A donde quiera que hayas ido

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1. Un secreto a voces

—Hey —me dijo Barto en cuanto me senté a su lado—. Te perdí de vista un buen rato —dirigió la mirada hacia Lucas que se había rezagado un poco a propósito. — Hola, Lucas.

—Hola —respondió Lucas muy serio mientras se sentaba frente a nosotros.

Amanda llegó hasta mí para que la ayudase con el vestido, necesitaba ir al baño, así que me excusé y me fui detrás de ella. Al volver, Lucas, Teo y Barto se habían enfrascado en una conversación acerca de sus planes futuros y fue entonces que dejé de contar las cervezas que Barto estaba bebiendo.

Para la media noche ya había bebido suficiente y preferí despedirme antes de que se quedara dormido. Abracé de nuevo a los novios y volví a la mesa, Lucas se ofreció para ayudarme a meter a Barto a nuestra recién estrenada camioneta.

—Debí traer mi auto, nunca he manejado esta cosa y es un monstruo —me quejé.

—¿Quieres que yo maneje? Luego puedes llevarme a casa, yo pediré una grúa para que lleven mi camioneta —ofreció Lucas.

—¿Estás seguro?

—Por supuesto, es preferible a que cuando Barto despierte descubra que le has metido un buen golpe a su camioneta nueva.

Le sonreí.

Barto pesaba mucho, así que con mucho trabajo conseguimos meterlo en la parte trasera de la camioneta. Una vez acostado sobre el asiento busqué las llaves dentro de su saco y se las extendí a Lucas, quien se puso al volante en un santiamén. Me senté a su lado y entonces un silencio incómodo se apoderó del ambiente.

—La pasé muy bien —dijimos al mismo tiempo. Nos echamos a reír.

—De verdad es estupendo que volvamos a ser amigos —dijo muy bajito, tal vez para no despertar a Barto. Su aseveración me pareció sincera.

—Si, me divertí mucho, espero que volvamos a vernos pronto, Lucas.

—Bueno, quizá no tan pronto, pero estaré en contacto. Lo prometo.

—De acuerdo.

—Puedo recoger ebrios a cualquier hora, así que si me necesitas solo llámame, conoces el número de mi casa y también el de mi celular.

—Si, los tengo almacenados en mi disco duro —señalé mi cabeza y Lucas sonrió.

—Okey —dijo mientras estacionaba la camioneta en el garaje de nuestra casa.

Con visible trabajo bajó a Barto del auto y lo llevó a la recámara, cerró la puerta y se reunió conmigo en el garaje.

—Parece que no va a despertar hasta mañana —afirmó, mientras yo encendía mi auto.

Se sentó en el asiento contiguo, pero dejó la puerta abierta.

—¿Sabes qué? Tal vez me haría bien caminar.

Me volví hacía él algo sorprendida.

—¿Por qué?

—Bueno, en realidad no estoy listo para estar contigo a solas.

—Creí que…

—¿Qué era fácil para mí estar contigo? Lo es cuando estamos rodeados de gente.

Lo miré, pero Lucas no me devolvió la mirada.

—Lo haremos gradualmente, ¿quieres? —agregó.

—Está bien. Será como tú quieras —respondí apagando el motor y las luces. Descendimos del auto al mismo tiempo y Lucas metió las manos en los bolsillos de su pantalón. Se acercó para besarme en la frente.

—Adiós, Saturno. Cuídate y espero que a Barto no se le haga vicio eso de embriagarse en las fiestas.

—Tú también cuídate, Lucas, llámame cuando llegues a casa por favor, o mejor envíame un mensaje, solo para que esté tranquila, ¿está bien?

Lucas asintió y se echó a andar rumbo al norte.

 

Barto despertó pasadas las doce y se recargó en la puerta de la cocina con el rostro visiblemente demacrado.

—Bebí demasiado anoche —se disculpó.

—Sí, eso creo.

—¿Cómo volvimos a casa?

—Lucas… —respondí evadiendo su mirada.

—¡Ah! —exclamó sin mucho ánimo—. Parece que han vuelto a ser amigos.

—No lo sé, no estoy muy segura. Quizá solo nos dio una tregua por la boda.



Aletor

Editado: 28.11.2019

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