66 días ante el reinado de la bestia

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En algún punto del día 24

No sé cuánto tiempo pasé inconsciente. Después de desmayarme —en el baño—, una patada en las costillas me despertó.

—Contemplen —el caníbal estaba parado frente a mí, estiró sus brazos y comenzó a dar vueltas. Una lluvia de agua pestilente combinada con gusanos, lo bañó por completo—. Tuve hambre toda mi vida, pero ella me abrió los ojos.

 

Un grupo de más de 100 personas, estaba a mis espaldas. Me arrastré un poco para ubicarme, pero de un golpe me detuvieron, me jalaron del cabello e hicieron que me hincara. A mis costados estaban muchas personas, mujeres y hombres lloraban y reían sin sentido. También estaban Marcus y Kevin.

—¡Eres un maldito psicópata! —gritó Kevin con desesperación.

—Para algunos lo soy —el caníbal lo miró con superioridad y lo sujetó del cabello—, para algunos siempre lo he sido. ¡Pero para nosotros!, ¡para los que entendemos! Yo soy su voz. ¡Coman hermanos!

 

Docenas de personas me empujaron; hombres y mujeres, se arrastraron por el suelo buscando a los gusanos que se retorcían. Los mordían, los codiciaban, los cargaban como si fueran niños pequeños y los comían a pedazos.

—Yo tuve hambre toda mi vida —sentenció el caníbal—, pero cuando esto comenzó… ¡Dejé de tenerla! ¡Ella me alimentó cuando estuve a punto de morir!

 

Quería vomitar, la escena me asqueó a hasta sentir repulsión por la existencia. No pude apartar la mirada, porque el hombre que me sujetaba, me obligaba a mantener la vista firme. Veía al frente, cuando, súbitamente, «algo» golpeó la cerca.

 

La endeble puerta, cayó y levantó mucho polvo; entonces vi al no muerto. Una masa amorfa —con varios pedazos de carne alargados, que parecían patas—, entró arrastrándose. Supuraba sangre mezclada con esa maldita baba amarilla. Los rostros acomodados por todo su cuerpo, daban la impresión de seguir con vida.

 

Me aterré, sentí tanto miedo como nunca antes en mi vida había tenido. En ese momento, pude quitarme el letargo de la inconsciencia. Todos mis sentidos se activaron; escuché explosiones, disparos y gritos a la lejanía. El peor de todos los sonidos, era un irritante y penetrante crujido de dientes.

 

Volteé con incredulidad, busqué por todas partes ese sonido. Lo ubiqué en los extremos del muro; de las telarañas, pendían partes humanas: brazos, piernas, dorsos… rostros… El sonido era provocado por una mandíbula que se movía sin control.

 

Cuando el no muerto apareció, muchos saltaron y gritaron de felicidad. «¡Llegó!», gritaron abrazándose de la emoción.

—Nuestra reina —aseguró el caníbal—, nos abrió los ojos, nos quitó el hambre, y yo fui el primero. Estaba muriendo cuando la encontré. Ella dejó caer sus crías sobre el agua para que pudiera comerlas. Y cuando lo hice, entré en ella. ¡Lo vi!, ¡ahora lo ven ustedes!, y también lo verá el mundo…

 

Esos locos, lloraban y maldecían al mismo tiempo. Es imposible describirlos con otra palabra diferente que locos. Ese jodido y asqueroso no muerto, se arrastró hasta que quedó frente a unos contenedores de agua negra, movió todos los pedazos de carne de su barriga y escupió ese estúpido líquido con gusanos.

 

La reacción química de la mezcla, produjo vapores amarillentos muy espesos. Eso fue lo último que vi antes caer en la locura. En el instante en el que el humo salió, los que estaban ahí se volvieron aún peor. Gritaron con gran efusividad y se desgarraron la piel. Era horrible ver todo eso, pero fue peor alucinar.

 

Mi cuerpo perdió todo el control, mi visión se nubló en un vació tormentoso, y yo sentí fuerzas violentas revolviéndose en mi percepción. Mi conciencia me traicionó, sentía miedo, dolor, euforia, enojo, tristeza y excitación; todo al mismo tiempo. Quería gritar, pero mi cuerpo no se movía, sino que reaccionaba por sí mismo.

 

Caminé sin quererlo, reí y lloré sin pensarlo. Por dentro, gritaba mientras la obscuridad me envolvía. Perdí el control de mí, y fui un esclavo dentro de mi propia piel.

Pude percibir dos voces distintas: una voz interna —la mía— que lloraba buscando piedad, la otra era una voz que estaba en mí, pero no era yo, era ese no muerto; se reía de mí y me insultaba, se burlaba de mi debilidad y se vanagloriaba en mi dolor.



Uriel G. Raga

Editado: 17.11.2018

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