A donde quiera que vayas

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34. El otro lado de la luna

Mientras estábamos sentadas en la barra del bar de Lucy, Ama no dejaba de quejarse de que la universidad la estaba volviendo loca y que era una suerte que yo hubiese decidido no continuar con mis estudios. Pensé que se le había zafado un tornillo, yo no había tenido su misma suerte. Asentí como para hacerle saber que la estaba escuchando sin intentar rebatir. No estaba de humor, en realidad estaba contando los días que Barto tenía sin llamar.

—Lo siento, soy una maldita egoísta, estoy hablándote sin cesar de puras estupideces y no te he preguntado si te ha llamado el individuo con el que vives —dijo avergonzada.

—No, no lo ha hecho y estoy volviéndome loca, Amanda.

—¿Sigues pensando que tu sueño fue premonitorio?

Hacía apenas unos días le había contado a mi amiga el sueño que había tenido, por lo que no me causó sorpresa alguna su pregunta.

—No sé, dímelo tú —respondí bebiendo un trago corto a mi cerveza.

—No deberías creer en esas cosas, Lú, quizá lo estás atrayendo, ya sabes las teorías que se manejan en cuanto a las leyes de la atracción.

—No lo sé pero me está volviendo loca.

—¿Lo has llamado tú?

—Sí, pero ya no está hospedado en dónde estaba y sabes la cantidad de hoteles que hay en la capital, sería como buscar una aguja en un pajar.

—¿Tampoco te ha enviado dinero?

 Negué con la cabeza.

—¿Al menos tienes para pagar la hipoteca este mes?

          —No.

—Puedo prestarte algo, tengo unos ahorros.

—Te lo agradezco, Ama, pero no me sentiría bien… Además creo que está a punto de hacer los arreglos para comprar la casa.

—Ya te dije que no creas en esas cosas, lo que ha sucedido es solo coincidencia.

Sonreí con tristeza.

—Eso es lo que espero —respondí dando otro pequeño sorbo.

Me levanté e intenté sacar algo de dinero de mi cartera para pagar mi trago.

—No, esta vez yo invito —hizo una pausa y me miró alejarme—. ¡Al menos hasta que comiences a salir con Lucas y te vuelvas rica!

Me volví hacia ella y entorné los ojos. Amanda era imposible.

 

***

 

Cuando un par de días después, descubrí un sobre tamaño oficio en mi correspondencia, supe que enloquecería. Al día siguiente fui al despacho y en cuanto estuve frente al padre de Lucas le aseguré que no necesitaba la casa, que podía agradecerle a Barto de mi parte pero iba a recoger mis cosas y a marcharme de ahí. Él podía agregar los detalles que quisiera, no me importaba en lo absoluto, yo no iba a firmar las escrituras y Barto podía donarle la casa a la beneficencia si eso le parecía adecuado. El padre de Lucas me miró como si yo fuese una loca que acababa de escapar del psiquiátrico y quizá no estaba tan equivocado, hacía tiempo que yo no pensaba con cordura y ya era del dominio público, lo sabía incluso, el perro de la esquina que siempre me ladraba cuando pasada a un lado de su casa. La gente había comenzado a hablar y la verdad es que no me importaba nada, sí, era cierto, yo había comenzado a perder la cabeza en cuanto Barto se había marchado, de manera que podían decir lo que quisieran.

 

Renté una habitación pequeñísima en una casa de huéspedes en el lado oeste del pueblo, un lugar que sabía que Barto no aprobaría para una mujer sola, pero me daba lo mismo, él ya no tenía cabida en mi vida, así como yo tampoco en la suya.

 

Pasé la navidad sola en mi cuarto, no había querido arruinar el estupendo humor de Amanda, quien había intentando convencerme de ir a conocer a un par de primos suyos, pero a última hora había decidido no asistir, no tenía ánimos y me negaba a ser arrastrada, con una camisa de fuerza, fuera de cualquier lugar en el que pudiesen dar fe de mi incipiente locura. Para cuando me dí cuenta, Diciembre había hecho su esplendorosa huida.

 

La mañana del primero de Enero decidí ir a dar una vuelta por una nueva plaza, no temía encontrarme con Lucas porque sabía que él nunca pasaba por allí y además había un par de almacenes departamentales con excelentes descuentos para atraer a los transeúntes en un día en que poca gente se atrevía a salir de sus hogares. Caminé por las calles sumida en mis pensamientos, hasta que una voz conocida pronunció mi nombre, me volví hacia él y lo miré, casi estoy segura que como una psicótica a la que solo le faltaba un puñal en la mano para clavárselo en el pecho.



Aletor

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En el texto hay: romance juvenil, drama, romance amor odio

Editado: 17.01.2019

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