A donde quiera que vayas

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18. Dejándote atrás

La trivial conversación que sostenía con Lucas había terminado por envolverme. Nos habíamos movido hacia terrenos neutrales con una naturalidad sorprendente y realmente me había hecho olvidar, al menos de momento, la tristeza. No habíamos vuelto a mencionar a Barto y tal vez eso nos había relajado.

 

—Eso es porque ustedes las mujeres no pueden mantener cerrada la boca—dijo asentando los codos sobre la mesa mientras discutíamos acerca de las diferencias entre uno y otro sexo.

 

—No me vengas con sexismos —respondí fingiendo indignarme.

—¡Pero es la pura verdad!

 

Lucas rió abiertamente y los hoyuelos de sus mejillas se ensancharon. En cierto modo era también muy apuesto, aunque de una manera muy diferente a Barto. Era más bajo de estatura, tenía la piel morena y los ojos de un azul muy profundo, la nariz era recta y de tamaño acorde a sus facciones finas. Parecía que sus ojos sonreían todo el tiempo, ya fuera con una hermosa expresión amable o con un fino dejo de amargura.

 

Más tarde, habló emocionado de todos los detalles de su contrato, la manera en que su padre había conseguido que alguien los escuchara y como habían intentado cambiar el estilo de su música con nuevos arreglos pero la banda se había negado rotundamente y el hecho de palpar aquella autenticidad había convencido al fin a la disquera de firmarlos. Les habían dado un anticipo  y podrían vivir desahogados por algún tiempo, por supuesto se refería a Teo y Barto porque él no tenía problemas financieros, venía de una familia que nunca había sabido lo que la palabra “pobreza” significaba.

 

Un par de horas después, me despedí de él con un beso en la mejilla, lo que al parecer, lo había sorprendido porque me había parecido ver una extraña expresión de inquietud en su rostro; luego volví a casa e intenté distraerme con mis quehaceres, lo cual, por supuesto fue más que imposible,

 

Intenté dejar de darle vueltas a la poca información que había obtenido de Lucas, no quería vivir de aquél modo, me sentía cansada tanto en el aspecto físico como mental; quizá era hora de comenzar a salir con otras personas, no podía esperar toda la vida a alguien que había escrito “te amo” en una hoja y ni siquiera era capaz de marcar mi número telefónico.

 

Al día siguiente, salí muy temprano por la mañana y volví casi muerta por la noche, el doble turno del Hotel estaba consumiendo mi dosis extra de energía aunado a que mi mente no tenía descanso. Me prometí que dejaría un turno en cuanto el Señor Morán consiguiera a alguien más que lo cubriese. Ya no debía la hipoteca y podía dedicarme a estudiar, en síntesis,  podría relajarme un poco. Era lo único que le debía a Barto.

 

Pensé en mi madre y me prometí que le llevaría un poco de dinero para que se ayudara con los gastos, aunque era tan orgullosa, que probablemente lo rechazaría.

 

Con pesar, levanté la correspondencia e hice a un lado la publicidad para revisar los estados de cuenta: estaban en cero. Alguien los había pagado por mí. ¿Qué demonios pretendía Barto? Lo odié nuevamente ¿Por qué si pagaba mis cuentas seguía sin atreverse a darme la cara?

Al día siguiente al fin me decidí y al salir de mi primer turno en el Hotel pasé por la tienda de pinturas, me urgía deshacerme de todo lo que me lo recordara. Haría una limpieza profunda y después… Echaría a la basura todas sus cosas.

 

 

 



Aletor

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En el texto hay: romance juvenil, drama, romance amor odio

Editado: 17.01.2019

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