66 días ante el reinado de la bestia

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66 días ante el reinado de la bestia

El último día —por la tarde—, me inyectaron un medicamento. Supongo que fue adrenalina, o alguna droga que causara un efecto parecido. Me sentí eufórico después de que me lo administraron.

 

Me ataron y colocaron cadenas sobre mis pies. Después me hicieron salir a la calle, en donde había muchísima gente, además de pantallas y cámaras. Caminé escoltado por varios soldados, la gente me miraba con odio y recelo. Algunos me gritaron traidor.

—Ciudadanos —cuando miré a la persona que estaba parada en el podio, recordé mi sueño; ese ser que hablaba ante todo el mundo, era el mismo que me atormentó en pesadillas—, hoy nos levantamos del fuego. ¡Hoy ponemos final a los dogmas!

 

Me colocaron en el centro, a mis costados había tres personas con capuchas en el rostro. Estábamos rodeado por sobrevivientes; los soldados edénicos formaron una valla humana.

—Las religiones acabaron con el mundo —aseguro ese ser—, su codicia nos apartó del camino, su odio nos dividió, su orgullo nos hizo ciegos. Pero ya no más.

 

Sonriendo ante el público, esa persona que se autonombró como el portavoz del mundo, continuó: —¡Seremos una sola humanidad, una sola creencia, una ciencia y una cultura! ¡Edénicos!, ¡alégrense! Los traidores serán juzgados, el mal gobierno será destruido. ¡La voz de las personas será respetada!

 

Uno de los soldados le quitó la capucha al que estaba a mi izquierda, era Cooper. —Parece que eras inocente —murmuró—. Siempre has sido un bastardo, Damon. El mundo cambió tanto que hasta tú eres inocente… Qué ironía…

—¡Ellos son los traidores! —gritó el portavoz— ¿Cómo nos pagaron aquellos en los que confiamos?, ¡con muerte! Debemos acabar con la maldad de raíz. ¡Qué la sangre de los asesinos bañe las calles!

 

El odio en sus ojos calmaba por venganza, gritaban «¡asesinos!» una y otra vez. Un soldado, le entregó una cuchilla muy afilada a una ciudadana de Edén. —Somos como ustedes —el portavoz, señaló a la mujer que caminaba con el arma en sus manos—, ¡nuestra justicia es la de ustedes! Ya es momento de que seamos escuchados, y las leyes protejan nuestros intereses.

 

Sin pronunciar palabras, esa mujer —que supuestamente había sufrido de manera injusta— sonrió, levantó su mano y enterró el arma en el corazón de Cooper.

—¡Está hecho! —gritó lleno de júbilo— Ven conmigo… Hija, ya no pueden tocarte. Ella tuvo miedo ante las injusticias de pocos hombres. ¡No lo toleraremos! ¡Muerte a los traidores!

 

El otro sujeto que estaba a mi lado, era un sacerdote. Portaba un hábito y llevaba una cruz en su cuello. —¡Él…! —gritó el portavoz—, ¡él sabía todo! ¡¿A cuántos asesinaste?!

—Mis manos siempre han estado limpias —aseguró el sacerdote, tenía marcas de tortura, trastabillaba mucho al hablar—, pero las tuyas cargan la muerte.

—¡Mentira! —gritó— ¡Cobarde! Él quiere salvar su vida… ¿Cuántos te pidieron piedad?, ¿¡a cuántos condenaste con tu fanatismo?!

 

El público, se empujaba con fuerza para alcanzarnos. Algunos aventaron piedras y palos. Ciudadanos —mencionó el ser—, debemos tener calma. ¡Nuestra justicia ha llegado! Él… Este hombre que está aquí forma parte del ejército de la «mano de dios». ¡Todas las religiones son iguales!, ¡fanáticos propagando odio!

—¡Mentira! —gritó el sacerdote—, ¿quiénes tenían las armas? ¡Ustedes! Se levantan como salvadores, ¡pero fueron los que lo iniciaron!

 

Todos rieron, también ese ser. —Cobarde —mencionó con desprecio—, ¿quién los alimento cuando tuvieron hambre?

—Edén —gritó el público.

—¿Quién los protegió cuando tuvieron miedo?

—¡Edén! —respondieron con más fuerza.

—¡¿Dónde está tu dios?! —las personas rieron. El público estaba deseoso de que tomaran la vida del sacerdote. Un soldado se acercó y le disparó en la cabeza. Antes de que muriera, escuché que murmuró: «Él está cerca, vendrán pronto».



Uriel G. Raga

Editado: 17.11.2018

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