A donde quiera que vayas

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15. Un regalo inesperado

Ir a la Capital no fue necesario, durante la tarde del veinte de diciembre, escuché al cartero deslizando un sobre por debajo de la puerta. Me sequé las manos en el delantal y corrí a buscar la correspondencia. Entre avisos de cuotas pendientes y publicidad de cosas, que ni un millón de años podría pagar, el gran sobre despertó mi curiosidad. Lo giré entre mis manos buscando el remitente pero solo tenía el sello de un despacho jurídico.

Me dirigí a la cocina para tomar un cuchillo y lo abrí con mucho cuidado. Dentro había un oficio, era un citatorio para presentarme en un despacho el día veinticuatro a las cinco de la tarde.

Que yo supiera no estaba involucrada en ningún acto que requiriera mi testificación, por lo que mi mente tejió infinidad de posibilidades, ninguna de ellas buena.

Volví a girar aquella hoja para buscar algún dato que me diese alguna pista pero no había nada. Tendría que ser paciente y esperar a que llegara el día, mientras tanto me distraería tejiendo retorcidas historias sobre aquella extraña cita.

Volví a mis quehaceres intentando olvidar aquel sobre sin lograrlo y mientras guardaba los trastos en el estante, até cabos: iban a desalojarme, llevaba casi tres semanas de atraso en el pago de la hipoteca y no había posibilidad alguna de que me permitieran seguir allí. Con manos sudorosas, hice planes para guardar mis escasas pertenencias y por primera vez me planteé si debía empacar la poca ropa que había dejado Barto o donarla a la beneficencia.

Aquel pensamiento me tomó desprevenida y el dolor volvió más fuerte. Corrí al baño y busqué mis pastillas, tomé dos. Esperaba que hicieran tanto efecto que aquella sensación de vacío también desapareciera. Barto llevaba poco más de  tres meses fuera de casa y algo así como mes y medio sin dar señales de vida, aunque no estaba segura, había perdido por completo la noción del tiempo.

 

El día 24 lo tenía libre y tal vez por eso pasó de manera lenta y confusa; eran apenas las dos cuando me senté a comer con el propósito de tener tiempo de sobra para darme una ducha y arreglarme para llegar puntual a mi cita en el despacho. Ya había metido en un par de cajas más de la mitad de mis pertenencias pero aún no había logrado conseguir un lugar decente y barato para vivir. Volver a casa no era una opción, mi madre no iba a recibirme. Temí no tener tiempo suficiente para desocupar la casa porque no tendría oportunidad de buscar un sitio para pasar la noche. Amanda me había ofrecido su casa pero yo no quería llegar a agitar la paz de su hogar. Temblé de puro miedo.

 

Me vestí de manera sencilla como solía hacerlo y salí a las cuatro para tener tiempo por si perdía el autobús pero esto no sucedió; eran apenas las cuatro y cuarenta cinco cuando entré en la sencilla pero bien amueblada oficina. Me dirigí a la recepcionista y le dí las buenas tardes, luego extraje el sobre doblado de entre mi bolso y se lo extendí.

—Me enviaron este citatorio. Si es por lo de la casa, debo decirle que ya tengo todo listo para marcharme.

La chica sonrió.

—Tome asiento, en un momento le atiende el Licenciado.

 

Me senté en el precioso sofá de color anaranjado que hacía perfecto juego con las impecables paredes blancas. Me moví inquieta sobre el asiento mientras esperaba y algunos minutos después la recepcionista me indicó que podía pasar a la oficina. Me puse de pie de un salto y me dirigí hacia la puerta que me había señalado, toqué una vez y luego giré la perilla. Me sorprendió darme de cara con el padre de Lucas quien rara vez se aparecía por el pueblo debido a sus negocios en la Capital,  solo se dejaba ver cuando un asunto de suma importancia lo reclamaba.

—Pasa, Luna, siéntate —dijo con camaradería y como si me conociera de toda la vida—. En un momento te atiendo.

Le observé intentando no parecer indiscreta y pude notar que le entregaba una carpeta a su secretaria para que fotocopiara los documentos, luego se sentó en su amplia silla ejecutiva frente a mi.

—Le juro que tenía toda la intención de pagar la hipoteca  pero no es fácil ahora que estoy a cargo.

Me dedicó una amplia sonrisa que me recordó a la que su hijo me había regalado una noche en el garaje de su casa hacía ya mucho tiempo.

—No, no. Esto no tiene nada que ver con la hipoteca.

—Ah, ¿no? —respondí ansiosa.

—Definitivamente no. Barto la liquidó y puso la casa a tu nombre. Si estás aquí es para firmar las escrituras.

La sola mención de su nombre hizo que el corazón me diera un vuelco.

—Estás sorprendida, ¿no es cierto?

—Bastante, si. Sobre todo porque él no ha llamado ni una sola vez.

—Siento mucho escuchar eso, pero creo que saber que compró la casa para ti deja en claro cuánto significas para él. Nadie regala una casa solo porque sí.



Aletor

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Editado: 17.01.2019

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