66 días ante el reinado de la bestia

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Día 23

Llegamos a Nueva York durante la madrugada del día 21. De acuerdo a la información que tenían en la base, Nueva York era una gran zona de refugiados. Creímos que encontraríamos un poco de ayuda.

 

El equipo conformado por Marcus, Kevin, Bale y yo, fuimos atacados por no muertos durante toda la carretera. Tuvimos que abandonar el vehículo durante la misma madrugada que escapamos de la base. Por varias horas, combatimos a esas abominaciones. Bale, murió antes de que llegáramos a la ciudad.

 

«¿Quién pone las reglas en el infierno?», me pregunté cuando arribamos. Las orillas de la «gran manzana», se volvieron una tierra sin ley. Un grupo de rebeldes —«fuertemente armados»—, se apropiaron de las orillas y crearon asentamientos.

 

Una distopía en el apocalipsis gobernada por la voluntad mortífera de un puñado de hombres… Ese sitio, era un basurero pestilente que recordaba a un manicomio. Con desperdicios, palos y piedras, construyeron grandes murallas que mantenían a los no muertos fuera de su territorio.

 

Sin embargo, todo poder que provenga de humanos, no puede ser ejercido con libertad. Ellos alimentaban a un no muerto de proporciones gigantes; le rendían suplicas para que les confiriera «favores».

 

Nos tendieron una emboscada y nos atraparon por la madrugada. Nos quitaron las armas y nos pusieron frente al jefe del lugar; Jeffrey Pessiro, conocido como el «caníbal», era un tipo alto, robusto, de facciones toscas y cuadradas. Sus ojos, de un azul intenso, provocaban terror. Era parecido a mirar la personificación de la locura.

 

De acuerdo a los integrantes de ese lugar, estábamos a salvo. Nos ofrecieron comida de apariencia pútrida, que todos rechazamos. Nos sirvieron agua, que escupí por el irritante sabor amargo.

—Están locos… —mencionó Kevin cuando observó a los habitantes—, míralos cómo caminan.

 

Las personas —dentro de los muros de la distopía apocalíptica—, deambulaban sin sentido; vagaban sin un motivo aparente, iban de un lado a otro hasta chocar con algo, luego regresaban unos metros y cambiaban de dirección. Algunos, se sentaban y bebían agua del suelo, o jugaban con sus manos moviéndolas de manera absurda, o entablaban conversaciones sin lógica.

 

Hablaban de un lugar maravilloso, semejante al juego de un niño con su imaginación. —¡Mira mamá! —gritó una mujer mientras sostenía una maceta—, ¡cuánto dinero tengo! Son doblones de oro de la realeza. ¡Mira mamá!, ¡vienen por nosotras!, ¡vamos a edén!

 

Con algunas excepciones, todos hablaban de cosas fantásticas, increíbles e imposibles de existir. Los pocos que conservaban algo de «cordura», no recordaban muchas cosas. Algunos ni siquiera sabían cuál era su nombre.

 

Tuvimos que fingir cansancio y pedir que nos dejaran dormir. No tuvimos otra opción que esperar el momento para escaparnos.

 

Durante la mañana del día 22, la mayoría de los habitantes huyó de la poca luz que se filtraba por las cenizas. Aprovechamos eso para indagar un poco.

 

Acorralamos, de manera silenciosa, a un sujeto llamado Owen. —¿Dónde están las salidas? —preguntó Kevin.

—¡No hay salida! —Owen, era muy delgado, su apariencia y ropa daban la sensación de que el apocalipsis no había pasado por él—; cuando entras no puedes escapar, porque ella lo ve todo.

—¡¿¡Quién lo ve todo?!

—La reina, ve todo con sus ojos.

—¿¡Un desgraciado no muerto?!

—No… ¡Ella no es eso! —Owen, pasó de tener una conducta asustadiza a una violenta.

—¡Cierra la maldita boca! —gritó Kevin, quien lo golpeó en la mandíbula y lo mandó al piso—, ¿¡cómo rayos salimos de aquí?!

—No coman y no beban… Los sacarán en bolsas, como a los demás.

—¡Deja los malditos juegos, psicópata!

 

Desde que entramos, notamos el persistente hedor de los no muertos —una mezcla pútrida que emana una picazón parecida al azufre—; la comida y el agua, también tenían ese aroma.



Uriel G. Raga

Editado: 17.11.2018

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