A donde quiera que vayas

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9. La roca

—¿Dónde demonios se metieron? —preguntó Lucas cuando al fin nos reunimos en su garaje—. Nos asustamos cuando vimos que no estaban detrás de nosotros.

          —Nos escondimos en el bosque —respondió Bar.

          Lucas dirigió una discreta mirada hacia nuestras manos entrelazadas.

          —¿Estás bien, Urano?

          Nuevamente llevó la mano hacia mi mejilla y la inspeccionó.

          —Ven, tengo un remedio para eso.

          Barto me miró antes de soltar mi mano y seguí a Lucas hasta la cocina de su casa. Sus padres no estaban y el silencio reinaba en las estancias. Se inclinó un poco y del cajón inferior del frigorífico sacó una bolsa de verduras congeladas, la colocó sobre mi mejilla.

          —Creo que mañana se verá mejor —aseguró.

          Intenté sonreír pero hasta eso me causaba un dolor indescriptible.

          Lucas se cruzó de brazos frente a mí mientras yo sostenía la bolsa contra mi mejilla.

          —¿Por qué no nos dijiste antes que Erick era violento? —me interrogó—. Nos hubiéramos ahorrado todo ésto y no hubiéramos tenido que abandonar el escenario.

          —Lucas… —balbuceé confundida.

          Su cambio de humor me había conmocionado.

          —Tenía todas las esperanzas puestas en este concurso, Luna y ahora todo está arruinado.

          —Al menos me llamas por mi nombre —respondí entornando los ojos.

          —Escucha…

         Se sentó frente a mí y lo observé con detenimiento, nunca me había percatado de que sus ojos eran de color gris. Lucas era muy guapo a su propio modo, tenía el cabello castaño y corto, y solía revolverlo con los dedos cuando la ansiedad le ganaba, de manera que el resultado era un caos… Un caos al igual que él.

          —No sé que hay entre ustedes dos y sé que no es de mi incumbencia pero Barto tiene un sueño, no te conviertas en la roca que obstaculiza su camino.

          Sabía muy bien a lo que Lucas se refería, me estaba pidiendo que me alejase de él.

          Me lanzó una sonrisa falsa y salió de ahí.

          Confundida, esperé un par de minutos y me escabullí por la puerta que daba al jardín trasero. No volví la vista atrás.

 

         Estaba a punto de llegar a mi casa cuando Barto me dio alcance.

      —¡Hey! —dijo para detenerme pero no le hice caso—. ¡Oye! ¿Qué sucede? ¿Por qué te fuiste sin despedirte?

         —No puedo seguir haciendo esto —respondí sin dejar de caminar.

        Barto me sujetó por el antebrazo y entonces lancé mi pregunta:

         —¿Estás enamorado de mí?

          Creí que mi pregunta lo asustaría y huiría despavorido.

        Todo lo que quería era que se marchase y no mirara atrás.

        —¿Quién te dijo eso? ¿Erick?

        —No, es algo que necesito saber. Ya no quiero sentir esto ni tejer sueños en el aire que después van a evaporarse porque no son sólidos.

        —Luna, yo…

       —Está bien, Barto, no pasa nada. Lo mejor será que dejemos de vernos.

       —Yo no puedo dejar de verte, Lú. Te quiero demasiado, eres mi fuerza y mi principal motivación.



Aletor

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En el texto hay: romance juvenil, drama, romance amor odio

Editado: 17.01.2019

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