A donde quiera que vayas

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28. Sol y luna

Arrojé el contenido de mi copa al fregadero en cuanto se fue, necesitaba estar sobria para asimilar lo que acababa de suceder.

Me senté sobre el sofá mientras intentaba recordar todo lo que nos habíamos dicho, no debía perder detalle, necesitaba hallar respuestas a todas mis preguntas. Una voz en mi cabeza decía que el ego de Barto no le permitía perder una partida —aunque tenía la certeza de que yo no era, precisamente, un premio de consolación— y otra, que nadie sabía lo que tenía hasta que lo veía perdido. ¿Cual era la que aplicaba a Barto? No me podía jactar de conocerlo, porque él había hecho todo, excepto lo que había esperado.

Me fui a la cama pero como había supuesto no pude conciliar el sueño, así que me levanté muy temprano por la mañana, era domingo y mi día de descanso, por lo que decidí caminar un poco por el centro del pueblo para despejarme. Después, iría a ver a Lucas y le contaría acerca de la visita de Barto, no iba a guardar secretos, era la única forma en que las relaciones funcionaban.

El pueblo estaba casi desierto a esa hora, pero ahí, sobre el columpio del parque principal, había alguien. Reconocí su frágil figura iluminada por los tenues rayos de luz solar. Se había echado encima una chaqueta de color negro y lucía como una estrella del rock en decadencia, tal vez porque se sentía derrotado por aquella inocente chica que lo había dejado en el pasado y que no pensaba darle la oportunidad de salir del espacio al que él mismo se había condenado.

Me acerqué en silencio y me senté a su lado.

—Si vienes a burlarte de mí, lo tengo bien ganado —confesó después de echarme un leve vistazo.

—Voy a decirte algo, Barto, y lo haré una sola vez: estaba destrozada cuando dejaste de llamar pero cuando me compraste la casa, una chispita de ilusión se encendió, quizá porque creí que pensabas volver pero pasaron los meses y tú no aparecías… Lo que en realidad quiero decir es que estoy segura de que si no me hubieras visto con Lucas en el restaurante, ni siquiera me hubiese enterado que estabas en Santa Elena y es una actitud mezquina que hayas ido a casa a preguntarme si salgo con él o no, si me he acostado con él o no, porque perdiste tus derechos cuando decidiste dejarme atrás. ¿Por qué tú puedes hacerlo y yo no? ¿Te das cuenta de lo machista que es?

—Perdóname por no ser perfecto, Luna, yo no tuve un padre, y por si no recuerdas, tampoco una madre, mi abuela me educó como pudo…

—No puedes culpar de tu machismo a tus padres, porque creciste, Barto y sabes diferenciar el mal del bien. Sabes que lo que estás haciendo no es correcto. Tú tienes un nuevo amor y yo también.

—Pero tú no amas a Lucas —aseguró retándome con la mirada.

—¿Y quién eres tú para saber si lo amo o no?

Me levanté enfadada del columpio pero Barto me detuvo sujetándome de la mano.

—No lo miras como me miras a mí.

—¡Eres un maldito egoísta, Barto Lizzano! —grité sin importar si me escuchaban los vecinos de las casas aledañas.

—Tal vez, pero aún así me amas, lo sé. Puedo sentirlo.

Sin soltarme la mano se puso de pie y se acercó peligrosamente. Al estirar el brazo pude ver que se había hecho un tatuaje, era una luna escondiéndose detrás de una tímida nube, mientras del otro lado, amenazaba con salir el sol. No sé por qué, pero me derrumbé ahí mismo. Me eché a llorar mientras Barto me abrazaba con fuerza y repetía “mi luna” sin cesar mientras besaba mi cabello.

 

 

 

 

 

 

 



Aletor

Editado: 17.01.2019

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