66 días ante el reinado de la bestia

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Día uno

Antes de que todo comenzara, estaba en la oficina. Tenía que salir del trabajo a las 4 con 40 minutos de la tarde, pero mi asistente —que no despedía por el sexo que me daba— aún no llegaba. Nunca me importó que fuera irresponsable, pero quería tenerla antes de irme de vacaciones.

 

Como de costumbre, Cristina llegó muy tarde. Esa vez tenía una buena excusa.

—Estoy embarazada —aseguró.

—¿Por qué no lo dijiste? —contesté sorprendido.

—No estaba segura… ¡Tendremos un hijo!, ¿no es maravilloso?

—¿Tendremos?, ¿tú y cuántos más?

—¡¿Qué te sucede?!, ¡es tuyo, Damon!

—¿Crees que soy un idiota?, ¿a cuántos les abriste las piernas? Lárgate en este momento. No quiero volver a verte —le di la espalada y cerré la puerta en su cara. Sin embargo, ella interpuso el tacón de su zapatilla.

 

Me empezó a reclamar cientos de cosas que dije, cientos de supuestos momentos románticos en los que ella creyó que dejaría a mi mujer. —Ilusa —contesté sin pensarlo.

—¡Cállate! —la bofetada fue tan rápida que no pude reaccionar. Quise devolverle el golpe, pero no quería pagar una demanda, así que la despedí. Levanté el teléfono, llamé a los guardias y pedí que la sacaran.

—La encontré robando información de la compañía —aseguré cuando la bajaron por las escaleras.

 

Quizás nadie hubiera podido prever que, en medio de su pelea, se doblaría el tobillo, caería y se rompería el cuello. Sentí un gran alivio cuando la vi muerta; ya no tenía que dar explicaciones, mucho menos sobornos. Había librado muchísimos problemas.

 

La investigación inicial, encontró que fue un accidente. Las cámaras estuvieron a mi favor; en las grabaciones se veía que yo salía de la oficina y pedía a los guardias que la sacaran. «Un lamentable accidente», mencionó la oficial que llevó el caso.

—¿Sabías que estaba embarazada? —la placa de la oficial Rodríguez, me pareció conocida cuando la vi por primera vez.

—No, no me inmiscuyo en la vida de mis empleados. Fue un terrible accidente, pero si no tienes nada más que decir, estoy ocupado.

—Eres un cretino —viéndome con odio, me empujó—, ¡eres un maldito cretino! Te detendré si vuelves a responder de esa forma.

—No te atreverías —aseguré—, fue un accidente, está muerta, ¿qué quieres que haga? Que me detengas por una hora, no la revivirá. Y te demandaré antes de que vuelvas a ponerme un dedo encima.

—Te quiero cerca —la oficial, dio un paso atrás. No era la primera vez que la «ley» se intentaba meter en mi camino.

 

En mi amplía agenda telefónica, tenía una veintena de «solucionadores» de conflictos. Apenas una llamada y la agente Rodríguez no sabría ni cómo la inculparían. Sin embargo, decidí no hacerlo en ese momento; algo de lo que me arrepentiría minutos después.

 

Bajé de la oficina por el elevador de servicio —quería evitar a más oficiales—, también llamé para advertir que iba retrasado. Para mi desgracia, cuando quise salir del estacionamiento, me percaté de que los policías pusieron un cerco que generó tráfico. No había forma de salir, y la oficial lo sabía. —Que tenga un buen día, señor White —mencionó la oficial Rodríguez cuando me vio atorado en el embotellamiento.

 

«Patético», pensé cuando me dijo eso. No dejé que me ganara, pedí que guardaran mi auto y salí a buscar un taxi.

 

Cuando caminaba por la calle, sentí el entumecimiento de la bofetada. Utilicé el reflejo de un anuncio, apostado sobre la acera, para mirar las secuelas del golpe. Apenas tenía un moretón en mi labio, pero el rostro perfecto de barba cerrada, ojos azules y labios carnosos, seguía intacto. Inclusive, una chica me sonrió desde el otro lado; antes pensaba que cualquier mujer saldría conmigo si se lo pedía.

 

Un momento de alegría me inundó, hasta pensé en tomarme un tiempo extra para salir con la chica. Sin embargo, Margarite —esa mujer que conocí como mi esposa—, me mataría si me demoraba más, ya era muy tarde. A ella no le gustaba esperar cuando se trataba de un viaje.



Uriel G. Raga

Editado: 17.11.2018

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