A donde quiera que vayas

Tamaño de fuente: - +

26. Encuentros cercanos

Los siguientes días trajeron a mi vida más estabilidad de la que había tenido antes, Lucas se dedicaba en cuerpo y alma a mí. Solíamos pasear por el pueblo, cenar fuera de casa y desayunar juntos por la mañana, tan solo nos despedíamos unas pocas horas por día para que pudiese pasar tiempo con su madre, a quien acababan de diagnosticarle una enfermedad inmunológica. Lucas estaba destrozado por ello, pero como bien decía, era algo que no tenía porqué afectar nuestra relación pero pasar aquél dolor a mi lado estaba uniéndonos más.

Aquella noche llegó a casa puntual como siempre. Aunque un poco atrasado, celebrábamos mi cumpleaños. Lucas había reservado una mesa en el mejor restaurante de Santa Elena y aunque se lo veía algo ausente, hacía intentos desesperados por darme un poco de alegría. Lo tomé por el brazo mientras caminábamos hacia el sitio que nos habían designado y lo detuve un momento.

 —En serio, Luc, no es necesario que salgamos a cenar, quizá deberíamos dejarlo para otra ocasión, no voy a enfadarme, te lo aseguro. Sé que el momento no es propicio y tal vez quieras ir a casa para estar con tu madre.

 Lucas me miró e intentó sonreír.

—No, te debía la cena de cumpleaños y quiero que la pasemos bien, ¿de acuerdo?

—Todos los momentos que paso contigo me hacen feliz, Lucas, y no es necesario que te esfuerces tanto, tenemos todo el tiempo por delante.

—Eso no lo sabemos. Vamos a divertirnos esta noche, ¿si?

Lo besé en la mejilla y nos sentamos. El lugar tenía un ambiente romántico y  relajado, la luz era tenue e ideal para una cita. Como el perfecto caballero que era, me ofreció la silla para sentarme e inmediatamente un mesero nos entregó la carta. Lucas pidió una botella del mejor vino y le indicó al camarero que en unos minutos ordenaríamos la cena. El mesero volvió con el vino y llenó nuestras copas, luego se retiró y ambos miramos el menú en silencio. Me decidí por el cordero con salsa de queso y alcachofas, y Lucas me imitó.

La cena transcurrió con una breve conversación acerca de trivialidades seguida de grandes silencios. Estábamos en el medio de uno de ellos cuando me percaté de que Lucas miraba por detrás de mi hombro con los ojos bien abiertos.

—¡Hey!

Conocía muy bien aquella voz ronca. Mi cuerpo se tensó.

—No esperaba encontrarte aquí ésta noche, ¿no me presentas a tu compañera?

Me volví por inercia y vi a Barto detrás de mí. Estaba en compañía de una hermosa rubia.

—Lú… —susurró completamente sorprendido de encontrarme ahí.

 Apenas me había reconocido bajo aquél hermoso vestido que Lucas me había comprado por la mañana.

—Hola, Barto —murmuré mientras intentaba con todas mis fuerzas mantenerme impasible.

—¿ Y tú? ¿No nos presentas a tu amiga? —Lucas había intervenido para salvarme del incómodo momento.

—Por supuesto, ella es Bibi.

La rubia de nombre estúpido torció la boca malhumorada y me miró con mala cara. Le devolví el gesto y luego haciendo uso de malos modos, me volví y les dí la espalda.

—Bueno, ha sido un gusto verte de nuevo, Luna —dijo Barto intentando ser cortés y luego, al darse cuenta de que no iba a responder se alejó.

—Siento mucho el mal momento que acabas de pasar —dijo Lucas apenado y tomando mi mano que temblaba por debajo de la mesa.

—Quizá deberíamos irnos.

—No, no vamos a darle el gusto.

—No puedo creer que… —¿pero que iba a decir? ¿Qué no podía creer que hubiese tenido el descaro de acercarse? Barto lo había hecho únicamente porque no me había reconocido.

Sin terminar la frase miré a Lucas y me moví inquieta sobre la silla.

 —Dame un minuto, necesito ir al baño, ¿de acuerdo?—agregué.

Me levanté y caminé por el borde intentando no parecer obvia al buscar con la mirada a Barto entre las mesas, quería asegurarme de que iba a sentarse lo más lejos posible pero no pude encontrarlo; me tranquilicé al pensar que se había marchado e intenté moverme con pasos seguros hasta llegar al baño, una vez allí, puse las manos sobre el lavabo y me miré al espejo, sí, lucía linda y al menos eso me llenaba de júbilo, Barto no se había encontrado con la foto perfecta de una chica derrotada por su abandono. Sujeté de nuevo un mechón de cabello que había caído sobre mi rostro pero volví a soltarlo al comprobar que quedaba mucho mejor. Aspiré y exhalé el poco aire que había conseguido meter en mis pulmones y salí de nuevo con la cara en alto. Una mano me sujetó por el antebrazo y me arrastró a la parte trasera, por alguna extraña razón no me sorprendí al encontrarme con Barto.



Aletor

#4527 en Joven Adulto
#13288 en Novela romántica

En el texto hay: romance juvenil, drama, romance amor odio

Editado: 17.01.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar