66 días ante el reinado de la bestia

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Día 19

Seguimos el plan de vuelo cuando salimos del refugio de Texas. Por desgracia, la otra base estaba siendo atacada por civiles, y tuvimos que volar hasta Nueva York. Tampoco pudimos aterrizar ahí porque algo nos golpeó cuando lo intentamos. No supe qué fue; era como un ave, una gigante.

 

Caímos cerca del campo militar al que nos dirigíamos para cargar gasolina. El piloto murió y el otro soldado quedó muy mal herido, yo solo tuve heridas superficiales. Tuve suerte de que los soldados de esa base nos ayudaran a tiempo.  

 

Pasé 3 días ocultándome porque salir era muy peligroso. El grupo que quedaba en ese lugar, había sido abandonado por sus superiores. Me costó convencerlos, pero accedieron a oír mis demandas.

 

Durante ese tiempo, no pude comunicarme con nadie. Solo tenían radios, en los que nunca nadie contestó. Parecía que los soldados fueron dejados ahí para morir.

—Huyeron —mencionó el cabo que estaba al mando cuando lo cuestioné sobre sus superiores—, el último fue el mayor. Después del día cero, algunos soldados se volvieron «violentos», y los malditos cobardes escaparon.  

—¿Hablas de los no muertos?

—Como les digas. Esa porquería está en todos lados. ¿Ves las nubes? Lo que arrojan no es ceniza, es esa porquería.

—¿Cuándo empezó?

—El primer día —el cabo, llamado Kevin, sujetó su arma y puso una mirada fría—, creímos que nos llamarían para entrar en operaciones. Nunca recibimos una maldita llamada. La teniente Barclay, comenzó con los síntomas una hora después del temblor.

—¿Cuáles son esos síntomas?

—Nada…

—Entonces, ¿cómo rayos los detectas? —contesté enojado.

—De esa forma, la teniente salió a inspeccionar la antena de comunicaciones. El viento estaba en contra de ella, ¡esa maldita ceniza salió de una grieta…!

—Era un demonio —interrumpió otro soldado, su nombre era Marcus—, yo lo vi…

—¡Saca esa idiotez de tu cabeza! —el cabo, lo golpeó en el rostro y lo sacó del cuarto—; ¡yo estuve ahí! Yo vi cómo esa maldita ceniza golpeó a la teniente de lleno. Se metió por su boca y su nariz. Ella volteó, no tenía una expresión en su rostro. ¡Estaba vacía! Sus ojos no tenían brillo, como los de un desgraciado pescado. ¡Yo lo vi! No existen esos malditos demonios, es un ataque biológico…

—Te creo —respondí—, también lo he visto. Se mete en ellos y los hace convulsionar…

—¿¡Qué?! —interrumpió el cabo—, ¡no! La teniente estaba bien. Salvo su expresión, nada cambió en ella. Solo volteó y comenzó a gemir como un desgraciado animal. Atacó a todos, mató a varios de mis hombres.

—¿Cuándo cambió?

—No todos cambian —aseguró temblando de miedo—, Brown perdió parte de su piel, se le cayó a pedazos. La teniente nunca cambió. Sin contar la fuerza y los malditos gritos que hacía, nada fue diferente en ella. Pero…

—¿Pero…?

 

Kevin, cerró la puerta, guardó silencio durante unos segundos y susurró: —el amigo de Marcus, Calvin… Él sí cambió.

—¿Qué fue lo que le ocurrió?

—Echó un líquido verde por la boca, era viscoso y tenía un terrible hedor.

—Como azufre… muy desagradable…

—Así es.

—¿Qué fue lo que le pasó?

—Su rostro se desmoronó como si algo se lo comiera por dentro. Por todos lados le salía ese líquido apestoso… Él gritó más que cualquiera de los otros.

—¿A cuántos perdieron?

—A muchos, más de los que puedo recordar. ¿Ya me vas a decir tu plan para sacarnos de aquí?

—Si me das una aeronave, te sacaré a ti y a todos los que puedas llevar contigo.

—Negativo —la mirada del cabo no expresaba ninguna emoción, pero transmitía mucho miedo—, no tenemos nada que pueda volar. Hay otra base al norte, está a unos 100 kilómetros. Tenemos vehículos que pueden llegar hasta allá.



Uriel G. Raga

Editado: 17.11.2018

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