A quien corresponda.

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 8. Galletas.

Capítulo 8.

Galletas.

 

Lo observó viendo con detalle cada rincón de su departamento. No había traído mucha gente aquí, sólo una vez cuando quiso liarse con un compañero de una de sus tantas clases, resultó un desastre porque él le confesó cuando ella empezó a coquetearle que era gay. Se había dejado llevar al invitarlo, y se avergonzó enormemente después por intentar algo con aquel hombre. Desde ese día no se molestó más, tuvo varias citas y ninguna le interesó lo suficiente como para repetirlo o como para pasar a la otra etapa. Ahora estaba nerviosa que a Arón le pareciera su hogar un poco descuidado, es decir, sabía que como lucía daba a entender que era muy organizada, pero la verdad era que Irene tenía su departamento hecho un desastre, había ropa y zapatos fuera de lugar, cosas que debían estar en cierto mueble no estaban ahí y muchos dibujos colocados en las paredes. Irene sólo vio el desastre, pero Arón no le importaba nada de lo que a ella le incomodaba, porque lo único que dijo fue:

—Dibujas, ¿eh?

—A veces.

Arón asintió y se acercó a unas hojas con dibujos bastante buenos. Eran de escenarios fantásticos, se dio cuenta él.

—¿Quieres algo de beber?

—Agua está bien.

Irene se apresuró a la pequeña cocina, porque verlo inspeccionar sus imperfectos trazos la ponía nerviosa. ‹‹Seguramente ha de creer que son horrendos››, pensó ella. Tomó un vaso y sirvió agua en uno y jugo en otro, regresó en la sala y se mordió el labio al encontrarlo observando un dibujo que le robaba una sonrisa.

—¿De dónde sacas tantas ideas? —preguntó.

—El señor Howden me leía muchos libros de fantasía cuando era niña —dijo—, me gustaban mucho y creo que algo se quedo de esos años de infante.

—¡Son asombrosos! —apoyó él, con una sonrisa sincera.

Irene se sonrojó y bajó la cabeza para que su cabello cubriera el arrebol en sus mejillas.

—Gracias.

Arón agradeció por el agua y siguió viendo las hojas con dibujos pegadas en las paredes. No estaba mintiendo, eran de verdad muy interesantes, hasta se sentía inspirado con sólo verlos.

—¿Tienen alguna historia en particular?

—Eh, no, sólo son ideas que se me ocurren y los dibujo.

—Bueno, yo soy escritor, algo se me ha de ocurrir… ¡Ah como este! —alargó una mano y tomó un dibujo de un duende bastante adorable, que iba vestido como si de un artesano se tratase y con un gorro que le quedaba grande y le cubrían gran parte de sus ojos.

Irene se rió.

—Uno de mis favoritos.

—Vaya que te creo, es increíble, apuesto a que tiene una historia detrás —comentó Arón admirando los trazos.

—¿Qué historia le crearías tú? —cuestionó ella divertida.

—Bueno, primero —caminó unos pasos y agarró un dibujo que estaba arriba del sofá—, yo contaría que ellos dos son hermanos.

La joven lanzó una risotada.

—Pero ni siquiera se parecen.

Arón miró ambos trazos y sonrió.

—Son medio hermanos, con diferente madre —dijo él.

—¿Y después qué?

Arón se rascó la barbilla, dejó el vaso de agua en la mesita de centro y tomó otra hoja.

—Él los contrata.

Irene ve el trazo que tiene en sus manos, hace años que lo había estado dibujando y todavía le parecía un imperfecto guerrero élfico.

—¿Para hacer qué?

—Para que encuentren la tumba de un gran tesoro, buscado por generaciones porque tiene un poder valioso.

Se entretienen por varios minutos hablando sobre el mundo que Arón está creando, e Irene se halla intrigada con los ojos bien grandes escuchando la historia. Incluso le encuentra sentido y se adentra más a ella por la forma en la que él lo narra.

—¿Lo mata? —pregunta la joven sentada en el sofá.

—Tal vez, no lo sabremos.

—¿Por qué no?



YashCastle

Editado: 19.02.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar