A donde quiera que vayas

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38. Los fantasmas del pasado

—¿Qué rayos haces aquí?

Barto estaba completamente desencajado y grandes ojeras cubrían sus ojos, lo que me hizo suponer que no había dormido.

—He estado aquí toda la noche, esperando que salgas.

Moví la cabeza negativamente y me calcé los zapatos, luego me eché a andar para alejarme de él. Sabía lo que sucedería y no estaba interesada en enfrentarlo.

—He estado volviéndome loco, ¿estás saliendo con Lucas? —preguntó yéndose tras de mí.

—Eso es algo que no te importa —aseguré sin detenerme—, y además, ¿nos has estado siguiendo? —agregué volviéndome hacia él pero sin detenerme.

—¡Claro que me importa! Sé que merezco todo lo que dijiste anoche, pero déjame explicarte.

Había pasado de mi pregunta, pero la respuesta la tenía ya muy clara.

—No quiero ninguna maldita explicación, Barto —respondí serena.

No iba a perder la cabeza por alguien que no lo merecía.

—Continuaste con tu vida y yo con la mía, así de fácil y sencillo. Destrozas a todas las personas que te aman y te odio por eso porque no tienes ningún derecho —agregué enfadada.

—¡Si! —gritó deteniéndose y tomándome por el brazo— Tienes razón, no tengo ningún derecho, solo quiero saber si estás bien, si eres feliz…

—¡Por supuesto que no estoy bien, idiota! ¿Luzco como alguien que está bien, que es feliz? ¡No! ¿Verdad? Así que deja de hacerme preguntas de las que sabes bien las respuestas. Estoy cansada, Barto, de tu egoísmo, de tu cinismo, de toda tu basura. ¡Ah! Y si vas a preguntarme si me he acostado con él la respuesta es no, ¿ya? ¿Estás contento? ¿Era todo lo que querías saber? Ahora vete y déjame en paz, porque si no te largas te juro que no esperaré a que Lucas te rompa la cara, ¡lo haré yo misma! —el pie se me torció en aquel momento y me senté sobre la acera adolorida.

—Déjame ayudarte —dijo ofreciéndome su mano para ayudarme a caminar.

—¡No me toques! —grité sin importar que me escucharan los vecinos.

Es más, quería que se asomaran por sus ventanas para que Barto se asustara y huyera despavorido. Pero no lo hizo, se quedó en cuclillas junto a mí al comprobar que no iba a aceptar su ayuda. Me acarició el cabello y ni siquiera tuve fuerzas para rechazar el gesto.  Me cubrí la cara con las manos y me quedé allí, partida en dos.

—Por favor, vete. Tengo muchas cosas buenas en mi vida y no quiero perderlas, no por ti, porque sé que no lo mereces.

—Si, tienes toda la razón. Sé que estás herida porque no comprendes el motivo de mi ausencia.

—¡Por supuesto que no lo entiendo! —lo miré.

Aún estaba un poco oscuro y Barto se fundía con aquella oscuridad.

 

—Hice todo lo que debía hacer pero terminaste abandonándome de igual modo. No sabes lo que se siente que pienses que tienes algo especial con alguien y que de pronto descubras que todo estaba en tu mente.¿Y haga lo que haga, todo sale siempre mal —me incliné para cubrirme con mis rodillas.

—Lú, lo siento. Si te sirve de algo, quiero que me perdones.

—No, no me sirve de nada. Lucas me da paz, siempre creí que era un imbécil y nunca me di la oportunidad de conocerlo y es maravilloso, Barto.

—Pero tener paz no es lo mismo que tener amor.

—¿Tú hablando de amor? Ni siquiera sabes que es eso.

—¿Me permites ayudarte?

Me ofreció su mano de nuevo y la tomé.

 

Asentí al tiempo que limpiaba mi cara sucia. Barto me tomó por la espalda y la parte trasera de las rodillas y me cargó con facilidad, pasé los brazos por su cuello y lo miré por un par de minutos sin decir ni una sola palabra, seguía siendo un chico apuesto, aunque su rostro lucía una dureza que no sentaba a sus facciones infantiles, el cabello le cubría la mitad de la cara y estaba muy pálido.

—No te estás alimentando como debieras —le dije para romper el silencio.

—No, la verdad es que no —dijo mientras me llevaba entre brazos.

—¿La rubia no te cuida lo suficiente?



Aletor

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En el texto hay: romance juvenil, drama, romance amor odio

Editado: 17.01.2019

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