A quien corresponda.

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Capítulo 3. Una nueva vida.

Capítulo 3.

Una nueva vida.

 

La vida de Irene no ha cambiado mucho, no ha sido transcendental como ella esperaba que fuera. Pensó que su forma de sentirse cambiaría, que después de haber vivido dicha experiencia sabría que lo mejor era quedarse ahí e iba a aprender a sobrellevar su particular vida. Sin embargo, no es así. En realidad, es todo lo contrario; sueños la atormentan en las noches, impidiéndola descansar. Se despierta sudando y con falta de aire; se lastima las manos con sus uñas para así recordar que ella es de carne y hueso, que no es una simple fantasía.

En una mañana, mientras se preparaba para ir a la universidad, al salir de la ducha se observó al espejo: medias lunas ennegrecidas la saludaban debajo de sus ojos, también su piel estaba pálida y sus labios secos mostraban que se veía terrible. Se colocó maquillaje para disimular su cansancio, pero aún así Irene no era la belleza impecable que estaba acostumbrada a ver.

Sus amigos al verla así se preocuparon a tal grado que ella sintió que se asfixiaba con tantas preguntas: que si había comido bien, que si tenía un resfriado, que si había visto a un doctor...

Fue de regreso a su departamento que se percató que era probable que todos pensaban que ella no era humana, porque todos —hasta donde tenía entendido— sufren de una mala noche o tienen problemas —o en su caso, demonios— que te mantenían despierto. ¿Era acaso cierto que creían que Irene era una especie distinta a ellos? Ese pensamiento le hizo sonreír de ironía. Era una estupidez que todos hipócritamente creían.

Se dirigió a un callejón, fue hasta el lugar del que sabía que él frecuentaba y, al llegar, observó su bolsa de plástico y el pedazo de cartón húmedo que usaba como cama. Esperó unos minutos, mirando a su alrededor a las personas con desconfianza; luego, los minutos se alargaron y se mantuvo de pie en aquel lugar durante casi una hora. Se mordió el labio preocupada. Él jamás dejaría sus pertenencias sin supervisión, siempre las cargaba como si ahí tuviera oro.

Comenzó a hurgar. Se inquietó cuando halló la libretita con pastas de cuero que solía cargar. Algo no estaba bien, y de nuevo ese sentimiento de protegerlo la consumió y sin pensarlo dos veces, tomó la libreta y lo metió a su bolsa, luego, cargó las pertenencias de Arón.

No sabía en dónde buscar exactamente. Se lastimaba el cerebro con tratar de recordar las breves conversaciones que había tenido con él cuando lo visitaba para llevarle comida o una cobija que lo abrigara. Entonces recordó que le había dicho que trabajaba en una fábrica… ¿una fábrica de qué? ¿En dónde?

Se encontró preguntando a los demás indigentes por Arón, describiéndolo con detalle, pero todos la rechazaban con miedo a que le quitara sus pertenencias o con el temor de que pudiera golpearlos. Le entristeció cómo se encogían, como si ella fuera superior y ellos unos súbditos esperando una bofetada o mirándola con ojos agrandados deseando migajas de pan como perros callejeros. Afectada, les ofreció una sonrisa y dinero nada más porque sí.

—¿Quién? —preguntó un hombre mayor, con barba descuidada y ojos desenfocados. Miraba a su alrededor y su cabeza se movía como si un ruido hubiera percibido, un ruido que Irene no escuchaba.

Irene le volvió a describir a Arón, ansiando que le dijera algo, lo que sea, sólo quería encontrarlo.

—El poeta —se rió escandalosamente, le sonrió a Irene con dientes amarillentos y señaló con su dedo flacucho—, se fue por allá, con esa señorita amable, siempre comparte cuando tiene comida.

La joven le agradeció, ni siquiera le preguntó quién era la señorita, es que con sólo saber que él podría estar ahí no le importó otra cosa más que verlo y cerciorarse que estaba bien.

Un grito estentóreo hizo que casi se cayera de bruces contra el suelo. Sus manos le temblaron y titubeó si ir a dónde le había dicho aquel señor. Tenía miedo de lo que podría encontrar, sin embargo, el impulso de que Arón podría estar en problemas la ayudó a encontrar coraje para dar un paso al frente del otro.

Lo primero que vio fue el rostro pálido de la joven y sus lágrimas derramándose por sus mejillas. Lloraba y suplicaba. Tenía miedo y los tres hombres de ahí trataban de tranquilizarla, pero ninguno sabía qué hacer.

—¿Arón? —murmuró Irene con cierto temor.

Arón alzó el mentón y se sorprendió al ver a la joven ahí, temblorosa observando a Lou.



YashCastle

Editado: 19.02.2019

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