A donde quiera que vayas

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21. Idiotas y bipolares

Cuando abrí los ojos por la mañana, aún me sentía muy cansada, era uno de esos extraños días en lo que no quieres levantarte de la cama ni hacer nada que involucre consumir tu energía de reserva. Quizá era buena idea que me quedara ahí, viendo las inmensas grietas en el techo, analizándolas a profundidad para no pensar en nada más.  

Un extraño ruido me alertó en la cocina y me puse en pie de un salto, a decir verdad la casa era muy vieja y era vital que cambiase las ventanas a la brevedad o alguien podría descubrir que se abrían con facilidad.

—¿Quieres decirme cómo rayos entraste? —pregunté sorprendida a un Lucas que me miraba como si acabase de ser descubierto haciendo una pequeña travesura.

 Tenía entre las manos el bote de pintura.

—Lindo color, Mercurio —espetó con desparpajo.

—Primero el césped, luego la sala y ahora...

—Duermes como un tronco, ¿sabías que roncas? —interrumpió.

—Yo no… Nunca me he visto dormida, por supuesto que no lo sé — respondí a la defensiva.

—Bueno, estoy seguro de que no dejas dormir a tus vecinos.

Moví la cabeza hacia ambos lados.

—¿Cómo entraste? —insistí.

—Sé dónde guardas la llave de repuesto. Por cierto, deberías cambiarla, alguien podría haber descubierto el escondite y no te gustaría tener visitas inesperadas, ¿o sí? ¿Dónde tienes las brochas? No tengo nada qué hacer y puedo ayudarte a pintar, será mucho más rápido a cuatro manos.

—No. No necesito ayuda —respondí mientras abría la puerta para hacer a un lado el macetero y constatar que las llaves no estaban en su sitio.

—¿Por qué no aceptas que no puedes hacerlo todo tú sola?

—¿Qué es lo que tienes en mente? ¿Desquiciarme para despojarme de mi casa? —respondí tajante al tiempo que cerraba la puerta.

—No seas ridícula, ¿qué interés podría yo tener en esta casa? La mía es mucho más bonita.

—Pues esto es lo único que yo puedo tener.

—Gracias a Barto por eso —replicó juntando las manos como si estuviese orando en un obvio gesto irónico.

Intenté ignorarlo.

Sonrió con amargura mientras desabrochaba los botones de las mangas de su impecable camisa azul para doblarlas hasta los codos.

 Por instinto le alcancé una brocha y comenzamos a pintar en silencio. Ni siquiera me había cambiado de ropa pero qué más daba.

—Este silencio me está matando—dijo después de algunos minutos—, ¿tienes algo de música?

—Debajo de la cama hay un par de cd´s.

—¿Quién demonios usa cd´s en estos tiempos? Recuerda que hay que renovarse…

—O morir —respondí completando la frase.

¿Lucas estaba intentando insinuar algo o mi mente seguía tejiendo extrañas teorías?

 

Lo vi salir por la puerta y sacar una bocina de la cajuela de su camioneta, luego tomó su celular.

—Se llama Bluetooth, ¿sabes?

Entorné los ojos, Lucas tenía la enorme capacidad de sacarme de mis casillas.

 

La música comenzó a sonar segundos después y comenzó a cantar en perfecto inglés una conocida canción de Metallica.

 Me reí por lo bajo, había comenzado a hacer extraños movimientos, supongo que intentando bailar. Era obvio que no era muy hábil.

—Es extraño, puedes tocar el bajo de manera prodigiosa pero no sabes mover los pies.

—A ver, señorita Pavlova, enséñeme usted.

Hizo una ridícula reverencia, como las que acostumbraba y volví a reír. También lograba avergonzarme con suma facilidad. Sentí mi rostro teñirse de rojo cuando intenté moverme un poco.

—No te burles, son mis mejores pasos —dije volviendo a poner la brocha sobre la pared que pintaba.



Aletor

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En el texto hay: romance juvenil, drama, romance amor odio

Editado: 17.01.2019

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