. Y los jardines… quizás podía encontrar un modo de salir de ese manicomio.

             Bajé las escaleras deprisa, vigilando al milímetro cada replano que dejaba atrás. Un piso más de habitaciones, otro más pequeño con menos estancias y la planta baja. No había pasillo allí, solo una especie de recibidor del que podías elegir tres puertas más. Una a mi derecha, otra a mi izquierda y otra al frente.

             Dada mi suerte anterior con la izquierda, decidí probar con la derecha. La puerta era pesada, tuve que empujar con todas mis fuerzas para poderla abrir. Debería haber encontrado extraño no tropezarme con nadie por el camino, pero estaba demasiado ocupada encontrando la maldita cocina. Me habría gustado poder asegurar que mi cabeza actuaba al cien por cien de forma lógica, pero la desesperación conseguía ganar camino a cada minuto que pasaba. Así que entré en esa puerta extraña de la que no sabía nada.

             La habitación era grande, llena de estantes con millones de objetos antiguos con tarjetas que los catalogaban a cada uno de ellos. Algunas cajas viejas llenas de polvo y armarios cerrados con llave. Pero nada de eso era tan impresionante como lo que había justo en el centro de la estancia.

             Una esfera perfecta flotaba unos centímetros sobre el suelo. La esfera reflejaba como un espejo todo a su alrededor. En ella podía verme lejana junto a millones de objetos perdidos en el tiempo. Avancé hacia ella, todavía hipnotizada por su inmensidad.



Lissy

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En el texto hay: magia

Editado: 03.03.2018

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