A donde quiera que vayas

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22. Ruinas

Lo invité a cenar solo por educación, hacía más de seis horas que ninguno de los dos había encontrado la manera de volver a nuestra fluida conversación. Supongo que aceptó solo por compromiso, porque estaba allí, frente a mí, masticando en silencio. Busqué en mi cabeza por largos minutos algún comentario tonto que hacerle pero no se me ocurrió ninguno. Lavaba los platos mientras él desdoblaba las mangas de su camisa y entonces se me ocurrió algo.

—Has arruinado tu linda camisa —dije volviéndome hacia él.

—¡Ah! Recuperaste el habla. Pensé que te habías quedado muda.

Le sonreí. Volvíamos al sarcasmo, tal vez era una buena señal.

—La verdad es que hace rato que intento hacerte algún comentario gracioso, pero no se me ocurría ninguno.

—Bueno, lo cierto es que no eres graciosa.

—Hace un momento te reías de mis chistes —declaré derrotada.

—Me reía de lo mala que eres cuándo intentas ser sarcástica.

—Ajá —respondí al mismo tiempo que secaba mis manos en el paño de la cocina.

—No importa lo de la camisa. Ni siquiera me gustaba tanto —respondió mientras pasaba las manos sobre ella como queriendo alisarla.

—A mí me parece linda. Te queda bien.

—¿Es eso un halago? —preguntó incrédulo.

—Eso parece.

—Mmmm —murmuró—, tampoco eres muy buena para los halagos.

—Parece ser que no soy buena para casi nada, excepto para ser malvada contigo.

—Bueno, yo me lo busqué, no te adjudiques todo el crédito.

—Puedes venir mañana si gustas. Me vendría bien tu ayuda —dije con sinceridad.

—Claro, no me perdería por nada del mundo otra tentadora tarde de “silencio”.

—Pensé que te gustaba el silencio.

—A veces, pero me gusta más el sonido de tu voz.

 

Lo miré confundida, ¿qué había querido decir con eso? Lucas era incomprensible. Lo acompañé a la puerta y lo despedí con un beso en la mejilla.

 

*****

 

Al siguiente día escuché muy temprano su camioneta estacionarse frente a mi casa. Casi corrí para vestirme de manera decente, no quería pasar otro día en pijama frente a él.

—Traje el desayuno —dijo mostrándome una bolsa de uno de los mejores restaurantes de Santa Elena—. Espero que tengas hambre.

—No puedo esperar para sentarme a comer eso que … — tomé la bolsa y la abrí para echar un vistazo— huele tan delicioso.

No sentamos a la mesa y entonces, sin miramientos y mientras ponía los platos, me lanzó una pregunta que me dejó helada.

—¿Estás enamorada de Barto?

Lo miré incrédula, ¿había escuchado bien? ¿Realmente quería saber si amaba a Barto?

—¿Por qué preguntas eso? ¡No lo sé!

—¡Oye, tranquila! —dijo alargando su mano para colocarla sobre mi hombro.

Era justo, apenas un día antes, yo lo había llamado idiota bipolar y ahora era yo quien estaba comportándose como una.

—Has dicho cientos de veces cuánto crees que te odio, pero yo no te odio, Luna —agregó.

Hey, esperen, ¿había dicho mi nombre?

—Me mantuve a una distancia prudente porque sabía cuánto se querían y odio que esté haciéndote sufrir. Es él quien debería estar aquí contigo y no yo —suspiró—. Vine con la pura intención de verte y sé que no debí pero tampoco es como si lo estuviera traicionando. Barto está inmerso en su propio mundo y te dejó sola. Todo ese tiempo protegiéndote para que al final fuera él quien te asentara el golpe final. Eso no está bien. Ni siquiera sabe si estás viva o muerta.

 Después de haber dado aquél emotivo discurso, me senté en la silla sin fuerzas. Supe que no me estaba mirando cuando puse los ojos sobre los suyos que miraban un punto inexistente en la cocina. Intenté respirar acompasadamente para no llorar, aspiré inflando el estómago y exhalé contrayéndolo pero nada de eso sirvió, las lágrimas terminaron saliendo de igual modo.



Aletor

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En el texto hay: romance juvenil, drama, romance amor odio

Editado: 17.01.2019

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