A quien corresponda.

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Capítulo 1. Hermosa noche.

Capítulo 1.

Hermosa noche.

 

Se resguardaba en un callejón, donde la basura es olvidada y donde la miseria reinaba. En ese preciso lugar, esperaba su muerte; sentía como el frío estaba entumiendo sus dedos, sus manos e incluso su rostro. Cerró los ojos y se abrazó a sí mismo, esperando que, de esa forma, alguna fuerza divina lo salvaría de lo que le depararía. Así que como única compañía eran sus pensamientos, se dejó llevar por esa marea de palabras que crecía y lanzaba a lo más alto su preciada imaginación. El arma más poderosa de un hombre.

Deseó, entonces, que durara un poco más.

La nieve acaeció, él observó como los copos caían con elegancia del cielo, estiró su mano mugrienta y en ella se depositaron pequeños copitos que no hacían otra cosa más que brindarle belleza. Varias palabras salieron de sus labios, describiendo su hermosura. Fue ahí que pensó que estando en ese callejón abandonado, con cartones como cama no era la mejor opción. Quizá su vida se basaba en morir sin haber dejado marca a alguien o a algo en este mundo, pero no se permitiría rendirse, al menos no todavía.

Con todo el dolor en su cuerpo por causa del frío, se incorporó y sonrió viendo las estrellas. No le iba a dar el privilegio de llevárselo. Así pues, comenzó a caminar sin rumbo, esperando que no muriera en algún lugar sucio y despavorido.

 

La nieve se le impregnaba a su hermoso cabello, su saco le proporcionaba suficiente calor, pero aún así sentía como el viento glacial le calaba los huesos. Sin embargo, no le importaba mucho; ‹‹¿Qué sentido tiene el frío, si no lo volveré a sentir para mañana?››.

Fue así como en su bonito y delicado rostro se dibujó una sonrisa al ver el horizonte. Era una vista bella. Suspirando y sin ningún atisbo de arrepentimiento, se sentó en el barandal. A estas horas no había nadie vagando, y fue por eso por lo que escogió aquel momento sin impedimentos.

 

Caminaba y caminaba, sentía como sus pies descalzos estaban siendo destrozados por la helada calzada y la nieve que comenzaba a aglomerarse. Su prenda que le protegía era una deteriorada tela que en alguna vida fue una digna cobija, no obstante, su momento de gloria ya había quedado al olvidado y solamente se observaba como un intento de protección para aquel pobre hombre, con hoyos y delgado como el más suave satén.

 

Tomando la decisión, en realidad sin pensarlo con detalle, se colocó de pie sosteniéndose con sus manos al barandal.

 

Se cayó. No sentía los dedos de los pies, estaba preocupado si a la mañana siguiente los viera y le fueran inservibles. Es su vida, en la vida que le tocó andar, tener la posibilidad de correr es fundamental. Trató de levantarse del suelo, y milagrosamente lo logró.

—Supongo que es hora de despertar.

Una voz delicada, como si fuera el dulce roce de una caricia amorosa, hizo que alzara el rostro y observara a la joven que miraba al frente sin miedo. Su soporte al agarrarse al barandal era inestable y que su hermoso rostro y cuerpo lo embelesó.

Sus intenciones no necesitaban explicación, y él se encontró en un dilema. Podía marcharse e ignorar, o podría quedarse e intentar salvarla aún cuando se le pudiera acusar de acoso u hostigamiento.

—El agua está muy fría —se oyó decir—. Este invierno es muy cruel, tal vez hasta se encuentre congelada si se intentara nadar en el río.

Irene dio un respingo y sudó frío al casi resbalarse.

—Tenga cuidado, la nieve hace resbaloso el fierro.

Por primera vez desde que había hecho la elección, se atrevió a mirar hacia abajo y lo que vio le inquietó.

—Es una hermosa noche, una hermosa noche para una tragedia que se lleve una hermosa alma, ¿no lo cree?

Irene aguantó la respiración y se atrevió a observar al hombre. No miró otra cosa más que sus ojos: ‹‹¡Qué mirada tan preciosa!››, pensó instantáneamente.

—Soy Arón —se presentó él.

Entonces ella fue distraída por la manera en la que Arón se llevó la mano al pecho en forma de presentación cordial. Debajo de esa desgastada tela no había otra cosa más que una camisa de mangas cortas.

—No… —su voz tembló—, ¿no tiene frío?



YashCastle

Editado: 19.02.2019

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