A donde quiera que vayas

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16. La última navidad

Salí del despacho sintiéndome peor que antes; no tenía deseos de volver a casa y desempacar, así que me dirigí a casa de Amanda.

Toqué el timbre y fue su hermano pequeño quien abrió, sin soltar el control remoto de su videojuego dijo que podía subir a su habitación, así que recorrí el estrecho pasillo y abrí la puerta.

—Hola —saludé sin mucho ánimo mientras me sentaba sobre su cama.

Amanda se quitó los audífonos y me miró preocupada, debía lucir sombría.

—Vengo de ver al padre de Lucas —dije muy bajito.

—¿Cómo fue eso? —preguntó haciendo a un lado su carpeta escolar y bien dispuesta a escucharme.

—No te había contado pero me dejaron un citatorio para que me presentara en el despacho del padre de Lucas, bueno, en ese momento ni siquiera sabía que tenía un despacho pero da igual. Consiguieron un contrato, Ama y Barto me regaló la casa —hablé tan rápido que tuve que hacer una gran pausa para recuperar el aliento.

Ni siquiera sabía si lo que había dicho tenía sentido, estaba comenzando a perder la cordura.

—¡Wow! —exclamó sorprendida—. ¿Y a qué le debemos la cara de pocos amigos? ¡Por Dios, te compró una casa!

—Hubiese preferido que llamara.

—¿Y dormir en la calle, no? ¿Qué? ¿Se te zafó un tornillo? —exclamó como si acabara de contarle el mejor chiste del mundo.

—Siento que me está devolviendo el favor, eso es todo.

—¿Como si te estuviera pagando por unas cuantas y fenomenales noches de locura?

—Algo así.

—No seas ridícula, Lú. Es probable que a Barto no le funcione bien la cabeza pero no es para tanto, debe quererte aunque sea un poco para que te la haya comprado.

—Pero no es posible que no tenga cinco minutos para llamar, lo dijiste en el Bar y tienes razón. El padre de Lucas dijo que se la pasa metido en el estudio, dudo mucho que lo tengan secuestrado allí y también que no tenga un maldito teléfono a la mano.

—Es posible, pero bueno, cómo te digo, debe estar concentradísimo en que salga bien el disco. Digo, debe haberse gastado todo el anticipo en la casa, ¿no? Necesita recuperar algo de dinero.

—No lo sé, pero desearía que no lo hubiera hecho…

—Tú le diste algo mucho más importante —dijo poniéndose seria— y de ninguna manera podría devolverte el alma comprándote una casa, porque fue eso lo que perdiste esa noche. Pero ¡vamos, Luna, anímate! Ya no tendrás que preocuparte nunca más por pagar una estúpida hipoteca y ¡eso tenemos que celebrarlo! Por cierto, ¿dónde pasarás la nochebuena?

—En casa.

—¿Sola? ¿Pero te has vuelto loca o qué? Tienes que venir, mi familia estará aquí y tengo un par de primos que me gustaría que conocieras.

—Arruinaría tu velada y de paso la de ellos, así que mejor paso. Ya arruiné bastantes cosas, no puedo darme ese lujo.

—No hables así, Luna.

Amanda me sujetó por el hombro y recargó su cabeza sobre él. Hubiese deseado ser la mitad de optimista que ella, que siempre irradiaba alegría, no importaba cuán mal le fueran las cosas.

—Te prometo que lo pensaré y si cambio de opinión tendrás mi cara larga en tu mesa, ¿sí?

—De acuerdo —respondió.

 

Me levanté pesadamente y después de despedirme, crucé de nuevo el estrecho pasillo y salí a la calle.

 

 Sabía que tanto Amanda como el padre de Lucas pensaban que el regalo que Barto me había hecho, dejaba en claro lo mucho que me amaba y se preocupaba por mí pero no dejaba de darme vueltas en la cabeza que su regalo no era más que el pago a la noche en la que le había regalado mi virginidad. Lo peor de todo era que comenzaba a pensar que haberme entregado a él era precisamente lo que lo había alejado de mí, lo que lo hacía igual o peor que Erick.

 

Ese fue el preciso momento en que comencé a odiarlo.



Aletor

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En el texto hay: romance juvenil, drama, romance amor odio

Editado: 17.01.2019

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