A la Luz de Selene ©

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El velorio

Sin sentido fue como vivimos y, ¿sin sentido nos vamos? El eterno estado neutral que cubre la vida y la muerte, ¿ahora te pertenece? Unos pasos resonaron en la madera, carcomida por roedores. Las mujeres se abrazaban, los hombres guardaban silencio. La penumbra se apoderaba de todo; y yo, no podía dejar de mirar al muerto que yacía en esa caja de madera hecha con los tablones de algún establo.

Un niño se acercó al ataúd, alegre por los dulces y galletas que se repartía entre los asistentes.

—¡Levántate, levántate! Sirven café de los dulces y galletas con chocolate. ¡Te los vas a perder!

Un llanto surgió de entre los rincones de la sala, encubriendo el murmuro de la gente. El hombre de un ojo, veterano de la muerte, vio a hijos y a nietos morir en tantos años de vida, ahora veía a otro más irse. Su rostro mostraba un malestar tan fuerte como el día en que perdió a su esposa, a causa de la maldita enfermedad de la familia. Su gorro de lana caía con pesadez por el lado derecho de su cabeza mostrando las greñas blancas del pobre viejo. Trataba de hablar, pero no podía, sus labios eran tan blancos y su mandíbula temblaba tanto... pobre viejo.

—Dicen que murió solo —escuché de repente—, en la mañana si no me equivoco, cuando nadie se tomó la molestia de visitarle; para cuando el viejo llegó en la tarde ya estaba muerto ¡Fíjate pues! ¡La tristeza del viejo al enterarse!

—El viejo lo quería como a un hijo... —comentó un hombre robusto, más corpulento que cualquiera—. A mí me dijeron que entró en la locura, un poco antes de que muriera, siempre llamando a la familia: ¡Sofía! ¡Benjamín, ven! ¡Tía Carla, vuelve por favor!, decía cuando sucumbía a las pesadillas. ¿Por qué no viene Javier a visitarme? ¿Cómo le va en la universidad?, preguntaba cabizbajo, algunas veces. Mis hermanas traerán algo para distraerme, seguro. Comentaba siempre con las esperanzas de un niño.

Nadie se atrevió a hablar. El hombre siguió.

» Pobrecito, era joven aún. Siempre vendiendo sus llaveros, aún me acuerdo las veces que se pasaba por mi casa, siempre le invitaba un plato de comida —Aquel tío comenzó a reír— ¡Que feliz era ese muchacho!

—Lo sé, siempre andaba con sus llaveros. No tuvo a ninguno de sus padres a su lado. Su mamá murió joven, ¿no? —dijo la tía Carla—. Murió cuando tenía dos años; su padre, su padre...

—Jamás supo quién era su padre; incluso yo no sé quién era su padre —respondió una tía lejana—. Su mamá nunca lo dijo, pero creo que es mejor así. —Y no dijo más aquella tía anciana.

Salí a tomar aire, era una noche a mitades de junio, un helado viento cubría toda la pequeña zona que rodeaba la casa. La cancha de tierra permanecía silenciosa al otro lado de la pista, siendo seguida por un silbido proveniente de algún sitio.

Había personas que se sentaron en sillas de todo tipo formando un cuadrado alrededor de la puerta: tíos, tías, primos, hermanos, amigos. Todo aquél que sentía la desdicha de perder a alguien que no tuvo ni la más mínima suerte en la vida, vino. Era la primera vez que veía a casi toda la familia unida, algunos no sentían ningún cariño por los otros pero ahí estaban, hablando, velando a aquél que no se quejó de su desdicha.

Todos parecían tan grandes, los nietos del tío Checho ya estaban jóvenes, la hija de la tía Carla también, hasta los hijos de mi hermana los veía grandes. Han cambiado tanto, no parecían esos niños a los que visitaba de vez en cuando. Parece que todos seguían estudiando. Tuvieron la suerte de seguir estudiando. Yo también quisiera haberla tenido.

El esposo de alguien, tenía un bebé hermoso, me miraba como si fuera alguien raro, tal vez un monstruo. Claro, jamás he sido tan bonito para agradarle a los niños. Creo que es hijo de alguna tía, tiene los ojos de alguien a quién he visto antes.

El café va y viene, pero nadie me lo ha ofrecido, me siento ofendido.

Los perritos me miraban con tristeza, como si supieran que me iré muy pronto. Tal vez tengan razón, ya es muy de noche. Tengo que levantarme temprano para salir a trabajar.

Las personas seguían bebiendo y conversando, me siento invisible, no he podido hablar con nadie. Bueno, no conozco a muchos de los de acá, tal vez sean amigos de algún familiar lejano, siento que es mejor que me venga retirando.

La última despedida siempre es la más dolorosa, eso sentí antes de entrar por esa puerta de metal corroído sostenida a la pared por bisagras de cobre. Respiré con tranquilidad un aire que ya no sentía recordar, me acerqué al ataúd y miré aquel cuerpo inmóvil que dormía plácidamente.



Jhojan Guerra

Editado: 16.09.2019

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